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martes, 29 de julio de 2014

Ya basta

¿Nunca te enseñaron en el colegio a no discriminar? A mí sí, pero creo que al señor Mas y a otros tantos que andan sueltos destruyendo mi sociedad y mi país, no.

Yo entiendo que haya que preservar la cultura, cuidar las tradiciones, lo propio, aquello que nos enorgullece y que nos enternece. Yo soy la primera que lloro al escuchar unas habaneras, y que, al oír hablar a alguien en catalán siento como si estuviera en casa.

Sin embargo, llega un momento en el cual, el nacionalismo pasa a convertirse en un nazi-onalismo. Sí, quizá piensen ustedes que exagero, pero en el momento en que se deja muy claro que “tú no eres de aquí” y “tú nunca serás de aquí” se está discriminando, se está negando un sentimiento y además, se está empobreciendo una sociedad. ¿Qué será lo siguiente, cosernos la estrella de David en el hombro como si estuvieramos en 1933? Porque ya han traspasado ustedes la delgada línea entre ensalzar su cultura y denigrar a aquel al que consideran extraneus. ¿No ven ustedes la fuga de intelectuales catalanes que se está dando? ¡Se marchan! ¡Por ser tan estrechos de miras pierden ustedes a una parte importantísima de su sociedad! Aunque si sólo les interesa la economía también pueden ustedes mirar cuantas empresas están cambiando su domicio social a otras partes de la península...

¿Qué quieren ustedes? ¿Autonomía? ¿Otro tipo de financiación? ¿Independencia? ¿Acaso no se dan cuenta ustedes de que sus políticos les mienten? ¿No entienden que cuando les dicen que ¡Madrid ens roba!” son ellos los que abren las arcas de Cataluña y roban a manos llenas sin ningún tipo de pudor? Sólo espero que recuerden que papá-Estado no es aquello que les venden sus políticos, sino que es la base que impide que ustedes caigan: no es viable la independencia (y sus políticos lo saben). Y como comprenderán no creo que tengan ningún derecho a explotar de forma privilegiada los recursos del Estado como si fueran los únicos contribuyentes de este país.

Supongo que es difícil mantener la cabeza fría cuando desde el colegio te enseñan que la Guerra de Independencia (1808) se llama la Guerra del Francés; y me imagino también que es difícil no dejarse llevar por unos cuantos, que hacen mucho ruido, que prometen un futuro mejor y achacan la situación actual al Gobierno Central. ¡Qué provinciano! ¡Qué sensacionalista! ¡Qué vergüenza!

Por primera vez en veintiún años que llevo viniendo a Barcelona he sentido vergüenza. Vergüenza ajena por este adoctrinamiento arraigado y vergüenza propia por haberme sentido en algún momento parte de esta cultura. He llegado a sentir repulsión hacia un sitio que yo consideraba mi segundo hogar. Enhorabuena, han conseguido que en mi propia tierra, allá de donde proviene mi sangre, me sienta extranjera. Ya basta.

domingo, 10 de marzo de 2013

Acogedor

Un ascensor de madera de una casa modernista, de otra época. Con paredes de cristal a través de las cuales veía el mármol y los descansillos iluminados. Pasaba horas infinitas y cortas en la casa de techos altos viendo álbumes rojos de 1995. Y al despedirnos, al montarme en el ascensor y notar cómo éste empezaba a a bajar miraba hacia la puerta de madera donde mi nonna aguardaba saludando y tirándome besos hasta que desaparecía de mi vista.

Una espalda y unos brazos calientes, suaves, salpicados de lunares. Me abrazan. No importa si es en una calle empinada filtrando el sol por las ventanas del coche, o si es de noche al lado del radiador. No tengo frío del mundo.

Un salón con un sofá naranjita de killing, bolsas de pipas saladas sobre la mesa de cristal (alguien ya se ha comido las suyas y sólo quedan las cáscaras sobre un periódico obsoleto), una bolsa de nubes, varios pares de zapatillas de andar por casa desperdigados en la alfombra de puntitos minúsculos. Salón de lectura o soma en famila. 

Mi bureau, mi caja rosa, mis cuadernos, mi navaja suiza, mi mochila de colores, mis siete libros, la basa, las tumbonas naranjas y amarillas de la era, el magnolio, tus cartas... todos van dentro.



martes, 9 de octubre de 2012

Carbeleño

Cuando volví a Carbel aquel año, pocas cosas habían cambiado. La tía María seguía con su huerto y su pozo, el kioskero de la plaza seguía vendiendo "La Marmota" y las misas de los domingos por la tarde se sucedían de semana en semana.

El problema era que yo había crecido. Pasé toda mi infancia en la capital, y sólo en los veranos iba a Carbel a ver a toda la familia. Y yo tenía otra visión del mundo: conocía las carreteras comarcales, había vivido en otras ciudades del país, había ido al extranjero, sabía idiomas, conocía otras opiniones... y en Carbel todo seguía igual: la valla del señor Roberto estaba igual de rota, mis primos seguían yendo de excursión al caño del colmenero, se seguía hablando el dialecto de allí y seguían empeñados en que Carbel era el mejor pueblo del mundo.

Y yo... ¡Pues claro que sí! Carbel era el mejor pueblo del mundo. Una alegría me inundaba el pecho cada vez que cruzaba el cartel de bienvenida, todos los años acababa con un nudo en la garganta por la emoción de ver los fuegos artificiales de las fiestas de Carbel, y para mí el camino del caño era uno de los paisajes más bellos que había visto nunca. Pero aquel año yo había crecido, y ya no era el niño que bajaba a comprar helados en pantalones cortos con mis primos a la hora de la siesta; llevaba tres años en la universidad y el mundo se iba descubriendo ante mí como un concepto complejo y, en ocasiones, doloroso.  

Estaban raros, los carbeleños empezaban a exagerar con aquello de que Carbel era la mejor patria del mundo. Quizá siempre fuera así, pero hasta aquel año no me percaté de la insistencia del pueblo en el tema, mis familiares soltaban comentarios aquí y allá, y hasta el alcalde había comenzado la campaña de "Carbel hasta el infinito" como forma de promover el pueblo. El problema era que no se trataba de una mera promoción, la campaña tenía un punto de desprecio por lo ajeno a Carbel. Sin embargo, yo no le dí importancia, porque yo era uno de ellos al fin y al cabo, y Carbel era el pueblo más bonito del mundo.

-Pero es que tú no eres de aquí- me dijo mi prima Mabel tímidamente cuando volvíamos todos esa tarde de ver la feria.
-Sí soy de aquí- le respondí yo muy tranquilo.
Ante mi respuesta se rieron un poco los demás.
-Hombre, carbeleño, carbeleño, no eres, Guille. No hablas el dialecto.- dijo Joaquin.
-Ni vives aquí- añadió Alberto.
Era cierto, no vivía allí durante el año, ni hablaba bien el dialecto; pero en los últimos cuatro años me había esmerado mucho y practicaba sin descanso con el tío Javier en la capital, por no mencionar que me conocía el pueblo casi tan bien como ellos y también tenía una casa, y unas raíces -ellos- con las que identificarme.
-Bueno, ¿Y si viviera aquí siempre, sería carbeleño?- les pregunté esperanzado.
-Pues eso sería interesante- empezó Sara dándome esperanza- pero igualmente, fíjate en mi abuelo Romero, lleva tooooda la vida en Carbel, pero no habla ni una palabra del dialecto; por eso, siempre ha sido, y siempre será de Villaconejos de Arriba. Por mucho tiempo que viva aquí y por más que esté casado con la abuela Adela.-
-Es verdad, hasta el alcalde lo decretó en la última ley de censo municipal.-
-Mira, Guille, requisito imprescindible...-

No volví a hablar en toda la noche, y quedé con aire apenado. Muy apenado. Me habían echado de su lado, me habían denegado un sentimiento. Puesto que ¿Qué es el nacionalismo sino un sentimiento? Eso decían los europeos del siglo XIX cuando revindicaban la formación de naciones importantes como Alemania o Italia, un sentimiento puro y duro que les unía a todos. Un amor a un territorio, a unas costumbres y a un idioma. ¿No contaba para nada que mi familia, mis orígenes estuvieran en Carbel? ¿El esfuerzo por aprender el idioma no importaba si no se llegaba nunca a dominar? El suelo desapareció bajo mis pies esa noche, ¿Qué clase de movimiento que instigaba la exclusión estaba promoviendo el alcalde con su legislación? Porque si bien hay muchos males en el mundo, el pecho se desgarra y no sana jamás cuando uno se convierte en un "sin tierra". Y eso me habían hecho a mí, me excluían de Carbel, me arrancaban de mis raíces y me denegaban un sentimiento.

Llegó a tal extremo la vanidad de mis bienamados carbeleños, que llegado el momento, el pueblo no quiso saber nada más del mundo exterior; se llevó a cabo un proceso de independencia y prosiguieron con sus vidas, aparentemente más contentos. Dos días después de la proclamación de la República de Carbel, llegó una carta oficial a mi casa con la firma del alcalde: se me concederían -si así era mi deseo- un pasaporte y la doble nacionalidad. Mas con el alma sangrando nostalgia y desengaño rompí la carta, ¿para qué quería lo que me pertenecía por derecho, si jamás lo reconocerían quienes más me importaban?

jueves, 7 de junio de 2012

Fénix

Recuerdo una noche de verano en que sonreías con los ojos, y durante mi viaje a Siberia pensé que no volvería a ver esa curiosa sonrisa. Poppy, you never get it right. 

En el trayecto del tren no pude evitar mirar al horizonte y sonreír al recordar tus bromas. Llegué a Siberia, y  tuve que empezar todo de nuevo. Mentiría si te dijera que lo pasé mal. Siberia es muy bonito: todo blanco, callado... y muy formal. No sabes qué va a pasar cada día, y tienes que llevar pieles muy gordas por si acaso el día sale rana. Se bebe vodka y vino caliente. El caso es que me gustó, y pese al frío me aclimaté. Sobrellevé la estancia bastante bien y conservo aún buenos amigos de esos tiempos; hasta confío en algún momento presentártelos.

Pero el frío... yo no puedo vivir en el frío eternamente. Y los siberianos son muy fríos. Yo echaba de menos demasiadas cosas, así que te envié una carta lo antes posible, por probar. Salió bien. Y reconozco que verte fue despertar del suave letargo que provoca el invierno siberiano. Contigo llegaron las risas, los colores y el sol. Ese sol que besa la piel y las manos y que nos deja a todos morenos como si de carmín se trataran sus caricias. Y cuando volví a Siberia, era ya época de deshielo, y ese hechizo azul y verde ya no tenía la fuerza de antaño.

No sé cómo funciona, quizá todo esto estuvo latente en la línea del tiempo, y el sol y el calor acabaron con su hibernación. Quizá. Es posible que fuera como uno de esos pájaros que resurgen de sus cenizas... o simplemente el tiempo meteorológico actúa de interruptor: encendiendo y apagando a su antojo. Me recuerdan que en la costa se beben Daikiris, Mojitos y Caipirinhas... hace tiempo que no tomo ninguno.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Lei e Lui, andiamo!

¡A lanzar las maletas al maletero! Lui e Lei, desternillados de la risa, ¡de escapada! ¿Conduces? ¿Conduzco? ¿Llevamos música? ¿Nos dejamos algo? ¡¡Los pasaportes!! Hace sol y calorcito, y tienen el motor del coche a ralentí, esperando la orden para salir pitando.

Siguen desternillados. Lui la mira y sonríe, y mientras se pone las gafas de sol dice:

-Please, ponme la chupa en los asientos de atrás, que me molesta al conducir-

Lei se ríe. -¡Pero si voy a conducir yo!- Y acto seguido corre a la puerta del conductor riéndose todavía. -¿Tanto te apetece?- Se sienta en el sitio del piloto, pero se está achantando.

Apoyado en la ventanilla Lui suelta "Bueno, te dejo por ser tú." con aire chulesco, como si de una grave ofensa se tratara. Pero Lei no entra a trapo, le suelta un beso a la par que le dice:

-Va, pon esto.- Y le acerca con cariño un CD.

Lei también se pone las gafas de sol, suena música de siempre, mete primera y el motor del coche ruge. Se marchan. A la aventura.



jueves, 29 de marzo de 2012

Un cambio, una pausa

Me he cansado de mirar por la ventana y ver siempre lo mismo. 

Mentira. En realidad sí que podría seguirlo haciendo, pero en el fondo quiero un cambio, una pausa. 

Quiero levantar las persianas, abrir las contraventanas y ver que mi casa se ha marchado a otro sitio. Me sirve Roma, me sirve el mar, me sirve el modernismo y me sirve el lejano oeste. Todo me sirve. Pero no quiero ver "la plaza de los niños", no quiero pasear por mi calle, no quiero tomar más el sol sobre el baldosín catalán de la terraza y no quiero acercarme a ver cómo están las acacias de la Castellana...

Mentira. En realidad sí que quiero hacerlo, pero en el fondo exijo un cambio, una pausa.

Quiero hacer fuego en el campo, quiero que me llueva, que diluvie; quiero ir en pantalones cortos y con sombrero, quiero tumbarme en la hierba y que luego me pique todo el cuerpo por la urticaria... quiero ver otra ciudad, quiero conducir, quiero estar en casa... sentirme en casa, en mi otra casa. Quiero tomar helados que no sean de Palazzo, quiero llevar las gafas de sol en una ciudad que no sea Madrid, quiero que me hagan reír a carcajada limpia. 

Mentira. En realidad podría seguir con los helados de Palazzo y paseando por la Gran Vía, pero en el fondo quiero un cambio, una pausa.

Adoro esto. Siempre lo he adorado, es verdad, pero quiero nuevos aires para poder seguir escribiéndo sobre lo mucho que me gusta mi ciudad... No me lo tengas en cuenta, Chamberí. Estaré de vuelta pronto poniéndote en una nube.

lunes, 19 de marzo de 2012

Carreras de galgos

Era una mañana curiosamente cálida puesto que estábamos en marzo y aquí eso no suele ser así. Yo necesitaba chocolate y distracción, y el bueno de Roger me llevó a las carreras de galgos. "Poppy, te sentará bien, llevas toda la semana trabajando por encima de tus posibilidades; y ahora que tu salud ha mejorado, necesitas salir y tomar un poco el aire. Así que arréglate y vámonos a las pistas."

La verdad es que yo no tenía ganas de ir a ningún lado, y menos a ver correr a unos pobres perros detrás de un juguete mecánico. Pero Roger me conocía bien, y visto que en contadas ocasiones tenía razón decidí hacerle caso y así salimos los dos de la casa, él con su traje gris claro y su sombrero y yo con mi vestido rojo oscuro y mi pamela.

Ibamos dejando atrás las afueras de Londres en el automóvil; y mientras nos adentrábamos en la capital, yo iba pensando en mis tristezas varias. Desde el asiento del conductor, Roger me miraba refilón y sé que estaba preocupado, desde que caí enferma lo estuvo. Era muy bueno, este Roger, y yo le quería muchísimo.

Llegamos al estadio, allí estaban todos los caballeros con sus sombreros oscuros de copa, y el resto de señoras, contoneándose con sus vestidos de colores y sus tocados. Entonábamos bastante bien Roger y yo con la multitud, pero yo estaba muerta de miedo. La sociedad. Me agarré a su brazo como quien se agarra a un bote salvavidas en un naufragio, y fuimos los dos sorteando pimpollos hasta sentarnos en las gradas a ver la primera carrera. Ganó un tal "Naccio".

Había una docena de perros en el estadio; todos con sus cartelitos de colores y sus números. Según un par de gordas de nuestra izquierda, la carrera importante se disputaría entre dos canes: "Trencadis" y "Seto", el resto no tenían posibilidades, y al parecer todo el mundo había apostado grandes sumas para acertar quién se llevaría el premio aquella mañana. Me entró mucha curiosidad por ver a los dos galgos, así que dejé a Roger en la grada y bajé a pie de pista para verlos mejor. 

Los tenían al margen del resto de perros, sin participar en las carreras menores, esperando al gran encuentro del mediodía. Uno canela con el cartel azul, el otro de pelaje más oscuro y con el cartelito verde. Con sus respectivos cuidadores, cepillándolos con primor. Eran bien elegantes los dos.

Y en ese momento, sin previo aviso, me apeteció con locura apostar. Les eché un último vistazo y subí con determinación las escaleritas intentando no tropezarme con nadie en mi camino hacia la taquilla. Roger se levantó de su asiento y vino volando hacia mí, me alcanzó en la cola de la dichosa taquilla.
-¿Qué haces?
-Voy a apostar.- le dije
-¡¿Qué?! ¿Por qué? ¿Qué necesidad tienes tú de apostar? Hemos venido únicamente a pasar la mañana, Poppy, no digas tonterías.
-¡Qué no, Roger! Me apetece mucho, es... importante.
-Deje apostar a la señorita, caballero.- Dijo una voz a nuestra espalda.
Un hombre con un traje claro esperaba justo detrás de nosotros para realizar su apuesta.
-Por quíen va a apostar, señorita, quizá puedo aconsejarla.-
-"Trencadis", sé que no es algo muy patriota, sabiendo que no es inglés... pero tengo un presentimiento.-
-Bueno, sin duda, sabe lo que hace, pero de todas formas le digo que "Seto" va a ganar este torneo.- y luego le dijo a Roger- Déjela jugar, es un pasatiempo como otro cualquiera y no hará mal a nadie-
Roger se calló, pero me miró con esa cara de querer decir algo pero ser demasiado cortés para soltarlo en  público.

-Para "Trencadis"- le dije a la mujer que me atendió. Y antes de soltar el fajo de billetes eché un último vistazo a mi apuesta, la cual jugueteaba abajo en la pista.
-Mucha suerte, señorita- Me dijo el hombre de detrás cuando me dieron el boleto. Yo incliné la cabeza levemente y me marché con Roger a mi espalda.

Nos volvimos a sentar en las gradas, yo sujetaba el papelito como una posesa y mientras tanto preparaban a los galgos. Damas y caballeros, acomódense, la Gran Carrera del Mediodía va a comenzar. Decían por los altavoces. Con ustedes "Terry", "Box", "Naccio", "Hamlet", "Ribbert", "Jo", "Peck", "Angie", y por supuesto "Seeeeeto" y "Treeeencadiiis". Miré a Roger nerviosa, y le sonreí con culpabilidad. Era un juego, si perdía mi depresión no se vería muy afectada. Él me sonrió ligeramente, me rodeó con un brazo y con la mano que le quedaba libre tomo mi mano tensa, la que sujetaba el boleto.

Preparados, listos... ¡PUM! El disparo marcó el comienzo de la carrera y en seguida quedaron todos los galgos atrás... menos "Trencadis" y "Seto". Los hombres se levantaban de las gradas, las mujeres se abanicaban exaltadas y unos y otros miraban ansiosos por los binoculares que traían. Por los altavoces el comentarista seguía retransmitiendo quién le sacaba una cabeza a quién, pero yo ya no oía nada, y me limitaba a mirar a los dos galgos correr detrás del conejo de mentira. Esas dos figuritas, una clara y otra oscura, que corrían sin saber que el dinero de mucha gente dependía de ellos. A mí el dinero me daba igual, como decían algunos del vecindario "hay cosas que uno las hace porque tiene un feeling"

-¡¡Roger, hemos ganado, hemos ganado, hemos ganado!!- Grité cuando acabó la carrera. Le abracé con todas mis fuerzas y le dí el boleto. -Ya está, no necesito apostar nunca más.-
-Vamos a recoger el premio y nos marchamos- Me respondió él, sonriendo.

Y arriba, tras recoger la recompensa, le volvimos a ver, al señor de traje blanco. 
-Mi más sincera enhorabuena, señorita. Tiene usted buen ojo con los canes.-
-Gracias, pero ha sido mero azar-
-No, de veras que lo tiene. Mi perro ha ganado de una forma espléndida, y usted ha sabido verlo pese a lo que yo le he dicho.-
Me quedé perpleja y miré a Roger, quien estaba igual de perdido que yo.
-¿Usted es el dueño de "Trencadis"?- Le preguntó.
-Ciertamente- Se limitó a decir, y tras quitarse el sombrero y hacernos una leve reverencia se fue derecho a la salida del estadio seguido de unos cuantos periodistas que habían conseguido alcanzarlo.

-Espera, Roger, quiero hacer una cosa antes de que nos vayamos.-
Salí pitando hacia la pista, salté a duras penas la verja que separaba las gradas de la hierba y llegué justo para parar al cuidador de "Trencadis". "¡Espere!" Me acerqué al can y le acaricié el cuello "Buen chico, buen chico, lo has hecho bien... ya sabía yo que podía fiarme de tí". El perro pareció sonreirme orgulloso. "Eso era todo, perdone". Y dejé marcharse al cuidador con su animal, sintiéndome satisfecha.

Llegué hasta Roger, me ofreció el brazo, pero en vez de eso, le tomé de la mano con soltura. Y fuimos andando hasta el automovil, para volver a nuestro caserón.

lunes, 12 de marzo de 2012

Mischivieous twinckle in my eye

Darse una ducha fría, ponerse crema en la cara y hacer como que uno ha dormido perfectamente. Sonreír como si nada: no hay problemas, no hay preocupaciones y no hay miedos inminentes esperando a la vuelta de la esquina... disfrutemos de la banalidad por un segundo. No hace mal a nadie, y a veces es mejor que una aspirina.

Ponerse el bañador a más de 600km del mar, y sentir como el sol besa los hombros. Devolverle el beso con picardía. Y en las gafas de sol se reflejan los apuntes desperdigados por la mesa. Olvidarse un poco de todo lo demás. Una espalda recortada sobre un fondo rojizo de baldosín catalán.

Tener un mischivieous twinckle in my eye... y juguetear con la conversación. Subir a las terrazas a contemplar el pasado, a imaginar el futuro. Eso es lo que me gusta a mí. 

Cometer travesuras a plena luz del día y no tener remordimientos. Ser jóven, consciente de ello y disfrutarlo. Sin la pena de pensar que es efímero, sólo con la euforia de saber que puedo hacer lo que quiera. Lo que quiera. ¡Qué suerte la suya, por que mis metas sean nobles!

Mischivieous  shall I be, as long as no one suffers.


martes, 21 de febrero de 2012

Esperando

Poppy está apoyada en la pared de la casa, parece que está posando para alguna foto. Lleva esos pantalones largos tan pegaditos y un jersey, también largo, de lana que parece abrigado. Mira a algún punto en el infinito y sonríe un poquito. Pero no está posando, Poppy vive posando: en el metro, en el bus, caminando a casa, estudiando... Poppy posa. Posa desde que en el jardín de "trencadis" le decían que sonriera con los dientes mellados a la cámara de su abuela. 

Tiene puesto -además de la cazadora negra- el gorro gris de lana, tan desenfadado. Y las gafas de sol, porque no puede con la fotofobia que le da el sol mañanero, le dan un aspecto curioso, como si no fuera de aquí. Hoy es unos centímetros más alta que de costumbre... cuestión de zapatos.

Todo está en su sitio, hasta el mechón castaño oscuro que le invade la cara empujado por el viento. Y en la cartera de treinta años de edad lleva libros y papeles. Algún exito de algún roquero que esté a punto de extinguirse suena en los auriculares que lleva Poppy en los oídos. Y muy quieta, sigue ella posando en la esquina de la calle. En la foto se olería el perfume de Poppy, el de siempre, ese tan particular que cree estar empezando a segregar de forma natural...

Y justo cuando el objetivo se debería cerrar para pillar a Poppy parada por siempre, llega él. "Perdona, Poppy, que llego tarde". Poppy cambia su pose: sonríe, se separa de la pared y sube la calle acompañada.

lunes, 30 de enero de 2012

Tan cerca

Como aquel marzo lluvioso en que escribí sobre el verano, ahora os veo saltando en una playa catalana. No dormimos y almorzamos a horas disparatadas. Sonreís todo el tiempo y parece que serán mil días así.

Os veo deambular por la era, bajar por las Ramblas y desaparecer tras el Stroika... os veo tan cerca como si estuvierais ahora mismo en mi salón. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando parecía que había llegado el fin del mundo y que después de todo lo vivido no habría nada más.

En ocasiones echo de menos esos días. Supongo que es ese aura de romanticismo que rodea todo lo pasado. ¿Repetimos?

lunes, 14 de noviembre de 2011

Confesiones

Me senté con Fadrique al borde de la balsa y se lo confesé todo. Ya no hacía ese calor de verano tan agradable, ahora el cielo estaba gris; gris como las palomas, un gris sucio. Llevábamos los dos sendos abrigos marrones y las bufandas rojizas que tejió Vicenta para nosotros, los mayores. Y él con su mano protectora jugaba con el agua verde y con las carpas curiosas que se le acercaban de entre las algas.

Le conté a Fadrique cómo habían sido las cosas: cómo había empezado todo una tarde tonta y fría y una noche lluviosa, cómo habían ido cada una a su ritmo -muy rápida y muy lenta- y cómo habían llegado al punto actual.

Se lo conté todo muy seria, con ese semblante que se me pone cuando algo me ronda la cabeza un tiempo y él me arropó con el brazo y me dijo que no me agobiara. Un pato llegó en ese momento a la balsa y sin pensárselo dos veces se zambulló por completo.

-Escríbelo- me dijo. -Escríbelo todo. Todo lo que me has contado a mí, cuéntaselo al papel, y cuando hayas acabado, léelo y piensa bien todo lo que ha pasado.-

Así pues entré en casa, le pedí prestado a César una de sus hojas amarillas de cuaderno y me puse a escribir: hablé del pasado y del presente, de cómo cómpetían y se complementaban... y vomité todo lo que tenía guardado. Sirvió para reflexionar. Intenté pensar en el punto de inflexión, ¿Cuándo se había desequilibrado la balanza? ¿Quién había tomado la decisión? ¿La cabeza o el estómago?

Y me dí cuenta de que no tenía dudas. Una de las opciones había muerto; muerto como cuando se muere un libro al llegar a la última página. No había sido el tiempo, ni los kilómetros, ni nada... se apagó cómo cuando una bombilla se funde. Fue como uno de esos fines de semana que nos llevában a los cinco a esquiar: volvíamos a casa cansados, tras dos días muy intensos... pero habían sido dos días al fin y al cabo.

Parecía que el recuerdo del pasado destruía el presente. Esa fue mi conclusión. Y a la mañana volví a hablar con Fadrique junto a la balsa. Esta vez llovíznaba, pero al igual que el día anterior, las moreras seguían sin hojas.

-Eso es- Me dijo- ¿Ves cómo mi consejo funcionó?- Miré a mi hermano sin comprender muy bien, pero esperé a que prosiguiera -Ya lo tienes escrito, déjalo marcharse de tu cabeza. Es momento de que mires y veas lo que está pasando. Pero cuida tu recuerdo y ponlo a salvo en una vitrina de la memoria, no hay porqué tirar el bagaje que llevamos. Es cómo los álbumes de fotos de Vicenta, no se puede vivir en ellos, pero nos enriquecen.-

Mi hermano me sonrió con dulzura y volvió a entrar en casa con aire desenfadado. Yo miré mis apuntes perpleja. Y entonces entendí qué tenía que hacer: los releí con la ternura del recuerdo, y tras hacer un barco de papel con todo el primor que pude, con la determinación del momento puse el barquichuello en la balsa y lo dejé hundirse mientras la tinta campaba a sus anchas por el papel y los restos quedaban para siempre en el fondo de mi estanque.

domingo, 10 de julio de 2011

Cierto, ¿no?

¿Pero yo a quién estoy engañando? ¡Cero tarros de cristal! ¡Miles de Pepa's dance, de Brunches, de Mongolians, de rodalies, de San Tony's, de cuadros y de besos en las manos! : )

viernes, 8 de julio de 2011

paréntesis (necesario)

Vuelvo a estar sentada en la misma mesa en la que un día escribí sobre alegrías, y hoy siguen siendo esas mismas alegrías los motores de lo cotidiano. Pero diferentes. Puede que sea el cansacio de llevar prácticamente 4 días sin dormir como es debido (no es que me arrepienta, o que deseara haber pasado la noche en una cama templada en vez de en la ciudad lejana) o tal vez sean las respuestas afiladas... Siempre es triste volver de allí, y siempre acabo pensando "una vez traspasada la cancela todo estará atrás: no valdrá eso de pensar y rememorar las cosas mil veces" Y siempre llego al escritorio para mencionar una o dos cosas...

Tengo sueño. Hay cosas que hacer.

Pero para empezar, haré un paréntesis y dejaré las tres noches en un tarro de cristal herméticamente cerrado. Y sólo cuando el emperador romano aparezca, las dejaré ser libres de nuevo.

Hay otra versión de los hechos, esa que yo no conozco. Me gustaría pensar que el dueño no la encerrará en un bote (porque en el fondo yo tampoco quiero adormecer unas sábanas de cuadros)... pero ya divagaremos sobre esto cuando no esté cansada y no haya cosas que hacer.

domingo, 26 de junio de 2011

Aparcada,

Se ha metido en el bar ese, a pedir cambio. Con su chupa de cuero y sus gafas de sol. ¡Pero si es de noche! ¿Para qué las quiere? Es casi tan chulo como mi ciudad querida. Seguro que está sonriendo por ahí, haciendo comentarios imprevisibles, sarcásticos y arrogantes; y que la gente le escucha... ¿Fascinada? ¿Divertida? Desde luego que no me los imagino impasibles... En el fondo cala hondo.

Y yo sigo aquí, subida a la moto. No sé siquiera qué hago sentada... bueno, aparte de esperar a que vuelva con el cambio para el tabaco (¡Pero si yo no fumo!). Es de locos. Huele a mar y a cerveza barata... Yo, que iba para camionera, reconozco muy bien ese último olor; pero al final acabé de princesa (ya había demasiadas camioneras), y aquí estoy, buscando aventuras en ambientes lejanos al palacete... subida en la moto de un granuja.

Acaba de salir del bar, sonríe. Pero tiene una mejilla colorada. Ahora que se acerca más se ve que está sangrando... ¡Y el tío se ríe! Seguro que se ha pegado con alguno como él... Y lo único que suelta, el muy altanero, cuando voy a limpiarle un poco la herida con el pañuelo es "Déjalo, pequeña, ya lo haré más tarde". Y enchufa el motor (que ruge como una bestia) para salir volando con su cajetilla de tabaco y la compañía.