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lunes, 23 de abril de 2012

El kilo de sardinas de rodin

Me senté en el muelle a mirar como descargaban los barcos. Aún no había salido el sol casi, y a mí no se me había ocurrido nada mejor que salir a la calle. A dar un "voltio". Y mientras los pescadores iban de acá para allá estuve entretenida... el problema fue cuando se metieron todos en la lonja a subastar. 

Ya lo había visto muchas veces, desde que era pequeña y mis padres nos llevában a Fadrique, a Miguel y a mí a ver el evento. Realmente era todo un espectáculo: peces espadas desangrándose en el suelo y mucha gente alrededor escuchando a otro que recitaba números a toda velocidad como si su vida dependiera de ello.

El caso es que mientras ellos se metieron en el edificio me quedé yo en el silencio del día y con el ruido ensordecedor de mis pensamientos. 

What was going wrong? I didn't know, but surely something was working the other way round... I wanted things I didn't have, and when I had them, suddently they became stuff I had no intention to keep anymore. Somehow they lost their charm... if they ever had it.
But was I actually doing it? Maybe it was just my impression... or maybe I got bored of them because they wouldn't pay me attention. Or perhaphs it was the fun I had while trying to obtain them what was important to me. Was I hurting anyone by doing it (If I was doing it)?

I had no idea... about anything. That used to be my main conclusion those days. I would only admit that I desperately needed to feel wanted, interesting... substantial. I didn't know how was I meant to get that, if it should be at a party, from some friendship, from a job... but I wanted it, and maybe I wouldn't play nice in order to obtain it.

Así que mientras mis pensamientos se iban volviendo más complejos y más oscuros decidí salir de esa calma que me dejaba pensar: entré en la lonja y me llevé un kilo de sardinas a casa, esperando que a éstas no les diera por darme conversa y alentar mis pensamientos en el camino de vuelta a casa.

lunes, 26 de marzo de 2012

Apasionadamente racional

¡Qué absurdo! Nada tiene mucho sentido estos días. Fadrique y yo nos reímos otra vez. Salimos a la terracita amarilla y nos ponemos a mirar abajo abajo a la gente caminando por la calle. Antes habríamos abierto la manguera de regar y les habríamos regado a todos. Pero hemos crecido, y ahora hacemos otro tipo de travesuras de hermanos. 

"Poppy, eres como una balanza. Pones la cabeza a un lado y el corazón al otro y se equilibran bastante bien." Yo me río, pero me doy cuenta de que es verdad. "Es agradable controlar la situación" le digo a mi hermano "saber que hay ganas de llorar, pero que no existe verdadera necesidad, y parar el carro antes de que se desborde la parte irracional que llevamos dentro. Es como si te agarraras a una rama sólida estando subido a la copa del magnolio en medio de un vendaval. Es... emocionantemente acogedor."

Ahora se ríe él. "Lo solucionarás, ya verás. Pero sigue con el balance, te hace bien." Me guiñó un ojo y se acercó a la manguera verde. "¡Espera! Voy a llamar a Michael. ¡¡Miiiiiiick!!". Y cuando salió el pequeño de los tres hermanos abrimos la manguera y, entre risas, regamos a los transeúntes.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Piove

Sale del gran edificio, lleva los cascos puestos y no oye nada. Nada. Llueve bastante. Una voz canta y mata el silencio, acompañada de guitarras desenfadas y de unas baquetas que no paran de moverse. No hace frío.

Se moja los pies en todos y cada uno de los charcos de la cuesta recién adoquinada. Con carácter. Pese al agua incómoda, él sonríe al anacrónico cielo gris primaveral, y sigue metido en el universo de los cascos. Chaf, chaf, chaf...

Llega a la bici, aparcada en una esquina al lado del césped; ahora una guitarra acústica y un saxo sustituyen a la banda y el chico mira a un lado y a otro antes de ponerse en movimiento. Le dan las gotitas de lluvia de pleno, como provocándolo, pero a él le resbalan sin más por la cara. Y continúa con la calma del cable.

Aparca la bici resguardada de la lluvia, dormirá allí hasta mañana.

lunes, 19 de marzo de 2012

Carreras de galgos

Era una mañana curiosamente cálida puesto que estábamos en marzo y aquí eso no suele ser así. Yo necesitaba chocolate y distracción, y el bueno de Roger me llevó a las carreras de galgos. "Poppy, te sentará bien, llevas toda la semana trabajando por encima de tus posibilidades; y ahora que tu salud ha mejorado, necesitas salir y tomar un poco el aire. Así que arréglate y vámonos a las pistas."

La verdad es que yo no tenía ganas de ir a ningún lado, y menos a ver correr a unos pobres perros detrás de un juguete mecánico. Pero Roger me conocía bien, y visto que en contadas ocasiones tenía razón decidí hacerle caso y así salimos los dos de la casa, él con su traje gris claro y su sombrero y yo con mi vestido rojo oscuro y mi pamela.

Ibamos dejando atrás las afueras de Londres en el automóvil; y mientras nos adentrábamos en la capital, yo iba pensando en mis tristezas varias. Desde el asiento del conductor, Roger me miraba refilón y sé que estaba preocupado, desde que caí enferma lo estuvo. Era muy bueno, este Roger, y yo le quería muchísimo.

Llegamos al estadio, allí estaban todos los caballeros con sus sombreros oscuros de copa, y el resto de señoras, contoneándose con sus vestidos de colores y sus tocados. Entonábamos bastante bien Roger y yo con la multitud, pero yo estaba muerta de miedo. La sociedad. Me agarré a su brazo como quien se agarra a un bote salvavidas en un naufragio, y fuimos los dos sorteando pimpollos hasta sentarnos en las gradas a ver la primera carrera. Ganó un tal "Naccio".

Había una docena de perros en el estadio; todos con sus cartelitos de colores y sus números. Según un par de gordas de nuestra izquierda, la carrera importante se disputaría entre dos canes: "Trencadis" y "Seto", el resto no tenían posibilidades, y al parecer todo el mundo había apostado grandes sumas para acertar quién se llevaría el premio aquella mañana. Me entró mucha curiosidad por ver a los dos galgos, así que dejé a Roger en la grada y bajé a pie de pista para verlos mejor. 

Los tenían al margen del resto de perros, sin participar en las carreras menores, esperando al gran encuentro del mediodía. Uno canela con el cartel azul, el otro de pelaje más oscuro y con el cartelito verde. Con sus respectivos cuidadores, cepillándolos con primor. Eran bien elegantes los dos.

Y en ese momento, sin previo aviso, me apeteció con locura apostar. Les eché un último vistazo y subí con determinación las escaleritas intentando no tropezarme con nadie en mi camino hacia la taquilla. Roger se levantó de su asiento y vino volando hacia mí, me alcanzó en la cola de la dichosa taquilla.
-¿Qué haces?
-Voy a apostar.- le dije
-¡¿Qué?! ¿Por qué? ¿Qué necesidad tienes tú de apostar? Hemos venido únicamente a pasar la mañana, Poppy, no digas tonterías.
-¡Qué no, Roger! Me apetece mucho, es... importante.
-Deje apostar a la señorita, caballero.- Dijo una voz a nuestra espalda.
Un hombre con un traje claro esperaba justo detrás de nosotros para realizar su apuesta.
-Por quíen va a apostar, señorita, quizá puedo aconsejarla.-
-"Trencadis", sé que no es algo muy patriota, sabiendo que no es inglés... pero tengo un presentimiento.-
-Bueno, sin duda, sabe lo que hace, pero de todas formas le digo que "Seto" va a ganar este torneo.- y luego le dijo a Roger- Déjela jugar, es un pasatiempo como otro cualquiera y no hará mal a nadie-
Roger se calló, pero me miró con esa cara de querer decir algo pero ser demasiado cortés para soltarlo en  público.

-Para "Trencadis"- le dije a la mujer que me atendió. Y antes de soltar el fajo de billetes eché un último vistazo a mi apuesta, la cual jugueteaba abajo en la pista.
-Mucha suerte, señorita- Me dijo el hombre de detrás cuando me dieron el boleto. Yo incliné la cabeza levemente y me marché con Roger a mi espalda.

Nos volvimos a sentar en las gradas, yo sujetaba el papelito como una posesa y mientras tanto preparaban a los galgos. Damas y caballeros, acomódense, la Gran Carrera del Mediodía va a comenzar. Decían por los altavoces. Con ustedes "Terry", "Box", "Naccio", "Hamlet", "Ribbert", "Jo", "Peck", "Angie", y por supuesto "Seeeeeto" y "Treeeencadiiis". Miré a Roger nerviosa, y le sonreí con culpabilidad. Era un juego, si perdía mi depresión no se vería muy afectada. Él me sonrió ligeramente, me rodeó con un brazo y con la mano que le quedaba libre tomo mi mano tensa, la que sujetaba el boleto.

Preparados, listos... ¡PUM! El disparo marcó el comienzo de la carrera y en seguida quedaron todos los galgos atrás... menos "Trencadis" y "Seto". Los hombres se levantaban de las gradas, las mujeres se abanicaban exaltadas y unos y otros miraban ansiosos por los binoculares que traían. Por los altavoces el comentarista seguía retransmitiendo quién le sacaba una cabeza a quién, pero yo ya no oía nada, y me limitaba a mirar a los dos galgos correr detrás del conejo de mentira. Esas dos figuritas, una clara y otra oscura, que corrían sin saber que el dinero de mucha gente dependía de ellos. A mí el dinero me daba igual, como decían algunos del vecindario "hay cosas que uno las hace porque tiene un feeling"

-¡¡Roger, hemos ganado, hemos ganado, hemos ganado!!- Grité cuando acabó la carrera. Le abracé con todas mis fuerzas y le dí el boleto. -Ya está, no necesito apostar nunca más.-
-Vamos a recoger el premio y nos marchamos- Me respondió él, sonriendo.

Y arriba, tras recoger la recompensa, le volvimos a ver, al señor de traje blanco. 
-Mi más sincera enhorabuena, señorita. Tiene usted buen ojo con los canes.-
-Gracias, pero ha sido mero azar-
-No, de veras que lo tiene. Mi perro ha ganado de una forma espléndida, y usted ha sabido verlo pese a lo que yo le he dicho.-
Me quedé perpleja y miré a Roger, quien estaba igual de perdido que yo.
-¿Usted es el dueño de "Trencadis"?- Le preguntó.
-Ciertamente- Se limitó a decir, y tras quitarse el sombrero y hacernos una leve reverencia se fue derecho a la salida del estadio seguido de unos cuantos periodistas que habían conseguido alcanzarlo.

-Espera, Roger, quiero hacer una cosa antes de que nos vayamos.-
Salí pitando hacia la pista, salté a duras penas la verja que separaba las gradas de la hierba y llegué justo para parar al cuidador de "Trencadis". "¡Espere!" Me acerqué al can y le acaricié el cuello "Buen chico, buen chico, lo has hecho bien... ya sabía yo que podía fiarme de tí". El perro pareció sonreirme orgulloso. "Eso era todo, perdone". Y dejé marcharse al cuidador con su animal, sintiéndome satisfecha.

Llegué hasta Roger, me ofreció el brazo, pero en vez de eso, le tomé de la mano con soltura. Y fuimos andando hasta el automovil, para volver a nuestro caserón.

lunes, 12 de marzo de 2012

Mischivieous twinckle in my eye

Darse una ducha fría, ponerse crema en la cara y hacer como que uno ha dormido perfectamente. Sonreír como si nada: no hay problemas, no hay preocupaciones y no hay miedos inminentes esperando a la vuelta de la esquina... disfrutemos de la banalidad por un segundo. No hace mal a nadie, y a veces es mejor que una aspirina.

Ponerse el bañador a más de 600km del mar, y sentir como el sol besa los hombros. Devolverle el beso con picardía. Y en las gafas de sol se reflejan los apuntes desperdigados por la mesa. Olvidarse un poco de todo lo demás. Una espalda recortada sobre un fondo rojizo de baldosín catalán.

Tener un mischivieous twinckle in my eye... y juguetear con la conversación. Subir a las terrazas a contemplar el pasado, a imaginar el futuro. Eso es lo que me gusta a mí. 

Cometer travesuras a plena luz del día y no tener remordimientos. Ser jóven, consciente de ello y disfrutarlo. Sin la pena de pensar que es efímero, sólo con la euforia de saber que puedo hacer lo que quiera. Lo que quiera. ¡Qué suerte la suya, por que mis metas sean nobles!

Mischivieous  shall I be, as long as no one suffers.


martes, 21 de febrero de 2012

Esperando

Poppy está apoyada en la pared de la casa, parece que está posando para alguna foto. Lleva esos pantalones largos tan pegaditos y un jersey, también largo, de lana que parece abrigado. Mira a algún punto en el infinito y sonríe un poquito. Pero no está posando, Poppy vive posando: en el metro, en el bus, caminando a casa, estudiando... Poppy posa. Posa desde que en el jardín de "trencadis" le decían que sonriera con los dientes mellados a la cámara de su abuela. 

Tiene puesto -además de la cazadora negra- el gorro gris de lana, tan desenfadado. Y las gafas de sol, porque no puede con la fotofobia que le da el sol mañanero, le dan un aspecto curioso, como si no fuera de aquí. Hoy es unos centímetros más alta que de costumbre... cuestión de zapatos.

Todo está en su sitio, hasta el mechón castaño oscuro que le invade la cara empujado por el viento. Y en la cartera de treinta años de edad lleva libros y papeles. Algún exito de algún roquero que esté a punto de extinguirse suena en los auriculares que lleva Poppy en los oídos. Y muy quieta, sigue ella posando en la esquina de la calle. En la foto se olería el perfume de Poppy, el de siempre, ese tan particular que cree estar empezando a segregar de forma natural...

Y justo cuando el objetivo se debería cerrar para pillar a Poppy parada por siempre, llega él. "Perdona, Poppy, que llego tarde". Poppy cambia su pose: sonríe, se separa de la pared y sube la calle acompañada.

viernes, 10 de febrero de 2012

Cal Hico, completo

Nos tumbamos los dos en la explanada de cerámica. Era ya de noche, y como estábamos lejos de la ciudad las estrellas se podían ver. ¡Qué imagen tan cursi! Poppy y Mr. Jersey, juntos viendo la noche. En fin, a mí me gustaba... y, por la cara que se te quedó para el resto de la noche, sé que a ti también. 

Olía a mar, y se levantaba esa brisa tontorrona que lo acatarra a uno en pleno verano. Te acercarse más a mí y se me pasó el frío... yo siempre con frío. Salieron cinco murciélagos del ciprés alto, y vimos las cinco siluetas negras recortadas contra el fondo morado del cielo; revolotearon divertidos por el jardín y se perdieron en el seto de madreselva.

Nunca me habías dicho nada. De tu boca nunca había salido una frase cautivadora. Los hay que utilizan las palabras para conquistar, pero tú sólo hablabas con los ojos y con los gestos. Y en ocasiones combinabas los dos. Había aprendido a leer tus acciones, y a descubrir qué querían decir en realidad cada uno de tus gestos.

Pero quizás fue el aroma a jazmín del jardín trasero, o tal vez la luna llena que iluminaba todos los lunares de mi cara, o el sonido del agua que bajaba por el caño al estanque del jardín... quizá fue sólo una de esas cosas, puede ser que no fuera ninguna o la combinación de todo, pero el caso es que te acercaste a mi oído y me susurraste:

-Poppy, te quiero mucho. Lo sabes ¿verdad?

lunes, 6 de febrero de 2012

De aquí para allá

"¡¡¡Aaaarrrgh!!!" Eso soy yo gritando por el pasillo de casa. Ese pasillo lleno de marcos blancos que se han ido multiplicando en los últimos años y que reflejan un poco nuestra identidad como familia. 
Ni un día. No han sido necesarias más de 24h para borrarme las ideas. Y por eso grito. Tenía la cabeza como cuando hago huevos pasados por agua y el cacharro empieza a hacer ruido y a avisar de que se va a poner toda la vitrocerámica perdida de agua... Vamos, que tenía muchas ideas sobre las que escribir.

"¡¡*@#x-+!! Podía haberme inventado una historia de dos amigas que van a tomar algo y hablan de la regla del 100%, podía haber contado algo tonto sobre no poder dormir o aventuras sin más: lejos o cerca de Madrid. Y en vez de eso... ¡¡me quedo en blanco!!"

Y eso también soy yo, quejándome en voz alta a las paredes. Voy arrastrando el puf rojo de mi cuarto al salón, pasando por el pasillo. Me siento. Me enfurruño. Saco la arruga esa que me sale en la frente, entre las cejas.

Y luego, sin previo aviso, paro. Relajo la cara y como si de un trastorno bipolar se tratara, sonrío. Se va de un extremo a otro en menos que canta un gallo. De la felicidad absoluta, a un "tierra trágame", pasando por "¡mato a alguien!" para acabar de nuevo en la felicidad esa tan cómoda y plena... y todo ello en tan solo un fin de semana. Yo creo que se me ha pasado el enfado porque me he acordado de porqué me he quedado sin ideas y ya no me importa tanto...

lunes, 30 de enero de 2012

UN PILAR DE PARMESANO- Acto III

Vuelve a ser el escenario del Acto I. Todos llevan zapatos de charol nuevamente. A la derecha están Don Pedro, Don Fernando y un tercer caballero. La famosa pareja está al fondo a la izquierda, al lado del gramófono (del que suena música de ambiente). Al fondo y en el centro, hay un mueble bar con un camarero muy elegante. Mr. Jersey aparece en escena por la izquierda, va vestido con una gabardina ocre y una bufanda oscura, deja las prendas en un perchero cerca de los tres caballeros de la derecha.

MR. JERSEY- Buenas, caballeros. Como ven, al final decidí venir.
DON PEDRO, DON FERNANDO Y EL TERCER CABALLERO- Bienvenido, bienvenido.
DON PEDRO- A Mr. Jersey. ¿Complicado el trayecto?
MR. JERSEY- No, sólo hubo una abuelita que no me dejaba pasar en el ascensor. Pero con el ruido de la maquinaria se ha apartado y no he tenido más problemas...
DON FERNANDO- A Don Pedro con mucho interés y sin prestar atención a Mr. Jersey. Y las otras, ¿Cuándo llegan? Dijiste que hablaste con ella, ¿Le contaste que volvía de ultramar?
DON PEDRO- Si, creo que algo mencioné al respecto. No tardarán en llegar, Feo. Descuida. Con satisfacción. Y esta vez está todo mucho más organizado: tengo cosas para enseñar y ¡¡no pienso intentar regalar nada!!

Suena el timbre de la puerta, Don Fernando corre a abrir. Aparecen dos chicas, que no son Doña Clotilde y Doña Flor. Apesadumbrado, Don Fernando les cierra la puerta en las narices.

DON FERNANDO- Pues no eran ellas, y yo no quiero más gente aquí, que esto ya está muy lleno. Mira con aire perdido al su alrededor y repara en el mueblebar y en su camarero. ¿Bebemos?
DON PEDRO- No es mala idea, así vamos creando ambiente. A Mr. Jersey ¿Ud. qué toma, señor...? 
MR. JERSEY- Mr. Jersey. Un gintonic, por favor.
DON PEDRO- ¡Ah! Pues como nuestro amigo aquí Don Alessandro. Aunque dice ser un alternativo.
DON ALESSANDRO (TERCER CABALLERO)- Anda Don Pedro, no se burle de mí, que lo profundo tiene muchas facetas y sabe convivir con lo cotidiano y lo vulgar. Tomaré un gintonic también.
Marcha Don Pedro a por las bebidas. Dejando a los tres caballeros en un silencio incómodo. 

MR. JERSEY- ¿Y ustedes vienen mucho a estas fiestas?
DON FERNANDO- Soy un habitual,aunque hacía tiempo que no podía asistir por mis viajes de ultramar. Don Alessandro no es tan forofo, sólo desde que volvió de Italia de visitar a su "nonna".
DON ALESSANDRO- ¿Y ud. cómo es que está aquí?
MR. JERSEY- Ya ven, cosas del momento. Estaba con mi prometida cuando apareció Don Pedro y me invitó.

Vuelve Don Pedro acompañado del camarero que lleva las copas. Cada uno coge una para inmediatamente asentir, sonreír e intercambiárselas. Justo en ese instante vuelven a llamar a la puerta. Don Fernando se apresura de nuevo. Son Doña Flor y Doña Clotilde.

DOÑA FLOR- ¡Don Fernando! Con auténtico asombro ¿Qué hace usted aquí? A Doña Clotilde, que está petrificada mirando a Don Fernando. Mira Cloti, ¡es Feo!
DOÑA CLOTILDE- Vaya, qué sorpresa... Don Fernando la besa en la mano.
DON FERNANDO- ¡Qué placer volver a verla, Cloti!. Como en los viejos tiempos, ¿verdad?
DOÑA CLOTILDE- Confusa. Claro, como en los viejos tiempos.
Se acerca Mr. Jersey a las dos recién llegadas, saluda cortésmente a Doña Flor, y ante el asombro de Don Fernando, besa a Doña Clotilde en los labios.

MR. JERSEY- Hola darling, ¿Todo bien?
DOÑA CLOTILDE- Recomponiéndose del shock. Si, claro. Ha sido difícil encontrar los zapatos de charol... ¡hacía tiempo que no los usaba!
DOÑA FLOR- A Don Fernando. ¿Está por aquí Don Pedro? Tengo que saludarle, y comprobar que todo esté en orden esta vez.
DON FERNANDO- Todavía mirando a Doña Clotilde y a Mr. Jersey. Claro, sígame Doña Flor, que la llevo con él.
DOÑA FLOR- Encantada. ¡Ay, qué bien! Pero tutéame anda, Feo.
MR. JERSEY- Cayendo en la cuenta. ¿Feo? ¿Es usted...? Mira a Doña Clotilde, que sonríe forzadamente y calla su discurso artificialmente. Acabo de olvidar lo que iba a decir.

Van Don Fernando y Doña Flor hasta donde están los otros dos caballeros. Quedan Mr. Jersey y Doña Clotilde al lado del mueblebar charlando y tomados de las manos.

DON PEDRO- ¡Doña Flor! Es fantástico verla. Ve que esta vez he preparado todo con primor ¡eh!
DOÑA FLOR- Ríe. No lo dudaba, para nada lo dudaba. Pero quiero inspeccionar el resto de la casa, seguro que se ha olvidado de atar con lazos rojos los espejos...
DON PEDRO- Con aire misterioso. Ahh... ya verá, acompáñeme que se va a llevar una grata sorpresa.
Hacen mutis

DON ALESSANDRO- ¿Y estas quiénes son? Porque parece que aquí todos se conocen de otras veces menos yo...
DON FERNANDO- Le pondré en situación: Don Pedro y Doña Clotilde Señala con la cabeza a Doña Clotilde que sigue hablando con Mr. Jersey son primos lejanos, y Doña Flor -esta señorita que se acaba de ir con Don Pedro- es íntima amiga de Doña Clotilde. Coincidimos hace un tiempo los cuatro en una fiesta, y Don Pedro lleva desde entonces organizando fiestas para ver a Doña Flor, de la que sigue completamente enamorado.
DON ALESSANDRO- ¿Y ud. qué pinta en todo esto?
DON FERNANDO- Yo... Con aire entristecido yo no pinto nada en todo esto. Soy el mejor amigo de Don Pedro... y Doña Clotilde una vez me quiso, o eso creo yo.
DON ALESSANDRO-¡Pero ahora está con el caballero ese! ¿Le duele el asunto este? ¿Cambiamos de tema?
DON FERNANDO- No tanto como me duele lo complicada que es la estructura del diente de león. Estoy trabajando en ello desde hace un tiempo.

Poco a poco, Doña Clotilde se ha ido acercando a los dos caballeros y ha dejado a Mr. Jersey en el mueblebar bebiendo su copa.
DOÑA CLOTILDE- A Don Alessandro. Buenas, creo que no hemos sido presentado.
DON ALESSANDRO- Discúlpeme. Alessandro DiParma, amigo de Don Pedro, llegado desde Roma en un avión esta mañana.
DOÑA CLOTILDE- ¡Oh, qué bien! Me encanta Italia ¿le está gustando la fiesta? Las ha habido mejores, créame. Mirando a Don Fernando.
DON ALESSANDRO- No está nada mal, si señor. Pero en Italia nos gusta añadirle parmesano. Si me disculpan, voy a preguntarle al amable camarero si tiene parmesano. Marcha al fondo.

Se miran Don Fernando y Doña Clotilde, y sonríen apenados.
DOÑA CLOTILDE- ¿Qué pasó, Feo? ¿Por qué no respondiste a los recados que dejé en la centralita?
DON FERNANDO- Verás Cloti, marché a ultramar. Era invierno, hacía frío... Pero te he echado de menos. Mucho. Mirando a Mr. Jersery ¿Cuándo os casais?
DOÑA CLOTILDE- Queda mucho, seis meses. Pero sólo tenemos el pastel.
DON FERNANDO- No te cases, Clo. Es como atarse a un poste y caminar así por la calle. ¡Quédate conmigo! Ya sabes que no te aburrirás.
DOÑA CLOTILDE- Feo, ya te esperé mucho. Doña Flor me echaba la bronca por seguir telefoneándote todos los días. Y me da pena, porque ya sabes que a mí me gustan todas las historias... y la nuestra fue muy bonita. Si al menos hubieras respondido algo...
DON FERNANDO- ¡Pero es que en ultramar no tienen teléfonos! No podía contactar contigo... Piénsalo bien, yo seré tu diversión. Me quieres, y lo sabes; desde el día en que bebimos juntos y te conté mi secreto. Pero ahora prefieres la comodidad del señorito ese...
DOÑA CLOTILDE- No es verdad... bueno, cierto que te eché de menos, y te quise. Pero ya no quiero eso, ya no quiero bohemios, lo sabe bien Doña Flor, pregúntaselo. Tú has sido... has sido "mi Feo". Pero ha llegado el momento de avanzar y de cosechar ruedas dentadas... Lo siento, de verdad.

Mr. Jersey está dado la vuelta mirando al mueblebar y charlando animadamente con Don Alessandro, y Doña Clotilde aprovecha para darle un beso de despedida a Don Fernando. Se miran y sonríen con complicidad.

DON FERNANDO- Llámame cuando te aburras y quieras beber algo distinto.
Vuelve Doña Clotilde con Mr. Jersey y Don Alessandro con Don Fernando.

DON ALESSANDRO- He visto que hablaban mucho. ¿Cómo ha ido? Le veo relajado.
DON FERNANDO- Mirando a Doña Clotilde. Ella me ha olvidado, sé que yo también lo conseguiré... pero no tengo una tarta delante para hacerlo felizmente.
DON ALESSANDRO- Ah... le donne, son tan complicadas. En Italia se rizan las pestañas y no podemos vivir sin ellas. Ya te presentaré algunas.
DON FERNANDO-Ah, pues eso es interesante... Sonríe dejando de mirar a Doña Clotilde. Esta fiesta está un poco apagada, le dejaré una nota a Don Pedro y así podremos irnos a buscar complicaciones a otro lado, ¿Le parece?
DON ALESSANDRO- ¡Por supuesto! Gran idea...
Saca Don Fernando un papel y un bolígrafo de su americana y se dispone a escribir una nota. 

Aparecen Don Pedro y Doña Flor por la derecha riendo sin parar.

DOÑA FLOR- ¡Claro que sí! ¡¡Claro que si!! ¡Cloti, Cloti, te dije que lo haría! Ya somos dos, digo cuatro que nos casamos!
DON FERNANDO-A Don Alessandro. A ver si con esto deja de ser una borde.
Doña Clotilde y Mr.Jersey les dan la enhorabuena con mucho entusiasmo. Las dos chicas se abrazan.
DON PEDRO- ¡Conseguido, Feo, conseguido! En cuatro meses me verás atado a un poste, como dices tú.
Don Fernando le da un fuerte abrazo y al despegarse pone cara de asombro.
DON FERNANDO- ¡Espera un momento! ¡Esto quiere decir más fiesta! ¡Habrá que celebrar tu despedida de soltero! Y será por todo lo alto... El señor Parmesano y yo lo organizaremos. ¡Y todos iremos con zapatos de charol!


lunes, 16 de enero de 2012

Encéfalograma plano

Estamos en el café de abajo. Antonio y yo. Y me río a carcajada limpia de él. Ni se inmuta, el tío. Lleva desde que nos trajeron los cortados (el suyo ha quedado frío y olvidado encima de la mesa) mirando al tendido como idiotizado. Es como si su cerebro sólo estuviera pensando en algún sonido constante, monótono: beeeeeeeeeee... beeeeeeeeeee...

-Te está afectando ¿eh?- Le digo riéndome.
Lentamente me mira con aire perdido, con dificultad enfoca mi cara y responde:
-¡Qué va! ¿Yo? ¡Para nada!-
-Bueno, vale. Pero tu café se enfría...-

Antonio coge la taza con las manos y le da un sorbo, se ha dado cuenta de que está ya frío, pero como ve que le estoy mirando, se hace el sueco y no dice nada al respecto.

-¿Y cómo es? ¿guapa? ¿maja?- le pregunto para ver si le sonsaco algo.
-Es...- otra vez está como alelao; pero se sobrepone y le sale una sonrisa pícara- genial. Además, ¡si tú ya la conoces! ¿Por qué me preguntas esto?-
-Ya, bueno, pero no sé a ti qué te parece... quería tu opinión. Nada más.-

Creo que se ha sentido un poco culpable con su contestación cortante, por lo que me da más detalles.

-No sé, Poppy, es fantástica, lista, guapa... pero no puedo ir diciendo estas cosas por ahí, que luego parezco idiota.-
-Va, va... es sólo que a lo mejor deberías soltar en algún momento todo esto, porque creo que de guardártelo ahí dentro ¡te estás quedando atontado!- y me vuelvo a reír.
-Mira que eres mala... ¡Si no se nota nada!-
-Yo sólo te repito lo del café, y ni se te ocurra negarme que en la uni no estás así también... ¡Qué me lo ha contado Julio!-

Me mira y se ríe. Sacamos las carteras para pagar el desayuno y salimos a la parte de atrás del campus.
-Bueno Antonio, yo me voy a casa. Ánimo con la última clase, y estáte atento, que me me tendrás que contar qué dice Jacobs.-
-Que sí, que sí...-

Subo la calle a coger el autobús. Y en la parada suena el teléfono:
-¿Sí?-
-Se me olvidaba, quita tú también la cara de embobada en tu trayecto del bus... ¡Qué me lo ha dicho Julio!


sábado, 7 de enero de 2012

Casa callada

El mismo lugar que un día significó mi hogar, mi cárcel, cuyas paredes también me dieron calor y sombra...
Hoy está vacía. Silenciosa. Sola. No importa a qué volumen ponga la música o cuántas lámparas encienda: está callada y oscura. Quieta, parada.

El pasillo largo largo parece la entrada a una caverna; el salón, unusualmente ordenado, da la sensación de que el lugar ha permanecido así desde siempre...

Sería divertido teneros aquí de vuelta. Charlaríamos y nos contaríais todo. La convivencia volvería a ser mucho más fácil, y el teléfono dejaría de sonar cada dos por tres. 

No tendría que hacer malabares para arreglar encuentros y horas de estudio.

En cambio estoy aquí, en mi casa callada, con las luces encendidas, y las música a todo volumen. Conversando con la soledad, pasando el rato.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Confesiones

Me senté con Fadrique al borde de la balsa y se lo confesé todo. Ya no hacía ese calor de verano tan agradable, ahora el cielo estaba gris; gris como las palomas, un gris sucio. Llevábamos los dos sendos abrigos marrones y las bufandas rojizas que tejió Vicenta para nosotros, los mayores. Y él con su mano protectora jugaba con el agua verde y con las carpas curiosas que se le acercaban de entre las algas.

Le conté a Fadrique cómo habían sido las cosas: cómo había empezado todo una tarde tonta y fría y una noche lluviosa, cómo habían ido cada una a su ritmo -muy rápida y muy lenta- y cómo habían llegado al punto actual.

Se lo conté todo muy seria, con ese semblante que se me pone cuando algo me ronda la cabeza un tiempo y él me arropó con el brazo y me dijo que no me agobiara. Un pato llegó en ese momento a la balsa y sin pensárselo dos veces se zambulló por completo.

-Escríbelo- me dijo. -Escríbelo todo. Todo lo que me has contado a mí, cuéntaselo al papel, y cuando hayas acabado, léelo y piensa bien todo lo que ha pasado.-

Así pues entré en casa, le pedí prestado a César una de sus hojas amarillas de cuaderno y me puse a escribir: hablé del pasado y del presente, de cómo cómpetían y se complementaban... y vomité todo lo que tenía guardado. Sirvió para reflexionar. Intenté pensar en el punto de inflexión, ¿Cuándo se había desequilibrado la balanza? ¿Quién había tomado la decisión? ¿La cabeza o el estómago?

Y me dí cuenta de que no tenía dudas. Una de las opciones había muerto; muerto como cuando se muere un libro al llegar a la última página. No había sido el tiempo, ni los kilómetros, ni nada... se apagó cómo cuando una bombilla se funde. Fue como uno de esos fines de semana que nos llevában a los cinco a esquiar: volvíamos a casa cansados, tras dos días muy intensos... pero habían sido dos días al fin y al cabo.

Parecía que el recuerdo del pasado destruía el presente. Esa fue mi conclusión. Y a la mañana volví a hablar con Fadrique junto a la balsa. Esta vez llovíznaba, pero al igual que el día anterior, las moreras seguían sin hojas.

-Eso es- Me dijo- ¿Ves cómo mi consejo funcionó?- Miré a mi hermano sin comprender muy bien, pero esperé a que prosiguiera -Ya lo tienes escrito, déjalo marcharse de tu cabeza. Es momento de que mires y veas lo que está pasando. Pero cuida tu recuerdo y ponlo a salvo en una vitrina de la memoria, no hay porqué tirar el bagaje que llevamos. Es cómo los álbumes de fotos de Vicenta, no se puede vivir en ellos, pero nos enriquecen.-

Mi hermano me sonrió con dulzura y volvió a entrar en casa con aire desenfadado. Yo miré mis apuntes perpleja. Y entonces entendí qué tenía que hacer: los releí con la ternura del recuerdo, y tras hacer un barco de papel con todo el primor que pude, con la determinación del momento puse el barquichuello en la balsa y lo dejé hundirse mientras la tinta campaba a sus anchas por el papel y los restos quedaban para siempre en el fondo de mi estanque.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Otoño en mi Madrid favorito

En mi Madrid favorito llueve. Son días grises y parecen tristones, pero no lo son. Malasaña vestida de hojas marrones y ocres. Chamberí hace de túnel de viento, y bajo los andamios esperan los minutos enamorados.

Atrás queda el inconcluso verano.

Bares y cafés alternativos, bohemios, "indies" -que dicen ahora- escondidos en las esquinas de cualquier calle de Malasaña y en las plazoletas nos ofrecen cerveza ilegal. Chupitos de noche y estrellas escondidas, un frío mojado se cuela por los abrigos... pero que tampoco importa.

Por mi Madrid favorito paseo, vivo, siento. Historia que se desprende de las paredes, como se desprende el barro de los ladrillos de las fachadas cuando hay humedad. Y en un semáforo, una boca de metro, una esquina cualquiera nos paramos.

La calle Fuencarral, con sus tiendas, con la gente que pasea... Los gafapastas embutidos en abrigos modernos y gorros curiosos. Paseé por callejuelas escuchando mi propia banda sonora, y llegué a los destinos puntual. Cambio de costumbres.

Mi Madrid favorito sigue ahí, los afortunados tienen fiesta de vez en cuando y yo la echo de menos. Pero tampoco me importaría ver Madrid desde las afueras. Ver la vista de las cuatro torres, de las quío, de la masa de edificios desde un soto.

Adorado art decó... de mi Madrid favorito.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Warning

"Decidiendo entre sólo soltar una mirada de aviso, con la que no haga falta decir nada más o ir a la yugular directamente."

miércoles, 12 de octubre de 2011

Cada oveja con su pareja...

         an instant, a place...  

...a club, a roof...
     ...winter

                              ...summer or autumn.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Y el teléfono no suena.

Chopín se muere por el patio de mi casa, Albéniz parece escupir piedras cuando grita "¡Asturias!" a pleno pulmón hasta que se le desgarra la garganta por los siete pisos. Bethoveen se ha marchado hace ya un rato y Debussy está asomado a la ventana intentando ver la luna grande y blanca que pasa por un trozo de cielo a las 2 de la mañana.

No puedo dormir.

Son redobles de "re" en los oídos, son charcos y reflejos, melodías de otros tiempos que hacen que el presente sea más vívido... que la idea sea fija. Nocturno. Se para el tiempo y la puerta a lo etéreo se abre. Lo etéreo está vacío, lo intangible es lo presente, el insomnio es la realidad y el sueño no existe.

Me voy con ellos a la ventana. Charlemos.
"Por qué no suena?" Les pregunto.
"Ya sonará" Dice Debussy.
"Está en ello, no te preocupes" Consuela Chopin.
"Haz como yo" Anima Albéniz.
Grito "¡¡Asturias!!" yo también; muero por el patio; y con las manos, toco la luna grande y blanca. Un claro, un vals, una raíz flamenca...

No puedo dormir, porque el teléfono no suena.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pinturas

  Hay dos rayas blancas que van desde ambos lados de la nariz y atraviesan los pómulos hasta el final de las cejas. Como si fueran astas, tienen -cada una de las dos rayas blancas- dos bifurcaciones del mismo color. La franja de piel correspondiente a los párpados y al puente de la nariz es azul; y los párpados inferiores y la parte superior de los pómulos, hasta las rayas blancas de las que se hablaba al comienzo, son verdes. Encima de las cejas hay otra raya blanca, y así parece que lleva puesto un antifaz de colores sobre la piel.

Ayer llevó también rojo. Sangre, óxido, lava, boca, fuego... Tan rojo como el palpitar de una herida, como la boca pastosa

tras un momento decisivo. Toda la barbilla era roja.


En el cuello tenía cuatro rayas: dos blancas, una azul y otra roja. Iban por parejas, así se agrupaban una roja y una blanca

(a la izquiera) una azul y otra blanca (a la derecha). Una balanza. Una balanza.


Y en el tobillo izquierdo, una pulsera de pintura azul ató el otoño recién llegado con el verano lejano.


Quién sabe, quizás la próxima vez los únicos colores sean el verde y el negro, y un duro caparazón marino con

hexágonos cubra la piel sensible.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Cenas, como en Madrid

  Tengo muchas ganas de que nos vayamos tú y yo de camping por ahí, a lo cutre. Aunque no será tan cutre porque todo el mundo sabe que los campings de Europa están mucho mejor cuidados que los de aquí. La lista de cosas para hacer es larga, pero apetece todo:

Tengo ganas de que hagamos vivac en la Selva Negra, de que crucemos los puentes de Venecia y de que visitemos juntos Villa Rotonda. Cada uno con sus inquietudes, pero se comparten: el centro de Amsterdam, Vicenza y la catedral de Albi.

Tengo ganas de viajar contigo en avión, de que carguemos con unos cuantos bultos y que llevemos la etiqueta de "turistas" en la frente. Tú mandas en Berlín, pero yo te llevo por Montpellier. También quiero tomar cerveza en una calle empedrada al norte de aquí; quiero que veamos puestas de sol que dejan noqueado al insensible más bruto; quiero pasear, callejear, recorrer avenidas, parques y museos... juntos.

Habremos alquilado unas bicis para ir por Amsterdam, y también por Florencia, y saldrás en mis acuarelas de las tardes de Venecia. Traeremos la maleta llena de carretes usados para revelar, y habré escrito un cuaderno de viaje que contará cómo te tiró aquel señor francés el helado por la cabeza.

Llevaremos gafas de sol, y los trayectos en tren se nos harán cortos. Y nos haremos los locos extranjeros que no se enteran de nada para reírnos un rato. Y por hacer las tonterías a nuestra manera brindaremos con Gintonic en las góndolas.

"¡Levántate ya, que el vuelo sale en tres horas, y a Barajas no se llega en 10 minutos!" No me gusta madrugar, pero sabiendo que el viaje incluye pizzas para cenar sentados en el granito claro de las plazuelas (como aquellas cenas que nos tomamos en Madrid) me levanto.