Mostrando entradas con la etiqueta mientras miro Madrid por la ventana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mientras miro Madrid por la ventana. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de junio de 2017

Volver la vista atrás

Qué curioso, nunca pensé que los gustos cambiaran de forma tan radical. Bueno, tampoco es cierto: antes no te gustaba el Cola-Cao, y mírate ahora, te vas a destrozar el hígado. 

Me refiero más bien a que hay muchos tipos de cambios. Los hay paulatinos, esos que poco a poco se van asentando en nuestras vidas y un buen día... ¡zas! esto antes no era así. También los hay radicales, que sin previo aviso nos hacen cruzar un abismo infinito y situarnos en el polo opuesto. Y por supuesto, los hay que están a medio camino entre ambos.

Pero mis favoritos son aquellos que entrañan una creación, esos caracterizados por pasar de la inexistencia a la existencia, de la nada al... ¿algo? Son bonitos, suponen un desafío, nos hacen mojarnos y decantarnos, y vivir aventuras. ¿Qué haces con lo nuevo? ¿Cómo lo compaginas con todo lo anterior? Y aunque no se lo suelo comentar a mucha gente, te confesaré que también me gusta acostumbrarme al cambio y volver la vista atrás para sentirlo como nuevo. Es la misma sensación que tengo cuando releo mis libros preferidos: ya sé lo que va a pasar, y desde la experiencia disfruto con calma (y con cierto masoquismo) las cosas que ya han pasado, que van a pasar

Y lo mismo hago con vuestra historia. Me gusta volver a la noche de verano en que planteasteis la inmortalidad, me gusta volver a ver la duda divertida en unos ojos somnolientos, pero emocionados; me gusta unir todo eso con las flores que nacen en mayo cuando muere el teatro. Y me gusta pasar a cámara rápida todos los fotogramas de una película espléndida, para darle a pausa y reproducir más despacio una serie de escenas. 

En fin, quería sólo decirte que eso es lo que hago cuando pierdo el tiempo; y aunque sabes que soy eficiente, el tiempo que me sobra me gusta perderlo así.

lunes, 13 de abril de 2015

Tornare da me

Y cuando tenía que volver al paraíso, a explotar la esencia de mi juventud hasta que ya no me quedara ni una chispa de energía, descubrí que me había quedado enredada en la hamaca de tu terraza aún con amaretto en los labios.

Ven pronto.

viernes, 30 de enero de 2015

Perfect Day

Lleva cinco, diez, quince... minutos sentada en la mesa de la entrada. Creo que está intentando escribir algo. No sabría decir bien el qué, pero parece que le importa, porque no para de mirar a todos lados y a rascarse la nariz -como cuando está nerviosa en una conversación-.

No, no avanza. Porque cruza y descruza las piernas, apoya la barbilla en su mano derecha y tamborilea los dedos de la izquierda en la mesa. Pero no escribe. De vez en cuando sonríe un poco como si hubiera encontrado por dónde comenzar... pero creo que tampoco es eso, porque ni toca el teclado.

Ha puesto un disco de Lou Reed, se acerca al teclado mientras mueve la cabeza al ritmo de la canción, y en el último momento se da cuenta de que no puede escribir. Hoy no. Y como piensa que está sola en la habitación dice en voz alta:

-No se escribe sobre un día perfecto. Se va a buscar otro.

martes, 14 de octubre de 2014

Buenos días

Había distintas maneras de despertar, y a Julio le encantaba ser consciente de ello. No era lo mismo abrir los ojos desde la litera de su cuarto y ver la alfombra roja de Turquía, que hacerlo en una tienda de campaña, arrebujado en el microclima calentito de su saco de dormir.

La mayoría de las personas no se paraba a pensar en aquellos detalles, pero Julio se fijaba en todo: ¿Qué tal había dormido? ¿Qué había soñado? ¿Cuál había sido su primer pensamiento ese día? ¿Dónde se había despertado? ¿Era un sitio conocido? ¿Había alguien más allí? ¿A qué olía? ¿café? ¿croissants? ¿Se oía algo?...

Tampoco hacía falta perder toda la mañana con aquellas preguntas, simplemente se había convertido en algo automático y sencillo. Uno de esos placeres tontos e inconfesables que tenemos todos.

-Buenos días, Julio. ¿Por qué sonríes?-
-Nada, es que he dormido muy bien esta noche.-

viernes, 12 de septiembre de 2014

Miedo

Ese instante suspendidos en el aire: cuando acabamos de saltar desde una altura considerable al agua y empezamos a notar la caída. Ese miedo fugaz que nos sobreviene sin avisar. Podemos reírnos antes de saltar, o cuando ya chapoteamos abajo... pero ese segundo de pavor no podemos remediarlo.

Ahora prolonga ese momento: estíralo y estíralo cuanto quieras, como un chicle. Y ponte a pensar. ¿Me haré daño? ¿Estará fría? ¿Habrá piedras en el fondo? y otras miles de preguntas que no importan, porque al final el agua estará fresquita, y si acaso te darás un ligero planchazo que no será para tanto.

Pero el miedo es natural. Y pese a que yo no he venido a este valle de lágrimas a sufrir sino a pasármelo bien, a veces también tengo miedo. Porque aunque sé que lees los párrafos muy despacio, es posible que acabes mi libro y no te convenza.

 

lunes, 14 de abril de 2014

CO

-Necesito que te calles, estoy tratando de explicarte algo... ¿Ya? Escúchame atentamente, porque esto que te voy a decir aclarará tus dudas de una vez por todas.-
Yo miré al profesor ese sin mucho convencimiento, en el despacho hacía muchísimo calor... ¡Qué pocas ganas de revisar un examen en pleno junio!
 
Y cuando puse cara seria simulando que lo escuchaba comenzó su "runrun" de explicaciones. Yo le miraba a la cara y al papel alternativamente, asintiendo ligeramente cuando hacía pausas y frunciendo el ceño cada cierto rato, para que pareciera que me estaba enterando. No me interesaba lo más mínimo, era puro teatro.
 
-Ya ves, esta pregunta era sencilla, ¿No crees? Un buen líder tiene que saber comunicar...- En ese punto volví a desconectar. ¡Qué pérdida de tiempo! ¿Por qué no me habían enseñado algo útil? ¿Por qué no me habían contado los pasos esenciales para sacar adelante un proyecto?
 
1º Tener una idea.
2º Buscar un socio.
3º Conseguir tu dream team.
 
Había luego muchas nociones igualmente necesarias para que un proyecto tuviera éxito, pero en vez de aprender eso, estaba viendo la personalidad tipo A y tipo B, y no se qué chorradas (bastante obvias) sobre el absentismo laboral. ¿Por qué no me habían enseñado a imponer autoridad? ¿Por qué no me habían dicho que existen incompatibilidades insalvables?
 
-¿Entiendes por qué has fallado esta, Poppy?-
-Sí. Oiga, una pregunta, ¿Usted ha dirigido algo alguna vez?- Se me quedó mirando el pobre con cara de idiota.
-¿Cómo?-
-Sí, eso que le digo, ¿Ha dirigido algún proyecto?-
-Pues... bueno, en el departamento.... realmente...-
-Bueno, veo que no, pues yo sí. Y déjeme decirle una cosa: su libro está muy bien, y los casos que plantean son sudokus muy graciosos, pero resulta que cuando salimos de aquí hay tiburones y demás bestias por todas partes con las que hay que lidiar. Y no es sólo que las personas presenten problemas per se, es que encima aparecen impedimentos provenientes del azar, de casualidades, de instituciones... contra las que también tenemos que luchar.
Es muy bonita toda la palabrería y, también me han parecido simpáticos los estudios de laboratorio a los que les han concedido la denominación de origen de <<teoría>>; pero pienso que tras un par de situaciones reales uno se da cuenta de que esto que nos cuentan es poco, es insuficiente, es un jueguecito gracioso y poco más. Pruebe a dirigir algo cuando quiera, sólo entonces aceptaré que me dé clases, estimado profesor.-
 
Cogí mi suspenso y me marché del despacho-horno.
 

martes, 12 de noviembre de 2013

Como si fuera para mí

Pegué un bote en la cama y me apretujé contra el teléfono en cuanto oí tu voz:
-¡Hola!
Era sólo un "hola", pero dicho en un todo muy agudo y cantarín. Hacías el tonto y a mí me hacías reír aunque no quisiera.
-Tengo noticias.- añadiste.

Me contaste que por fín lo habías encontrado: era la siguiente pista en tu camino hacia el futuro. Era un cordelito de lana que había que seguir, y aunque tú intentabas quitarle hierro al asunto, yo sabía que era justo lo que necesitabas. 

Ese sitio tenía tu nombre y tus apellidos como carta de presentación, pero en el fondo ¿Qué más daba cómo fuera en realidad ese proyecto? Lo importante era que te daría esperanza, te demostraría que había mil sendas maravillosas ahí fuera que te estaban esperando, te insuflaría el aire renovador de las ilusiones. Y sería el siguiente peldaño en la escalera hacia... bueno, hacia donde quisieras tú.

Me alegré tanto que no sabía cómo hacértelo ver. Parecía que la que se iba  Lausanne era yo, y supongo que eso estaba relacionado con el hecho de que habíamos empezado a ser un mismo ente, sin darnos casi cuenta.

-Es... es... ¡fantástico!- y mi cabeza pensaba en qué te escribiría después, porque en ese momento me embargaba una felicidad explosiva.
-Me están llamando a cenar, amor...-
-Sí, yo igual. Parliamo dopo, caro mio ¡ciao!-

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Otroño tras otro

Otra vez íbamos mezclando jerseys y sandalias. Ya llegaba el frescor, y el crujido de las hojas ya me lo imaginaba yo (porque cuando uno miraba las acacias de la Castellana, veía las copas todavía verdes). Nunca me había ilusionado tanto un "otroño". Siempre sentía unas ganas inmensas de remolonear, de seguir en la cama del verano. Pero viendo la tristeza que había traído consigo el verano anterior, y sobre todo, teniendo en cuenta la cantidad de proyectos jugosos y apetecibles que se encontraban a la vuelta de la esquina... 

¡Ay! ¡Frío, llega ya de una vez! Que me apetece pasear entre charcos, enrollarme la bufanda y cerrarme el abrigo. Quiero ir al teatro calentito mientras imagino la lluvia y el mal tiempo que debe de hacer fuera. ¡¡Y quiero sabotear la hibernación inminente!! ¡¡¡A trabajar se ha dicho!!!

miércoles, 14 de agosto de 2013

¿Y qué queréis que os diga?

Fue un verano muy extraño. Fue un verano de grandes expectativas cariñosas. Tenía ganas de pasar mucho tiempo con ellos, de pasar todo el tiempo del mundo riendo y disfrutando juntos. Quería visitar casas de indianos, bailar con "Buena Vista Social Club" y hartarnos del arroz y de maduro... y hacer todo eso juntos. Teníamos pendiente bañarnos en el mar y bailar joticas aragonesas por las calles empedradas de la Habana. Teníamos muchas cosas pendientes, y las seguimos teniendo. Y casi lo sentí más por todos vosotros, que lo necesitábais, que os lo habíais ganado, y porque al fin y al cabo, yo soy de buen conformar...

Pero en vez de hacer todo eso, volvimos al refugio en el mar. Ví cómo se íban los barcos uno tras otro a distintos lugares del globo mientras yo me quedaba en tierra firme. Eché de menos a los tripulantes de todos aquellos barcos mientras le daba la mano al hilo del que cuelgan los latidos del porvenir. Pensé en todas las cosas que no había hecho, y las que aparecían ahora pidiéndome atención mientras me alegraba en el fondo de no haberme marchado, y de haber estado donde tenía que estar en el momento preciso.

miércoles, 1 de mayo de 2013

APLAUSOS

Se apagan las luces. Silencio en el bastidor. O eso intentamos. ¿Por qué tenía yo tantos nervios? Yo estaba abajo, siguiendo el guión con la luz que se filtraba por la cortina; pero me sentía como si estuviera en la mesa de arriba, viendo el resultado, y sufriendo, a mi juicio, el papel más importante y el menos lucido de todos. 

Y salí a escena, sin mucha seguridad, intentando no hacerlo muy mal... y me fui de escena, a mi parecer, sin haber dejado mucha huella en ese público que se reía tanto. Pero aún quedaba un buen rato, teníamos muchos chistes guardados en la manga, y no tardaríamos en utilizarlos.

Arriba todo se ve con mucha más calma que dentro del bastidor. Será que la distancia nos da perpectiva, y que nuestra obra parecía ya encarrilada. Y suena música, y nos sonreímos (ya sea a los focos o a la oscuridad) mientras ellos bailan al son tontorrón de mi piano...

Y toca bajar. Y no sé porqué, pero fue distinta esta nueva aparición. Quizá cuando uno nota que algo se va acabando desespera intentando asirse a ello y disfrutarlo como mejor pueda. O a lo mejor era simplemente que estaba más cómoda, haciendo el payaso para que los demás lo pasaran bien, como a mí me gusta. "¿Que a qué he venido? ¡Pues a verte! ¡¡Y traigo una carta de recomendación!!"



-------------------------------------------------------------------------------

¿No sentísteis eso? ¿No notásteis como el mundo literalmente paró, me dio un par de bofetones y me dijo: "Si, guapa, eso es tuyo."? Porque yo casi ni me enteré de qué estaba pasando, y lo siguiente que recuerdo es estar llorando aturdida en la oscuridad del bastidor. 

Y después de mucho pensar, cuando por fin acabaron los tres días que culminaron mi existencia en el corto plazo, me dí cuenta de que lo que ahora voy a echar de menos no van a ser esos aplausos, sino las conversaciones en el yaris, las risas al piano, el frío del frontón, las chorradas de Ors, y las butacas de las salas C y D. Pero en particular, me dolerá echar de menos que digan que cazo ardillas, y que me enseñen cosas nuevas e impresionantes, desde el puesto más importante y menos agradecido de todos.

jueves, 18 de abril de 2013

¡Soy una mujer fatal!



-Y todas queríamos que Sergio Hernán nos quisiera. ¡Ay! ¿Por qué tras ese encuentro miraba a través de todas y cada una de nosotras como si fuéramos un escaparate simplón? Pero a mí, por supuesto, las demás no me importaban lo más mínimo: eran burdas coquetas, jovencitas, ingénuas, poca cosa... y lo más importante: ¡no tenían retratos de sus bisabuelas hechos por Goya!

Y Oshidori. ¡Bah! ¡Qué auténtico inútil! Siempre enrevesando las tardes, conspirando contra el amor, interceptando las llamadas... Porque ¡¡estoy segurísima que todas mis llamadas de aquellos cuatro meses fueron interceptadas!! Sergio no llegó a enterarse nunca de nada. Seguro. Como Oshidori era siempre el que tomaba el recado... ¡Porque no me puedo creer que efectivamente se lo diera a Sergio! De ser así, habría devuelto las llamadas sin tardanza. Debería sacudir al mayordomo ese a la remanguillé (y espero no olvidar esto último cuando le vea).

Y sí, Sergio tenía razón: había en mí algo fatal. Dijo que ese "algo" estaba en mis ojos, pero yo sé bien que los hombres caían a mis pies porque yo no lloro. Es verdad, no lloro. No sirve para nada. Soy una mujer de acción: actúo y soluciono el contratiempo. Y si no puedo solucionarlo me resarzo en algún incauto que pase por ahí (generalmente Oshidori). ¿Quién quiere a alguien débil para sí? Pues nadie, por supuesto. Y por eso, en cuanto se percatan de ésta, mi maravillosa cualidad, no desean dejarme marchar. Así fue con Sergio.

Y fue tras llegar a la pradera que me recitó "El lago" de Lamartine y me habló del alma, de las cuestiones trascendentales y de lo sólo que estaba. ¡Qué galán! ¡Qué encuentro el de aquella tarde! Y evidentemente, supe que se abrió de aquella forma porque yo era una mujer fatal. 

¿Las demás, dice? ¡Ya le he dicho que me importan un comino! Sergio dejó de verme, simple y llanamente por la culpa del dichoso Oshidori. Y para intentar soportar mi ausencia se vio empujado a ver a esas pintamonas que no hacían otra cosa que... ¡el canelo! La única que importa en esta historia soy yo, sino ¿Por qué toda esta entrevista?


¿Por la bebida, me pregunta? Ah, no. Eso es todo falso. Rumores de por aquí. Seguro que se lo ha dicho alguno de esos del clan de Pantecosti, ¿verdad? Pero, señor, son falacias, bolas, cuentos chinos,  ¡patrañas! ¿Me entiende? Todo mentiras. ¡¡Mentiras!! Oiga, ¿¿qué está escribiendo ahí?? ¡Le digo que no tengo problemas con la bebida! ¡¡Vuelva aquí!! ¡Me niego a ver publicadas en su periodicucho infamias y mentiras sobre mí! Porque le digo que son mentiras. ¡¡MENTIRAS!!

domingo, 10 de marzo de 2013

Acogedor

Un ascensor de madera de una casa modernista, de otra época. Con paredes de cristal a través de las cuales veía el mármol y los descansillos iluminados. Pasaba horas infinitas y cortas en la casa de techos altos viendo álbumes rojos de 1995. Y al despedirnos, al montarme en el ascensor y notar cómo éste empezaba a a bajar miraba hacia la puerta de madera donde mi nonna aguardaba saludando y tirándome besos hasta que desaparecía de mi vista.

Una espalda y unos brazos calientes, suaves, salpicados de lunares. Me abrazan. No importa si es en una calle empinada filtrando el sol por las ventanas del coche, o si es de noche al lado del radiador. No tengo frío del mundo.

Un salón con un sofá naranjita de killing, bolsas de pipas saladas sobre la mesa de cristal (alguien ya se ha comido las suyas y sólo quedan las cáscaras sobre un periódico obsoleto), una bolsa de nubes, varios pares de zapatillas de andar por casa desperdigados en la alfombra de puntitos minúsculos. Salón de lectura o soma en famila. 

Mi bureau, mi caja rosa, mis cuadernos, mi navaja suiza, mi mochila de colores, mis siete libros, la basa, las tumbonas naranjas y amarillas de la era, el magnolio, tus cartas... todos van dentro.



miércoles, 9 de enero de 2013

Curry: our own style

Todos sabemos que Poppy se fue a ultramar tras la velada en casa de el Sirio. Fue al sol y al verano, fue a encontrarse a sí misma. Allí aprendió a ver las cosas desde más arriba y a descubir nuevas perspectivas. Mantuvo el contacto con varios de los madrileños, y supo así que casi toda la pandilla había ido de viaje de veraneo a la playa: Don Dionisio, el Sirio, Rizo, Don Roger y hasta Doña Margarita. Pero a la vuelta, no sólo la propia Poppy había cambiado, sino que en Madrid bastantes cosas eran distintas también. 

Varias de ellas para bien, el grupo de amigos parecía haber aumentado satisfactoriamente: doña Agnes, el Magno y Don Paolo pasaban más tiempo del que solían con ellos. Resultó que el primero era bailarín profesional, y su especialidad eran los bailes de salón, con lo que les organizaba veladas entrañables en las que les enseñaba algunos pasos y dirigía las competiciones amistosas entre ellos (sin participar él nunca, puesto que los habría sobrepasado con creces). Y Don Paolo, hijo de artista, se dedicaba a la fotografía, y gracias a ello todos recibían con cierta regularidad en su buzón los momentos inmortalizados. Por otro lado, Doña Margarita comenzaba a dejarse ver menos por allí... 

Habían dejado de ser todos universitarios recién llegados para pasar a defenderse mejor en sus respectivos mundos. Sin embargo, siempre había alguien perdido, aunque fuera momentáneamente. Poppy no podía evitar ver la desesperación que la estuvo acechando durante el año anterior en los ojos de el Sirio. Aunque quizás sólo fueran imaginaciones suyas... El mundo se hacía cada vez más grande, y ahora tenían acceso a lugares que antes no habrían imaginado. Lo llamaban crecer, aquellos días. Y cada uno lo hacía como bien podía; en ocasiones algún batacazo era necesario: se ponían de nuevo los pies en la tierra y se amenizaba la magulladura del desengaño entre amigos.

Aquel otoño y aquel invierno de 1952 fueron intensos y rápidos. Y se sucedieron grandes veladas. Memorable fue el cumpleaños de Don Roger; al que fueron todos convidados a un bar muy informal. ¡Qué distinto era de los sitios, como "Chicote", que solían frecuentar! Allí Poppy conoció algo más a Don Paolo, y confirmó aquello de que tenía algo, aunque tardó mucho en decirle que casi perdió su avión de vuelta de "North Carolina" por uno de los telegramas veraniegos.

Les dio a todos en esos días un no-sé-qué con la gastronomía, y se aficionaron a preparar platos. En el propio cumpleaños de Don Roger, Poppy llevó un postre al estilo americano; y aprovechando el aniversario de Don Dionisio, y sin dejar que el servicio doméstico se entrometiera lo más mínimo, se organizaron todos para preparar una receta que le había recomendado a Don Paolo su hermana, la cuál vivía al otro lado del charco por aquel entonces. 

Mas la mejor anécdota culinaria fue la del paquete de curry. Asistieron todos, (gracias a los contactos de Don Dionisio en el consulado irlandés) a una cena organizada por el vicecónsul, en la que para clausurar la velada -y a modo de sobremesa- se organizó un concurso entre los asistentes. Mr. Brendan, el cuñado del vicecónsul, era el encargado de leer unas tarjetitas con preguntas, y al finalizar la noche, el grupo con mayor número de aciertos ganaría la cesta, mientras que el perdedor recibiría un paquete de curry (siendo extremadamente difícil conseguir curry en Madrid por alquel entonces). Así pues, de esta manera consiguió el grupo el dichoso paquete de curry.

Rizo los invitó a todos a su casa a disfrutar del premio.
-¿Cómo se cocina esto?- Preguntó Don Roger al llegar.
- Ah, yo no sé.- Le respondió el Sirio desde el butacón del salón levantando las manos.
-Bueno, calma calma... digo yo que habrá instrucciones.- Intervino Poppy que justo se adentraba en el salón seguida de Don Paolo.
-¡Ya estamos en ello!- Se oyó desde la cocina.
-¡Oh! ¿Habéis empezado sin nosotros, Dionisio?- Preguntó Don Paolo alzando la voz.
-Va a ser pan comido, ¡dejad los abrigos en el recibidor y venid!- Dijo Rizo desde la cocina también.

Poppy se sentó en el salón acompañando a Don Roger y a el Sirio los cuáles esperaban la llegada de Doña Margarita, y de Azahar, la prometida de Don Dionisio, que no tardarían en llegar. Efectivamente, minutos después sonó el timbre del portal, y entraron las dos.
Decidieron poner la mesa y esperar a que el resto del equipo acabara de cocinar el curry. Y por fin, tras un periódo de tiempo que les parecieron horas, salieron de la cocina dándose muchos aires Don Dionisio, Rizo y Don Paolo sacando los platos ya servidos siguiendo el orden que indicaba el protocolo.
-¡Qué bien huele!-
-¡Menudo festín oriental!-
-Pues yo nunca lo he probado, ¿cómo es?-
-Ahora verás...-
-Bueno, yo quiero proponer un brindis por...-
-¿En serio? ¿¡Hoy también!?-
-Déjalo, si a todos nos encanta que brindemos siempre por algo...-
-Ah, no. Si no queréis, no brindamos y ya está.-
-Yo si quiero, ¡venga!-
Reían todos, y tras estrellar las copas unas contra otras mirándose a los ojos y apoyándolas en el mantel tomaron todos las cucharas y se hizo silencio.
Tras unos instantes comenzó una risa nerviosa a extenderse por la mesa. Poppy no podía más y miraba a Doña Margarita con complicidad, algunos como Don Roger y el Sirio miraban al plato fijamente tratando de disimular la risa.
-Caramba... -dijo Don Dionisio al fin- es... curioso-
-Sí, cuanto menos. Yo no lo recordaba... así- prosiguió Don Paolo.
Azahar estalló en una de sus carcajadas características que resonó por todo el salón y fue el pistoletazo de salida para todos los demás: no podían parar de reír.
-¡Es como pasta pasada!- confesó Don Roger al fin.
-¿Pero cuánto tiempo había que hacerlo?-
-¡jajajaja es... es como.... jajajajaja!-
Trajo Rizo el paquete vacío a la mesa y todos lo examinaron. 
-Está en inglés.... ¿Cuánto dice que había que ponerlo al fuego?-
-Como era mucha cantidad... pone cincuenta.-
-A ver, déjame ver...- Dijo Poppy, y Doña Margarita y ella leyeron el paquete.
-¡No pone cincuenta! ¡¡Pone quince!!-
-¿Ves, Dionisio? ¡Te lo advertí! ¡Que era mucho!-
-¡Qué vas a haberme dicho, Paolo! ¡Si estabas tan entusiasmado como yo!-
-Sí, pero ya me parecía raro a mí eso de...-
-Bueno, bueno, haya paz.-Interrumpió Poppy.
-Esto está incomible- Añadió Doña Margarita mirando la masa informe ocre de su plato.
-Oh, pero yo me he reído mucho...- Decía Rizo. -Sacaré algo de la alacena, no os preocupéis.-

Terminaron comiendo una ensalada de atún espinacas y uvas pasas. Pero el incidente del curry les sacaría siempre una sonrisa al recordarlo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Mañanas en Navidad

Querrían que el mundo se parara una fría y soleada mañana de diciembre. Un par de orejas frías sin gorro, y una nariz de hielo, querían pasear por Recoletos de la mano sin que llegara enero jamás.



domingo, 18 de noviembre de 2012

Era(n)

Era una llanura inmensa y ocreEran unas rocas y unas plantas forrajeras que lo recubrían todo. Y era un viento fuerte, un vendabal, en aquella inmensidad que no paraba de soplar. Era un cielo azul brillante que se veía entre las nubes, y un perro tímido que paseaba por aquel paisaje silencioso.

Hacía frío, y tus pasos sonaban como crujidos por la gravilla del suelo. En aquella tempestad seca eras la segunda parte del compás número cuarenta del Claro de Luna de Beethoven, siempre lo has sido. Y yo no podía alegrarme más, porque contigo el viento y el frío se habían marchado, y nos quedaban el paisaje y el perro.

***

Eran unas cartas que llegaban al buzón. Eran fotos de sitios lejanos que añoraban tu estancia. Eran acuarelas tímidas en momentos de euforia. Eran sellos y post-its, remitentes y sobres... puede que en correos se acaben cansando de nosotros. 

***

Eran unas katiuskas negras apoyadas en tu salón. Eran paseos de madrugada, eran juicios sin sentido con  lo que no podíamos evitar reírnos. También eran pijametas de colores que habían visto las noches con nosotros, tiradas en el parquet. Y por supuesto, eran lametones en la cara. Eran preguntas en inglés.

***

Era subir a los árboles, era salir del ascensor y ver al guitarrista, era escuchar esos acordes con mi nombre a las tres de la madrugada en el bajo blanco... Era tener la risa tonta, eran expos y arquitectos

***

Y yo era una sonrisa de oreja a oreja

miércoles, 24 de octubre de 2012

Buenas Noches

Está todo muy oscuro, y ya no quedan ni estrellas ni luna para alumbrar esta noche (me han dicho que se han ido de acampada al monte, que esperan allí), está todo callado y todos duermen, y sólo se oye el "tiqui-tiqui-tiqui" de las teclas del ordenador...

Yo iba a escribir la historia del fotógrafo en el café, pero prefiero pensar en lo agobiada que estaba esta mañana... y cuando lo comparo con lo callado que está todo esto no puedo evitar sonreír. 

Hay muchas horas en el día: justo antes del amanecer, todo está frío y es de un azul mojado, el viento nocturno se empieza a marchar y cuando uno está despierto a esa hora parece que el mundo le cuenta un secreto al oído sin que se enteren los demás. Cuando llega el sol, los ojos se achinan, y como los osos tras la hibernación vuelve todo al trajín cotidiano, primero despacio y a medida que pasan las horas el barullo aumenta... Con luz. Conscientemente. Con gente. Compartiendo.
Y el sol se empieza a marchar. En los días naranjas uno se acongoja; uno quisiera cambiar el reloj, adelantarlo o atrasarlo, pero no estar frente al trágico fin del día. La muerte del foco. Se despide como si fuera el último acto de la obra, lo sabe, y se esmera en su interpretación. Y es paulatino, sin darse uno cuenta, entra en el mar de la noche: púrpura, azul, negro.

Como ahora, que está todo muy callado y oscuro. Y me gustaría que estuvieras aquí para oír el silencio, porque al contrario que en el resto de horas, en esta no molesta nadie. Uno piensa en sus cosas sin ruidos de ambiente, uno fisgonea la calle y no pasa ni un alma, uno pasea por donde sea como si fuera el último habitante de la Tierra. Por la noche sólo se oye el "tiqui-tiqui-tiqui" de las teclas... o ni eso.

Buenas Noches.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El mapamundi

Al comenzar aquel año bajé el mapamundi  del altillo. Sí, el mapamundi-lámpara que encendíamos Guillermo y yo cuando éramos pequeños antes de ir a dormir porque nos daba miedo la oscuridad. El caso es que lo limpié de polvo y lo hice rodar un par de veces, para ver sí aún podía seguir dando vueltas; y tras quedarme mirándolo un rato, lo dejé aparcado en la mesita donde solía estar, al lado de la litera.

En realidad yo buscaba "no más clavos" para pegar el respaldo de una silla que se había desajustado, y fue entonces cuando lo vi ahí en la esquina del altillo, lleno de polvo y apagado. Me acordé del tiempo aquel en que dormíamos mi hermano y yo en las literas, y supongo que fueron la nostalgia y el romanticismo los que me hicieron bajarlo de ahí.

Me fijé en que la geografía política estaba caducada, porque aparecían Yugoslavia, y otra serie de países que ya no existen en este mundo... pero tampoco le presté la menor atención en los días sucesivos al pobre mapamundi... hasta que me regalaron el cuaderno.

El tío George y la tía Giulia sabían que me encantaba viajar, y vinieron una tarde a casa con un paquete marrón. "Para tí, Poppy, ya es hora de que des una vuelta." Me dijo mi tío guiñándome un ojo al tiempo que yo abría el paquetito. ¡Otro cuaderno de viaje! Vacío y listo para poder pintar y escribir en él. ¡No había nada en el mundo que me pudiera hacer más ilusión que un cuaderno para escribir las vivencias de mis viajes! (Bueno, quizá el helado de trufa de la heladería de mi calle, pero esa no es la cuestión.)

¡Viajes! Si, ¿pero qué viajes? Si yo no tenía nada planeado, y no hacía tanto tiempo que había estado fuera... Entonces levanté la vista y ví el mapamundi. Se habían ido mis tíos hacía un buen rato, y era ya tarde; empecé a mover los dedos de los pies, como siempre que me pongo nerviosa, y mientras me aguantaba la risa emocionada me acerqué al globo. Le dí impulso para que girara, cerré los ojos y lo paré con un dedo. En Florencia, el dedo había caído en Florencia.

¡Vámonos a Florencia!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

SOL

Grande y redondo. Caliente. 
Desde lo alto, mirando a los de abajo. 
Solito. 
Muy solito.
¡Ay Sol, Solete, Solito!

Grande y redondo. Ardiente.
Amigable sonríe, con su trabajo.
Solito.
Muy solito.
¡Ay Sol, Solete, Solito!

Susurra en silencio sollozos perdidos,
¡Ay Sol, Solete, Solito
Que lloras y sueñas con historias de libros!
¿Es que nunca has sentido el aliento del viento,
el romper de la risa o el frescor de los besos?

Mas no dices nada, y nos miras con calma.
Grande y redondo. Valiente.
¡No llores, no sufras, que voy pronto a verte!
Estela de fuego, cohete de verde.

¿Me esperas solito?
¡Ya voy Sol, Solete, Solito!


miércoles, 27 de junio de 2012

Hogueras

Aquella noche fuimos muchos, aunque no éramos los de siempre. Estaban don Dionisio,  el Sirio y Rizo, a los que conocía de toda la vida; pero también vinieron don Paolo, doña Agnes y Magno, completos extraños hasta el momento.

Llegamos don Dionisio y yo en un taxi a “Chicote”, y durante todo el trayecto hablamos mucho, como hacía tiempo que no hablábamos:
-Son divertidos, te gustarán- me dijo.
-Oh, no lo dudo-
-Además, tu padre se pondrá muy contento.-dijo con aire malicioso- Te presentaré a alguno que quizá te interese- me dijo riendo.
-Ya...- me reí también, al tiempo que desviaba la mirada hacia las casas que se veían pasar una tras otra a través de la ventanilla del taxi.
Desde que acabé el bachiller, mi padre había estado instigándome para que buscara un marido. Pero yo no quería casarme, yo quería encontrar al amor de mi vida y marcharme con él a vivir aventuras.
-Te veo triste- dijo Don Dionisio cambiando de tema. Y entonces le conté cómo había sido de complicado el año, cómo llevaba tanto tiempo dando tumbos y perdiendo el norte, y cómo necesitaba dejar de ir a ciegas y retomar las riendas de mi vida. De volver a creer en mi persona.

-He estado... en la parra. Desde que salí del Lope de Vega todo ha sido muy rápido, muy distinto.-
-Poppy, ha sido así para todos.- Me tomó la mano y me dio un fuerte apretón, de esos tan cariñosos que me daba él. Tampoco hubo que decir mucho más. Sonreí mientras me ayudó a salir del taxi, porque me dí cuenta de que era el fin del principio, el cambio de rumbo. Aquella noche no iba a volver a mis tiempos de colegio: iba a avanzar de una vez por todas, y no serían necesarias más charlas de análisis en las que se magnificaran problemas de cualquier tipo.

Ya en “Chicote”, entre las notas de jazz que sacaban los músicos del fondo, nos presentaron a todos. Don Dionisio era nuestro amigo común.

-¿Habéis traído los papeles?- Dijo Rizo apoyado en la barra mientras se mesaba la barbita rubia.
-¿Qué papeles?- Le pregunté yo extrañada. Pero Magno se acercó a mí y, en bajito, respondió:
-En San Juan es tradición. Se escribe en un papel aquello de lo que te quieres librar, y lo quemas en la hoguera. ¿No sabías?-

Yo me puse colorada, claro que sabía que se hacía eso en San Juan... ¿En qué estaba pensando? Primero se me había olvidado por completo escribir el papel, y luego no había caído en qué se referían con aquello de “los papeles”. Seguía en la parra.

-Sí, sí... sólo que se me ha pasado.- Y me reí por quitarle importancia.
-Vamos a la pista- Magno me tomó de la mano y me llevó al rincón donde habían separado las mesitas para que la gente bailara. Ya no sonaba jazz, ahora el local se llenaba con las últimas canciones de Sinatra.

-Poppy, ¿verdad?- me preguntó. Yo asentí con la cabeza y sonreí un poco. -¿De dónde viene?-
Magno tenía el cabello claro, era larguilucho, guapete, barbilampiño y me cayó bien desde el primer momento en que lo ví.
-Bueno, todos tenemos nuestros motes. Mira al Sirio o a Rizo... o tú mismo.- le respondí divertida.
-Si, pero el mío o el de Rizo son fáciles de averigüar... ¿Pero Poppy?-
-Es un mote familiar- dije al fin- No es raro que me ponga colorada. Mi madre es americana. Poppy, amapola... de ahí viene.-
Magno se rió suavemente, me miró y se acercó. Miré al resto; seguían charlando animadamente en la barra y, de vez en cuando, Don Dionisio nos miraba a Magno y a mí con aire burlón. Miré el reloj de la pared; se acercaban la medianoche, y las hogueras esperaban.
-Magno, hay que irse. Son casi las doce- le dije, y él con aire contrariado, pero sin decir media palabra me tomó por la cintura y me acompañó a la barra a avisar a los otros. Mientras todos tomaban sus abrigos, yo me acerqué a la barra a por una servilleta de papel, tomé un bolígrafo de mi bolso, y con cuidado fui escribiendo cuatro cosas.

Salimos del bar al rato. No hacía frío y los coches pasaban por la Gran Vía alumbrando aquella noche madrileña de los años cincuenta. Fuimos caminando por el centro de la ciudad hasta que llegamos a la casa del Sirio. Se trataba de uno de esos palacetes del siglo pasado que aún pervivían en la capital. En los jardines habían organizado varias hogueras, y ya pululaban otros invitados de nuestro amigo a los que no conocíamos de nada. Más presentaciones.

Yo estaba un poco sola. No era malo tampoco, pero con tantas caras nuevas no estaba un mi ambiente. Nos sentamos en las sillas del jardín, al lado de una de las hogueras mientras tomábamos unas copas, y nos reíamos con las ocurrencias de Don Paolo. Tenía el pelo igual de rizado que Rizo, pero mucho más rebelde y algo más oscuro. Tenía algo.

Sin decir nada, me alejé del grupo y me acerqué a la hoguera más grande; algunos de los invitados del Sirio (y el propio Sirio) estaban saltándola. Yo me deshice de las sandalias, del bolso y de la chaqueta; saqué la servilleta de “Chicote” del bolso y tomé carrerilla. Salté alto, las llamas me hicieron cosquillas en los pies, y justo cuando estaba en medio del salto dejé caer la notita. Me deshice de la carga.

Después cogí una de las copas de Champagne que reposaban en las bandejas del porche y me fui al estanque de detrás del jardín a meditar. Y mientras sonreía a la noche, apareció el Sirio, el cual me preguntó como tantas otras veces:

-Se te ve preocupada, Poppy.-
-No.- Le dije. -Esta vez no.- Y me quedé sonriendo al humo de las hogueras y al verde del jardín.