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viernes, 30 de enero de 2015

Perfect Day

Lleva cinco, diez, quince... minutos sentada en la mesa de la entrada. Creo que está intentando escribir algo. No sabría decir bien el qué, pero parece que le importa, porque no para de mirar a todos lados y a rascarse la nariz -como cuando está nerviosa en una conversación-.

No, no avanza. Porque cruza y descruza las piernas, apoya la barbilla en su mano derecha y tamborilea los dedos de la izquierda en la mesa. Pero no escribe. De vez en cuando sonríe un poco como si hubiera encontrado por dónde comenzar... pero creo que tampoco es eso, porque ni toca el teclado.

Ha puesto un disco de Lou Reed, se acerca al teclado mientras mueve la cabeza al ritmo de la canción, y en el último momento se da cuenta de que no puede escribir. Hoy no. Y como piensa que está sola en la habitación dice en voz alta:

-No se escribe sobre un día perfecto. Se va a buscar otro.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hogueras

Aquella noche fuimos muchos, aunque no éramos los de siempre. Estaban don Dionisio,  el Sirio y Rizo, a los que conocía de toda la vida; pero también vinieron don Paolo, doña Agnes y Magno, completos extraños hasta el momento.

Llegamos don Dionisio y yo en un taxi a “Chicote”, y durante todo el trayecto hablamos mucho, como hacía tiempo que no hablábamos:
-Son divertidos, te gustarán- me dijo.
-Oh, no lo dudo-
-Además, tu padre se pondrá muy contento.-dijo con aire malicioso- Te presentaré a alguno que quizá te interese- me dijo riendo.
-Ya...- me reí también, al tiempo que desviaba la mirada hacia las casas que se veían pasar una tras otra a través de la ventanilla del taxi.
Desde que acabé el bachiller, mi padre había estado instigándome para que buscara un marido. Pero yo no quería casarme, yo quería encontrar al amor de mi vida y marcharme con él a vivir aventuras.
-Te veo triste- dijo Don Dionisio cambiando de tema. Y entonces le conté cómo había sido de complicado el año, cómo llevaba tanto tiempo dando tumbos y perdiendo el norte, y cómo necesitaba dejar de ir a ciegas y retomar las riendas de mi vida. De volver a creer en mi persona.

-He estado... en la parra. Desde que salí del Lope de Vega todo ha sido muy rápido, muy distinto.-
-Poppy, ha sido así para todos.- Me tomó la mano y me dio un fuerte apretón, de esos tan cariñosos que me daba él. Tampoco hubo que decir mucho más. Sonreí mientras me ayudó a salir del taxi, porque me dí cuenta de que era el fin del principio, el cambio de rumbo. Aquella noche no iba a volver a mis tiempos de colegio: iba a avanzar de una vez por todas, y no serían necesarias más charlas de análisis en las que se magnificaran problemas de cualquier tipo.

Ya en “Chicote”, entre las notas de jazz que sacaban los músicos del fondo, nos presentaron a todos. Don Dionisio era nuestro amigo común.

-¿Habéis traído los papeles?- Dijo Rizo apoyado en la barra mientras se mesaba la barbita rubia.
-¿Qué papeles?- Le pregunté yo extrañada. Pero Magno se acercó a mí y, en bajito, respondió:
-En San Juan es tradición. Se escribe en un papel aquello de lo que te quieres librar, y lo quemas en la hoguera. ¿No sabías?-

Yo me puse colorada, claro que sabía que se hacía eso en San Juan... ¿En qué estaba pensando? Primero se me había olvidado por completo escribir el papel, y luego no había caído en qué se referían con aquello de “los papeles”. Seguía en la parra.

-Sí, sí... sólo que se me ha pasado.- Y me reí por quitarle importancia.
-Vamos a la pista- Magno me tomó de la mano y me llevó al rincón donde habían separado las mesitas para que la gente bailara. Ya no sonaba jazz, ahora el local se llenaba con las últimas canciones de Sinatra.

-Poppy, ¿verdad?- me preguntó. Yo asentí con la cabeza y sonreí un poco. -¿De dónde viene?-
Magno tenía el cabello claro, era larguilucho, guapete, barbilampiño y me cayó bien desde el primer momento en que lo ví.
-Bueno, todos tenemos nuestros motes. Mira al Sirio o a Rizo... o tú mismo.- le respondí divertida.
-Si, pero el mío o el de Rizo son fáciles de averigüar... ¿Pero Poppy?-
-Es un mote familiar- dije al fin- No es raro que me ponga colorada. Mi madre es americana. Poppy, amapola... de ahí viene.-
Magno se rió suavemente, me miró y se acercó. Miré al resto; seguían charlando animadamente en la barra y, de vez en cuando, Don Dionisio nos miraba a Magno y a mí con aire burlón. Miré el reloj de la pared; se acercaban la medianoche, y las hogueras esperaban.
-Magno, hay que irse. Son casi las doce- le dije, y él con aire contrariado, pero sin decir media palabra me tomó por la cintura y me acompañó a la barra a avisar a los otros. Mientras todos tomaban sus abrigos, yo me acerqué a la barra a por una servilleta de papel, tomé un bolígrafo de mi bolso, y con cuidado fui escribiendo cuatro cosas.

Salimos del bar al rato. No hacía frío y los coches pasaban por la Gran Vía alumbrando aquella noche madrileña de los años cincuenta. Fuimos caminando por el centro de la ciudad hasta que llegamos a la casa del Sirio. Se trataba de uno de esos palacetes del siglo pasado que aún pervivían en la capital. En los jardines habían organizado varias hogueras, y ya pululaban otros invitados de nuestro amigo a los que no conocíamos de nada. Más presentaciones.

Yo estaba un poco sola. No era malo tampoco, pero con tantas caras nuevas no estaba un mi ambiente. Nos sentamos en las sillas del jardín, al lado de una de las hogueras mientras tomábamos unas copas, y nos reíamos con las ocurrencias de Don Paolo. Tenía el pelo igual de rizado que Rizo, pero mucho más rebelde y algo más oscuro. Tenía algo.

Sin decir nada, me alejé del grupo y me acerqué a la hoguera más grande; algunos de los invitados del Sirio (y el propio Sirio) estaban saltándola. Yo me deshice de las sandalias, del bolso y de la chaqueta; saqué la servilleta de “Chicote” del bolso y tomé carrerilla. Salté alto, las llamas me hicieron cosquillas en los pies, y justo cuando estaba en medio del salto dejé caer la notita. Me deshice de la carga.

Después cogí una de las copas de Champagne que reposaban en las bandejas del porche y me fui al estanque de detrás del jardín a meditar. Y mientras sonreía a la noche, apareció el Sirio, el cual me preguntó como tantas otras veces:

-Se te ve preocupada, Poppy.-
-No.- Le dije. -Esta vez no.- Y me quedé sonriendo al humo de las hogueras y al verde del jardín.

miércoles, 25 de abril de 2012

Dejamos de querernos

-No sé, tampoco importa mucho, ¿no?
-Ya, pero Poppy, tampoco decir "dejaron de quererse" es algo muy explicativo.-
Ella le dio otra calada al cigarro con elegancia y le miró con desgana.
-Esas cosas pasan, lo sabes, ¿verdad?-
-Si, ya lo sé...- de repente la miró extrañado -¿Y desde cuándo fumas tú? Antes no lo hacías.-
- Eso era antes, ya lo has dicho tú. -pero como quedó un poco borde añadió -No sé... después del rodaje empecé. No recuerdo bien el día.-
Ni siquiera intentó hacer memoria, en realidad no era necesaria. Ese tipo de cosas sólo empezaban por una razón: algún chico. Éste o aquel, daba igual, pero siempre era algún chico. Así que recordar porqué había empezado a fumar sería recordar algo doloroso, o al menos, incómodo... 
-Llegará el día en que te arrepientas y que lo intentes dejar.- Siguió Roger.
-Pero ese día aún no ha llegado-
Roger calló un rato corto. La miró con disimulo intentando ver qué iba mal.
-¿Estás bien?- Le preguntó al fin.
-¿Me ves mal?- Respondió ella.
Pero, al menos físicamente, nada iba mal. La verdad es que estaba guapísima. Como siempre. Sólo que no tenía ese encanto ligado a su buen humor. Estaba "grismente atractiva" en el sentido de que su enfado para con el mundo conseguía que tuviera una belleza sobrecogedora. Muy seria. Roger no sabía si le gustaba este cambio. Probablemente no. Prefería a la Poppy que se reía como una descosida tras sus gorros y sus pañuelos. Era como un sol. Y ahora parecía más bien un nubarrón gris, elegante pero turbador.
-Vamos, que tengo mal aspecto... encima eso.-dijo ella al ver que Roger no respondía. Y mientras sujetaba el cigarro en los labios revolvió su bolsa en busca de maquillaje.
-No, no, que no es eso... estaba pensando. Estás bien, como siempre. Pero estás... ¿peleada con la vida?-
Se puso las gafas de sol y con el semblante más serio que en el funeral de Vicenta le dijo a Roger:
-Digamos que como esa pareja, hemos dejado de querernos-

miércoles, 18 de abril de 2012

Otro banquero

¡Pues no! ¡Os digo que no seré otra banquera más! Claro, que uno puede llegar a corromperse por el camino... pero esa no es mi idea. ¿No se puede creer en la integridad de la persona? Parece que ni en el ámbito amoroso nadie cree en lo duradero... y no hablemos de ideales, visto lo visto.

Me apetece ver una catedral (me sirve la de Burgos, aunque ahora que lo pienso no tiene que ser una catedral... arquitectura, lo que sea que despierte los sentidos. Hay mucha gente no parece tener la capacidad de apreciar el arte de esa forma). También podría ser algo de Goya, pasando a la pintura. Y que duela la belleza: sufrir el mal de Stenhal mientras miro al "Pelele" o al retrato de Jovellanos...  ¡Pobrecillo! Él sí que tiene pinta de estar pensando en cómo narices solucionar las cosas. Ellos estaban tan mal como nosotros, pero hace muchos años.

El caso es que no, yo no me metí en estas carreras para ser una niña de papá. Tampoco fue porque no sabía qué hacer con mi vida, y reconozco que me apetece ponerme un puño americano y estampárselo en la cara a todo el que me diga todo esto (y otras cosas). A mí me gustaban los mercados, me fascinaba su funcionamiento, y mi mayor aspiración era conocerlos a fondo... para cambiarlos.

Si, un pensamiento muy naive, inocentón. ¿Pero qué le vamos a hacer? Quiero pensar que no acabaré en alguna sucursal de alguna empresa capitalista agresiva... (Nótese que digo "acabar", es decir, para cambiar la situación actual es preciso conocerla, y por lo tanto me permito la licencia de confraternizar con el enemigo... por un tiempo)

En fin, sería agradable acabar siendo divulgadora económica... alguna eminencia que supiera cómo solucionar los males de la economía global y que hallara la clave para eliminar los desequilibrios mundiales (entre individuos y a lo largo del tiempo)... sí, sí, sí, sería muy bonito y claramente gratificante. Pero creo que me conformo con encaminarme hacia esa utopía y mientras tanto, hacer de mi "micro-cosmos" particular un sitio mejor.

martes, 7 de febrero de 2012

Insomnio

Dormías tranquila, y veía tu silueta subir y bajar al ritmo de tu respiración. Un poco de luz nocturna se colaba por los estores de la ventana e iluminaba suavemente tu pelo rubio ceniza. Yo, en cambio, estaba totalmente desvelado y no sabía ya qué hacer para conseguirme dormir. No quería moverme por miedo a despertarte, pero eran las tres de la mañana y quería dejar de ver pasar las horas en el reloj luminoso de la mesilla.


Lo había intentado todo: contar ovejas, dejar la mente en blanco, idear crucigramas... nada servía. Con todo el sigilo que pude fui a la cocina a por agua; colgado en el pomo de la puerta del cuarto estaba tu gorro marrón, qué guapa estabas con él puesto... ¿Y yo por qué no me dormía? Pensaba mientras bebía el vaso de agua. Tampoco es que tuviera problemas ni agobios particularmente preocupantes...


Dejé el vaso en la pila y volví a la cama. Mi sitio se había enfriado durante mi ausencia. No estabas tan dormida como yo creía, porque  me preguntaste desde tu lado de la cama "¿No te duermes?". "Ya ves, insomnio. ¿Y tú qué haces despierta?" Te reíste en un susurro y me respondiste a la par que me abrazabas por la espalda "Lo mismo que tú, tonto, no puedo dormir."


Lo siguiente que recuerdo fue despertarme a la mañana siguiente.

lunes, 30 de enero de 2012

Tan cerca

Como aquel marzo lluvioso en que escribí sobre el verano, ahora os veo saltando en una playa catalana. No dormimos y almorzamos a horas disparatadas. Sonreís todo el tiempo y parece que serán mil días así.

Os veo deambular por la era, bajar por las Ramblas y desaparecer tras el Stroika... os veo tan cerca como si estuvierais ahora mismo en mi salón. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando parecía que había llegado el fin del mundo y que después de todo lo vivido no habría nada más.

En ocasiones echo de menos esos días. Supongo que es ese aura de romanticismo que rodea todo lo pasado. ¿Repetimos?

sábado, 7 de enero de 2012

Casa callada

El mismo lugar que un día significó mi hogar, mi cárcel, cuyas paredes también me dieron calor y sombra...
Hoy está vacía. Silenciosa. Sola. No importa a qué volumen ponga la música o cuántas lámparas encienda: está callada y oscura. Quieta, parada.

El pasillo largo largo parece la entrada a una caverna; el salón, unusualmente ordenado, da la sensación de que el lugar ha permanecido así desde siempre...

Sería divertido teneros aquí de vuelta. Charlaríamos y nos contaríais todo. La convivencia volvería a ser mucho más fácil, y el teléfono dejaría de sonar cada dos por tres. 

No tendría que hacer malabares para arreglar encuentros y horas de estudio.

En cambio estoy aquí, en mi casa callada, con las luces encendidas, y las música a todo volumen. Conversando con la soledad, pasando el rato.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

"AL NATURAL, QUE NO COMPRENSIBLE" Acto II

En el escenario ahora hay un puesto de helados a la derecha, y una castañera a la izquierda; entre los dos puestos hay una gramola que funciona sola. La pareja del fondo ahora está sentada en un banco tranquilamente charlando. Y Clotilde entra al escenario haciendo mucho ruido al taconear. Ya no llevan zapatos de charol, pero siguen llevando atuendos de los años cincuenta.

DOÑA CLOTILDE.- A la pareja ¡¡Les parecerá bonito!! ¡Siempre en medio! ¡Siempre en medio!

La pareja ni se inmuta y aparece Flor, que sigue a Clotilde y pone cara de hastío.

DOÑA FLOR.-Va, Clo, tampoco es para tanto, déjalos, ¡póbrecillos! que lo están pasando bien. Además hace mucho frío.

Aparece por la izquierda un nuevo personaje, Mr. Jersey. Un canadiense guapo y tranquilo.

MR. JERSEY.- Perdón, no he podido evitar oír su conversación. Y opino lo mismo, cada uno es mayorcito para hacer lo que quiera.
DOÑA CLOTILDE.- Ya, pero es que a mí ahora me pone nerviosa todo... ¡¡TODO!!
DOÑA FLOR.- Deberías calmarte, estabas más tranquila con Feo, ¡Y mira si salió todo mal la cosa al final!
MR. JERSEY.- ¿Feo? ¡¿Qué clase de forma de referirse a alguien es esa?!

Clotilde se pasea por el escenario con aire agobiado. Mira a Mr. Jersey con intriga y sigue paseándose.

DOÑA FLOR.- A Mr. Jersey. Verá señor, es una larga historia, aquí dónde nos ve, mi amiga y yo fuimos a una fiesta en la que todos íbamos con zapatos de charol, ¡Y dónde no tenían bolsas! ¡Fíjese! El caso es que estaba este caballero... Don Fernando, eso. Y ya ve, mi amiga tuvo un gran romance con él: quince minutos.
DOÑA CLOTILDE.- Con aire soñador ¡Todo un bohemio! Tan de principios de siglo... se pone muy seria. Pero no buscamos eso ahora ¿verdad Flor? ¡No queremos eso!
DOÑA FLOR.- Fue una fiesta fantástica, ¡si señor! Pero con gente muy plasta. Intenta hacer memoria. El señor aquel que me perseguía... ¿Te acuerdas, Cloti? yo ya ni recuerdo su nombre ¡oiga! Pero en esta calle se está mucho más tranquilo.
MR. JERSEY.- A Flor con interés pero sin descaro. Pero ¿su amiga sigue con ese señor que ha mencionado?
DOÑA FLOR.- No, no, qué va. El señor me perseguía a mí. Lo mira de arriba a abajo con interés y picardía y sonríe. ¿Es ud. casado, señor...?
MR. JERSEY.- Llámeme Mr. Jersey. Y no, me refería a su amiga. ¿El de los quince minutos volvió a aparecer?
DOÑA FLOR.- Con mal humor repentino. Clo, el caballero quiere hablar contigo.

Clotilde se queda muy quieta en el borde del escenario y espera a que se acerque Mr. Jersey. Flor, por su parte se acerca al carrito de helados y se dispone a comprar uno. Por la izquierda entra Don Pedro, el cual reconoce al momento a Flor y recorre el escenario sigilosamente sin ser visto.

DOÑA CLOTILDE.- Dirá usted.
MR. JERSEY.- Siempre he pensado que estos momentos son muy incómodos. Pero hoy suena música ¿Le parece bien que bailemos?

Bailan juntos, muy despacio. Sonríen con naturalidad.

DOÑA CLOTILDE.- Baila usted muy bien. ¿Dónde aprendió?
MR. JERSEY.- En Canadá. Allí enseñan a los niños a bailar desde que pueden tenerse en pie.
DOÑA CLOTILDE.- Yo tuve un amigo una vez al que le gustaba beber para todo, decía que así se veía más guapo...
MR. JERSEY.- Eso funciona, a mí me gusta beber, pero prefiero ir al natural. Lo pasaríamos bien bebiendo, pero ya es usted demasiado bonita al natural.

Callan los dos y reflexionan en un silencio intenso, pero cómodo. Mientras tanto, Don Pedro ha alcanzado a Doña Flor y le ha tapado los ojos para que adivine quién es.

DON PEDRO.- ¡Lará lará la laaa! ¡Sorpresa!
DOÑA FLOR.- Para sí. ¡Ay no! Me lo temía, estas cosas nunca la dejan a una en paz... A Don Pedro, sonriendo forzadamente. ¡Vaya! Pero si es...
DON PEDRO.- ¡Don Pedro! ¿Cómo está usted Doña Flor? La he echado mucho en falta en mis últimas fiestas.
DOÑA FLOR.- No, si ya me lo imagino. Grandes sus fiestas, muy grandes. Mirando boquiabierta a Doña Clotilde y a Mr. Jersey, que han dejado de bailar y se han sentado en el suelo de la mano y muy juntos. Pero sigue hablando con Don Pedro.¿Y su amigo el feo? ¿Sigue por la capital?
DON PEDRO.- Ah, no... se marcho hace bastante, cosas de ultramar. ¡Pero volverá pronto! Se nota que estamos en la calle, hace fresco y estamos más serios... aunque algunos siguen igual. Ríe señalando con la cabeza a la pareja del fondo que sigue a lo suyo.
DOÑA FLOR.- Bueno, verá. Yo me tengo que ir, que el helado se deshace y se me enfada el gato.
DON PEDRO.- Lo comprendo, lo comprendo. Pero antes de que se marche, tome mi tarjeta. Habrá una fiesta en mi casa el miércoles. Pensé en hacerlo el sábado pero resultaba demasiado "vulgar" como dicen ahora. Así que la espero allí. ¡Y avise a su amiga, si lo desea!
DOÑA FLOR.- Con mucho gusto asistiremos, pero sólo si hay bolsas esta vez... ¡Ah! ¡Y ni se le ocurra intentar regalarme otra silla! ¡Me tengo que ir!

Don Pedro se acerca a darle dos besos pero ella le esquiva con gracia y le da unas palmadas cariñosas en la espalda. Acto seguido se acerca a Clotilde y la levanta bruscamente. Don Pedro queda pululando por el escenario sin prestar mucha atención al resto de la acción.

DOÑA FLOR.- ¡¡Cloti, nos vamos!! ¡Hay que huír ya!
DOÑA CLOTILDE.- ¿Pero qué ocurre ahora Flor? Me estaba contando Mr. Jersey cómo cultivan ruedas dentadas en Canadá... Sonríe a Mr. Jersey con dulzura.
DOÑA FLOR.- Pues ya seguireis en la fiesta de Don Pedro. Toma a Clotilde del brazo y tratando de que no lo oiga Mr. Jersey Creo que me he enamorado Clo, lo creo en serio.
DOÑA CLOTILDE.- ¿Cuándo? ¿Ya? ¿Aquí? ¿Y Don Pedro vuelve a celebrar fiestas? ¿Volveremos a ir juntas? Sin esperar respuesta. Bueno, yo me despido y ahora me cuentas. A Mr. Jersey. Me ha gustado mucho su baile, pero mi amiga necesita que nos vayamos. No sabe cuanto lo lamento.
MR. JERSEY.- Bueno, ahora que llevamos treinta minutos juntos y que conocemos nuestros nombres de pila, la toma de las manos creo que es el momento de que formalicemos nuestra situación. La aprecio mucho al natural, Doña Cloti.
DOÑA CLOTILDE.- A mí también me gusta bailar con usted, Mr. Jersey. Y me ha calmado mucho.

Vacilan un instante, pero al final se alejan sin más. Doña Clotilde siendo arrastrada por Doña Flor.

DOÑA FLOR.- ¡Has olvidado darle la tarjeta! Agitando el papelito de Don Pedro con energía. ¿Cómo te encontrará?
DOÑA CLOTILDE.- Con la calma del Acto I. Es canadiense. Sabe bailar, y sabría llegar a una fiesta con los ojos vendados.

Hacen mutis las dos por el foro. Don Pedro vuelve a cobrar protagonismo y se acerca a Mr. Jersey.

DON PEDRO.- Verá caballero, soy especialista en complicar las cosas, y organizo una fiesta este miércoles. Venga con zapatos de charol a esta dirección. Le tiende una tarjeta idéntica a la que le ha dado a Doña Flor. No se arrepentirá.
MR. JERSEY.- ¡Pero si yo no lo conozco a ud.!
DON PEDRO.- Ya, pero son cosas del destino. Será una gran fiesta, se lo aseguro. Hace mutis por la derecha.

Se marcha la pareja también y queda Mr. Jersey sólo en el escenario. Baila sólo un rato unos pasos simples, se mira los zapatos, sonríe  y hace mutis por donde entró.

Lynn

Tendría unos 15 años, el momento de ser idealistas, de querer cambiar el mundo, de comenzar a pensar en el futuro... Siempre he estado muy concienciada con el peso de la mujer en la sociedad actual, y para mí nunca fue una opción casarme y dejar de trabajar. Esas cosas se inculcan desde la cuna. Tampoco soy de esas chicas que deciden vivir entorno a su novio. Ni lo quise ni lo fui.

Pero volviendo a esos 15 años: clase de biología, la teoría celular, la endosimbiosis. Lynn Margulis. Fue gracias a mi profesora de biología que apareció este personaje por primera vez en mi vida. Una mujer que llevaba trabajado toda su vida de una manera incansable. No sólo era un ejemplo a seguir por sus descubrimientos o por el interés que despertaban sus teorías en mi... si no porque era mayor, trabajaba y era mujer. (Muchos empezarán a defender la idea de que ya se acabó la era de la desigualdad, que este tipo de predisposiciones sólo conducen a provocar una discriminación positiva -con la que tampoco estoy de acuerdo-, pero yo me limito a decir: aún no se ha conseguido).

Fue en ese momento que se convirtió en mi ídolo, mi ejemplo. Cambié varias veces de idea, y finalmente decidí dedicarme al mundo de las finanzas y la economía, y adopté la idea (con mucha humildad, y sabiendo que debía ser tomada una utopía) de ser una Lynn Margulis... en económicas.

Estando este personaje en la cumbre de mis consideraciones, fui a verla a una conferencia. Avatares de la vida, meras coincidencias. La mejor conferencia a la que he asistido hasta el momento. Margulis quiso dar su charla en castellano (pese a que no era su lengua materna), pero la comisión organizativa no se lo permitió, y con un acento muy gracioso nos pidió disculpas a todos.

Es curioso, la gente admira a cantantes, famosos, actores y demás personajes públicos... A mí me gustan los científicos.

Ya intenté hace unos días dedicarle 140 caractéres al fallecimiento de Margulis. Una tarea demasiado arriesgada, y por eso me extiendo aquí. Una pena recorre el espinazo cuando la noticia llega a los oídos. Se recuerdan los ideales que habían quedado enterrados hacía ya un tiempo. Y se mira al frente deseando no olvidar porqué estoy donde estoy. Esperando una señal.

Echaré de menos tu ejemplo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Confesiones

Me senté con Fadrique al borde de la balsa y se lo confesé todo. Ya no hacía ese calor de verano tan agradable, ahora el cielo estaba gris; gris como las palomas, un gris sucio. Llevábamos los dos sendos abrigos marrones y las bufandas rojizas que tejió Vicenta para nosotros, los mayores. Y él con su mano protectora jugaba con el agua verde y con las carpas curiosas que se le acercaban de entre las algas.

Le conté a Fadrique cómo habían sido las cosas: cómo había empezado todo una tarde tonta y fría y una noche lluviosa, cómo habían ido cada una a su ritmo -muy rápida y muy lenta- y cómo habían llegado al punto actual.

Se lo conté todo muy seria, con ese semblante que se me pone cuando algo me ronda la cabeza un tiempo y él me arropó con el brazo y me dijo que no me agobiara. Un pato llegó en ese momento a la balsa y sin pensárselo dos veces se zambulló por completo.

-Escríbelo- me dijo. -Escríbelo todo. Todo lo que me has contado a mí, cuéntaselo al papel, y cuando hayas acabado, léelo y piensa bien todo lo que ha pasado.-

Así pues entré en casa, le pedí prestado a César una de sus hojas amarillas de cuaderno y me puse a escribir: hablé del pasado y del presente, de cómo cómpetían y se complementaban... y vomité todo lo que tenía guardado. Sirvió para reflexionar. Intenté pensar en el punto de inflexión, ¿Cuándo se había desequilibrado la balanza? ¿Quién había tomado la decisión? ¿La cabeza o el estómago?

Y me dí cuenta de que no tenía dudas. Una de las opciones había muerto; muerto como cuando se muere un libro al llegar a la última página. No había sido el tiempo, ni los kilómetros, ni nada... se apagó cómo cuando una bombilla se funde. Fue como uno de esos fines de semana que nos llevában a los cinco a esquiar: volvíamos a casa cansados, tras dos días muy intensos... pero habían sido dos días al fin y al cabo.

Parecía que el recuerdo del pasado destruía el presente. Esa fue mi conclusión. Y a la mañana volví a hablar con Fadrique junto a la balsa. Esta vez llovíznaba, pero al igual que el día anterior, las moreras seguían sin hojas.

-Eso es- Me dijo- ¿Ves cómo mi consejo funcionó?- Miré a mi hermano sin comprender muy bien, pero esperé a que prosiguiera -Ya lo tienes escrito, déjalo marcharse de tu cabeza. Es momento de que mires y veas lo que está pasando. Pero cuida tu recuerdo y ponlo a salvo en una vitrina de la memoria, no hay porqué tirar el bagaje que llevamos. Es cómo los álbumes de fotos de Vicenta, no se puede vivir en ellos, pero nos enriquecen.-

Mi hermano me sonrió con dulzura y volvió a entrar en casa con aire desenfadado. Yo miré mis apuntes perpleja. Y entonces entendí qué tenía que hacer: los releí con la ternura del recuerdo, y tras hacer un barco de papel con todo el primor que pude, con la determinación del momento puse el barquichuello en la balsa y lo dejé hundirse mientras la tinta campaba a sus anchas por el papel y los restos quedaban para siempre en el fondo de mi estanque.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Generación espontánea de Ni-nis

Digamos que hace una semana, más o menos, me enteré de que el día 2 de septiembre tenía mi primera presentación del año en la universidad. Me preguntaron mis padres que si creía necesario que vinieran conmigo "Bueno, ya sabes que seis ojos ven más que dos" y les dije que no. Se supone que es una nueva etapa y, particularmente quería responsabilizarme yo del asunto. Desde el principio (que para algo ya me dediqué a comerme en su momento el marrón de hacer la matrícula en pleno julio).

El caso es que pensando que la mayoría de los asistentes actuarían como yo, llegué el día 2 de septiembre a Getafe. Y no fué así. De hecho, ocurrió todo lo contrario a lo esperado y fui de las pocas personas que fue por su cuenta. Tampoco era nada malo, sólo me sorprendió (es cierto que era un evento al que podían asistir los padres, así que no era nada del otro mundo).

El problema fue cuando al día siguiente, 3 de septiembre, me encuentro en otra presentación de la universidad (esta vez en Leganés, acerca de métodos para sacarle más provecho y rendimiento al estudio -completa pérdida de tiempo) y se repite el mismo patrón. Pero no sólo eso, si no que además el exponente de la charla comentó que era de agradecer la presencia de tantos padres en la sala, que no se podía esperar tal grado de implicación y compromiso por parte de todos los padres pero que aún así era una gran satisfacción. ¿Qué era esto? Y aquí es dónde me paro a analizar la independecia y el grado de autoridad y responsabilidad que he tenido con respecto a mi educación a lo largo de toda mi vida:

-La guardería (mejor no lo comentemos, ¿verdad?)
-El colegio: hasta el bachillerato fui a un colegio pequeño en el que no había separación entre primaria y la ESO; supongo que por eso, y por el hecho de que todo el personal del colegio conocía a los padres de cada alumno casi individualmente, la libertad y la responsablidad que teníamos no era muy amplia.
-Bachillerato: un pequeño cambio -paso a un instituto mucho más grande en el que ya empiezan a exigir a los propios alumnos algo más que sólo ir a clase. Es cierto que si quieres, tienes la posiblidad de saltarte clases, pero también te tienes que solucionar tú solito los problemas, y no van a estar papá y mamá detrás para ir a hablar con el profesor de turno cada dos por tres.

Y ahora tocaba la universidad. Mi idea era que mis padres no se involucraran más que para asuntos de gravedad en los que yo no tuviera nada que hacer. Pero por lo visto, el hecho de que vaya yo por mi cuenta y tome notas de lo que se dice en las presentaciones quiere decir que mis padres no están comprometidos con mi educación. ¡Gracias, vicerrector! Puede que, llevado al extremo, esto sea la causa de que las nuevas generaciones no aspiren a mucho, ni decidan marcharse de casa, ni estudiar para luego ser de provecho en algún lado... ¿Es culpa de los jóvenes que no nacen con el instinto de ir más allá -entre los que me identifico con toda seguridad (y vergüenza), o es de los padres que no les saben presionar para ayudar a despertar ese instinto?

En fin, no creo que haya generación espontánea de ni-nis, pero tampoco puedo explicar los motivos de su existencia, sólo puedo desear no llegar a ser una. Trataré de sacar provecho de esto de la manera que considere yo más apropiada.

Sólo pido una cosa: Querido vicerrector, ¿Le importaría no ensalzar el comportamiento de algunas personas prejuzgando (erróneamente) de la de otras?

domingo, 10 de julio de 2011

Cierto, ¿no?

¿Pero yo a quién estoy engañando? ¡Cero tarros de cristal! ¡Miles de Pepa's dance, de Brunches, de Mongolians, de rodalies, de San Tony's, de cuadros y de besos en las manos! : )

miércoles, 29 de junio de 2011

Nadie se lo dijo

Un pequeño problema: nunca le costó sentarse a estudiar, a trabajar, tampoco le había costado sacrificar su tiempo en actividades extras, ni en ir a lugares algo alejados de casa para cultivarse. Mateo iba y venía por ahí haciendo mil cosas. Cuando llegaban los exámenes, antes o después se ponía, y si se le iban las cosas un poco de las manos con aquello de empezar a estudiar, se pegaba la paliza y lo solucionaba a cualquier precio (que solían ser horas sin dormir).

Pero ahora se enfrentaba a un reto diferente. No sabía porqué, pero le costaba horrores enfrentarse a él: debía diseñar su trayectoria académica y profesional; y Mateo, quién había sacado unas notas maravillosas que no le ponían trabas, y tenía muchas puertas abiertas y a su disposición, tenía enormes problemas para mirarlo de frente y pararse un rato a pensarlo.

En fin, llegó el momento y Mateo decidió. Fin del problema, ¿Fin de la historia? No. Para nada, siguió su vida tomando decisiones, dirimiendo y contraponiendo ideas hasta sacar la más beneficiosa... pero nunca fue fácil. Nadie dijo que lo fuera.

lunes, 27 de junio de 2011

Alegría desestabilizadora

Estaba perdiendo el sentido del día y de la noche, estaba empezando a escuchar canciones empalagosas a todas horas y a ponerse las camisetas del revés de lo despistada que estaba.

-Anda, que tampoco es para tanto... Esto no varía mucho tu forma de actuar.- Le decían sus amigos con sorna cuando veían este tipo de despistes.

Pero lo cierto es que antes no le pasaban esas cosas. Quizás era porque el sol había llegado, y con él, la alegría, las ganas de bailar, de reír sin descanso y de ponerse sombreros de paja y gafas de sol.

Una sonrisa mal disimulada aparecía en la plaza cuando el tema de conversación era el avión, y horas y horas pasaba despierta con la almohada como compañía... ¡Pobre Juana! Con la tontería se le pasaban las horas y acababa pasando por sitios "de casualidad" con el corazón a cien por hora esperando que algo magnífico pasara de un momento a otro, mientras se atusaba los rizos color miel.

Y con todo el cansancio de no dormir por los nervios, de llegar tarde a todas partes, de las canciones empalagosas y con todo lo demás, Juana voló alto alto a una montaña a ver los atardeceres en el mar.

domingo, 12 de junio de 2011

Presunción de verano

Lo echaré de menos: estaré en la orilla del mar o en las escaleras blancas y me acordaré de las noches del falso verano. De luces de Madrid, que estarán lejos. Lejos en el tiempo y en el espacio. Y creo que querré volver. El caso es llevar la contraria ¿verdad? Música, grillos y demás ambiente tal vez consigan que me olvide por un rato... pero no lo sé. Fiesta ibicenca, jardín perfumado y locuras varias.

Estaré entre los árboles, bailandole a la luna y al fuego y me acordaré... Me acordaré de los besos de gin tonic, de la lluvia en los hombros, de los nervios autónomos y de la risa del tejado. En las noches luminosas el ciervo caminará sigiloso entre la maleza, tan distinta de los cruces de calles grandes, pero el corazón irá igual de desvocado.

Marcharé a las tierras de los albinos, dónde el aroma a carne envuelve las calles empedradas y me acordaré... me acordaré de esa sensación de ir flotando por la calle, de despertarme sonriendo a los cinco minutos de haberme dormido, de los bolsillos, de lugares estratégicos y de las sonrisas entre apuntes. Pero lo real serán los idiomas extraños del momento.

Y al volver de las aventuras iré a casa y todo habrá sido como un sueño. Querré volver de nuevo a la evasión; pero por otro lado un camino largo se abrirá ante mí, y los antiguos recuerdos puede que vuelvan a estar en el plano de la realidad, por más tiempo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Ramiro

Entré con unos pantalones pitillos negros, una camiseta blanca y unas sandalias romanas.

Sería un 15 de septiembre, no lo sé. Y nos conocimos. No es que fuera un amor a primera vista; de hecho, al principio me agobiaba todo aquello: enorme, serio, multitudinario... diferente. Diferente de mi vida anterior, no era un corte rotundo con todo, era una continuación; era como si vivieras toda tu vida en una casa y un buen día descubrieras que había una habitación más. Una habitación enorme. Y así es cómo nos conocimos.

Dos años de relación, es bastante. De los mejores de mi vida (hasta ahora). La política, la profundización en la biología, el conocer a gente nueva maravillosa... todo esto junto a tí. Para mí comenzaron las fiestas, los agobios serios, nuevas jergas. Desde halloween hasta Budapest, desde el coste de oportunidad (algo que me alegro de haber arriesgado) hasta las derivadas. He de decirte también que me lo has hecho pasar mal también (ya está perdonado), noches durmiendo pocas horas pensando en qué pasaría al día siguiente cuando volviera a tí. Pero también fiestas inolvidables, viajes y excursiones... Y en todas partes con ese "algo" tuyo.

Me da pena marcharme, que nos separemos. Me has dado tú a mí mucho más de lo que he podido yo aportarte a tí (otro expediente y algo más de historia). Y se me hace raro encontrarte todas las mañanas de mayo ahí parado, serio y grande... pensando que ya no es lo mismo, que un día triste de abril me conciencié y te dije adiós; supe que ya no volvería a verte como te veía antes.



Y salí de tu vida con unos pantalones pitillos negros y una camiseta blanca.

jueves, 5 de mayo de 2011

"FEO PROTOCLOTO" Acto I

Todos los personajes bailan distraídos, desperdigándose por el escenario. Atuendos de los años cincuenta, pero con zapatos de charol. Todos con zapatos de charol. Al fondo, hay una pareja que se lanza miradas sugerentes, tres caballeros se desternillan en la esquina izquierda por algún chiste absurdo, y una rubia y una morena esperan a alguien al lado del tocadiscos. El resto bailan distraídos. Se acerca uno de los caballeros a la rubia del tocadiscos.

DON PEDRO-Doña Flor, ¿Qué le parece mi fiesta?-
DOÑA FLOR-Fea señor, muy fea, casi tan fea como su amiguita esa de ahí.- Señalando a la joven del fondo que en este momento está revolviéndole el pelo a su pareja.

DON PEDRO- No me dirá usted que no es divertida...-
DOÑA FLOR- No, para algunos es divertida...- Mira huraña a su alrededor.
DON PEDRO- ¿Otra copichuela? Debemos animar el espíritu... -Le pasa una copa que casualmente llevaba un camarero en una bandeja por allí. -¿Conoces a Fernando? Sin esperar respuesta ¡Te lo presentaré!-

Marcha en busca del segundo caballero de los chistes.

DOÑA FLOR Hablándole a la morena-Te lo dije Cloti, aquí yo no pinto nada. Esta fiesta es de locos... ¡Y ni tan siquiera tienen una bolsa! Dile al pesado ese que me he marchado, invéntate algo porque yo ya no puedo más- Hace mutis por el foro.
DOÑA CLOTILDE- Flor, la cosa es quejarse ¿verdad?
Llega Don Pedro seguido de Don Fernando.
DON PEDRO- ¿A dónde ha ido tu amiga? Yo que quería presentarle al bueno de Fernando...-
DON FERNANDO- ¿Quién? Yo no me llamo Fernando... yo soy "Feornando", Feo para los amigos...- Se inclina ligeramente hacia la derecha
DON PEDRO- Míra, ya está borracho, así mejor, porque sobrio es más feo...-
DOÑA CLOTILDE- ¡Pero si no puede ni subir la pata! Don Fernando, suba la pata. ¡Anda súbala por favor! Si va a ser que Flor tenía razón, y no hay bolsas...-
DON FERNANDO- "Feornando" "Fe-or-ban-do" "Fe-orrr-man-bo". O no subo la pata y se me quedan todos mirando.
DON PEDRO- Pues eso, yo te dejo con Feornando, Clo, y me voy a  buscar a tu amiga...-

Marcha por el mismo lado que se fue Doña Flor, saludando a la pareja del fondo que bailan pegados una canción muy marchosa.

DOÑA CLOTILDE- ¡Pero yo no sé hacer esto! ¡Necesito bolsas! A ver, "Feornando", ¿Cómo se siente usted? ¿Quiere algo?
DON FERNANDO- Ah, no, yo sólo quería que me dejase en paz don Pedro... sabe, lleva contándonos chistes toda la tarde, pero al nonagésimo nono yo ya me cansé... y la ví ahí paradita, con su amiga la borde.-
DOÑA CLOTILDE-¡¡Oiga!!-
DON FERNANDO- ¡Perdone usted si la ofendo, pero es que es muy borde!-
DOÑA CLOTILDE- Bueno, pero me ha acompañado a esta fiesta.-
DON FERNANDO- ¡Bien! ¡Celebro que haya venido doña...
DOÑA CLOTILDE- Clotilde. Cloti.
DON FERNANDO- ...Cloti! ¡Brindemos por ello pues!
DOÑA CLOTILDE- No, "Señor Feornando" que usted ya lleva una buena encima.
DON FERNANDO- ¿Qué son esas formalidades? puede llamarme "Feo". Además, cuanto más uno bebe más guapo está... ¡Mire, mire! Bebe dos copazos de dos tragos.
DOÑA CLOTILDE- ¡Pues es verdad! No sé porqué pero siempre pensé que era al revés... ¡Yo también quiero! Bebe tres copas seguidas. ¿Mejor?
DON FERNANDO- Bueno, es que usted ya era bonita de antes... a esa del fondo sí que le haría falta.-

Aparece Flor taconeando indignada, mirando para atrás como huyendo de alguien.

DOÑA FLOR- Nos vamos, Cloti. Nos vamos de aquí ¡ya!-
DOÑA CLOTILDE- Pero, estoy aquí con Feo y me lo estoy pasando muy bien, Flo... ¿Qué ha pasado?-
DOÑA FLOR- ¿¡Que qué ha pasado!? Pues que el amigo tuyo ese me ha intentado regalar una silla, si señor, ¡una silla! ¡Eso no se hace en una fiesta de buen gusto! Se enseñan mesas, bandejas... ¿pero regalar? Y además ¡¡una silla!! Prosigue su monólogo sin que el resto de personajes la escuche.

DOÑA CLOTILDE- Bueno, Feo, creo que me voy a marchar... que luego se me deshoja (señalando con la cabeza a Doña Flor) y se pone triste.-
DON FERNANDO- ¿Pero estará bien? ¿Se ha ofendido con lo de Don Pedro?
DOÑA CLOTILDE- ¡Qué va! Si Don Pedro le gusta mucho... pero no debió intentar regalarle la silla.
DON FERNANDO- La voy a besar... ¿Le parece bien?
DOÑA CLOTILDE- Con cara de estupor ¿Cómo dice?-
DON FERNANDO- Si, no vaya a ser que si le corto el monólogo y se enfade- Señalando a Doña Flor.
DOÑA CLOTILDE- Ah, claro, claro... adelante.

Doña Clotilde sonríe cortésmente y espera a que Doña Flor reciba su beso;  Don Fernando la pilla desprevenida al besarla a ella en lugar de su amiga.

DOÑA FLOR-Volviendo a adquirir protagonismo en la escena. ¡Descarado! ¡Y encima me corta el monólogo! En esta fiesta no se respeta el protocolo...
DON FERNANDO- A Doña Clotilde. Pues espero verla pronto.
DOÑA FLOR- A Doña Clotilde sin que lo oiga Don Fernando. Déjale los zapatos... ¡los zapatos!
DOÑA CLOTILDE- Haciendo caso omiso de Doña Flor. Ehh.. claro, claro. Eso espero yo también.

Marchan las dos hacia la puerta junto a la que están los enamorados besándose, a quienes Doña Flor les hace un corte de manga.

DOÑA FLOR- ¡Se los tenías que haber dado! ¿Tú también pasas ahora del protocolo? ¿Cómo te encontrará?-
DOÑA CLOTILDE- Era una fiesta, Flor, ¿Qué habría pasado si Don Fernando no te hubiera intentado regalar la silla? ¿Y si hubieran tenido bolsas? ¿Y si le hubiera dejado a Feo los zapatos? Pues que no habría sido una fiesta...-

lunes, 25 de abril de 2011

Nostalgia a los... al poco rato

Cada viaje es diferente, de pequeña lo vivía como si fuera otra vez Navidad -pero con 30ºC a la sombra- era montarse en un coche y saber que hasta que pasaran muchas horas no iba a salir; pero que cuando saliera, vería el mar, y la casa, y el árbol, y la colina y la era. Era una euforia incontenible que aparecía en una personilla todos los años desde que tenía 5. Son muchos los recuerdos de aquella época. El primer libro que realmente disfruté lo leí subida al magnolio, recuerdo que cuando fui a bajar de mi "salón de lectura" se me resbaló el libro y desde entonces conserva una bonita mella en el lomo.
Se podría considerar un hito muy importante el año que mi tía murió, yo tendría unos 10 años y fuimos a pasar un fin de semana de pleno invierno a la casa. ¡Cuál fue mi decepción al ver que no había nadie! Las moreras, que en otras épocas más cálidas exhibían unas hojas lustrosas, no eran más que ramas retorcidas y tristonas; que no había flores en el jardín... pero sobre todo, que no había nadie allí para recibirnos. Ya no estaba mi tía, no estaban mis primos ni mis avis*. Nadie más que nosotros cuatro. De pronto mi paraíso dejaba de ser un lugar estático que permanecía inmutable incluso cuando yo no estaba, ahora era un sitio al que también le afectaba el invierno, la sequía y demás factores... era un lugar mortal.

Superada aquella antigua concepción y un pequeño bache que duró un par de años las cosas rodaron solas.
Fue el cambio; tras la muerte ya mencionada, la vida en  la casa no fue lo mismo. Dejaron de venir los familiares a pasar allí el verano, y aunque sólo se habían mudado a la casa de enfrente se nos hizo extraño a todos la relativa lejanía.


Las visitas se fueron haciendo más frecuentes, pese a la paliza de recorrerse 660km cada vez. Se recuperó el ambiente, la chispa de antes. Crecí en esa casa, aprendí a conducir en las calles de ese pueblo y descubrí muchas cosas. He conocido gente, he aprendido un idioma... he llegado a las raíces.

¿Cuántas veces habré preguntado por el pasado, por los vínculos, por anécdotas y por personas? Seguramente muchas. Con la ilusión de llegar allí y poder entender, de diluirme con el ambiente. Porque lo parezca o no, es mi ambiente. Y esta última vez... la visita ha vuelto a ser diferente, como en todos los viajes. Una sensación de empezar a controlar la ciudad, de saber llegar a los sitios (no como sabría recorrerme todo mi Madrid, pero algo que se le parece). Volvía en el tren después de una noche de no dormir mucho y de una mañana soleada y de viento. No fui mirando al mar, miré las casas que encaran el Mediterráneo desde la costa. Y mientras tanto pensé en lo que me quedaba en casa por hacer, en el cambio de los últimos meses, en la pena que daba dejar la brisa salada, la zona y la gente... Y también pensaba en la herida de nostalgia que no la cura más que un viaje.

Imaginé otra manera, el que las cosas hubieran sido distintas; no con fastidio sino con optimismo, con ganas de volver y de tener más historias para contar.

 

*Abuelos

miércoles, 9 de marzo de 2011

Encrucijada

-Tengo miedo- me decía mientras nos sentábamos al pie de aquel árbol frondoso.
-¿Por qué?- le respondí yo dándole una palmada amistosa y reconfortante (o eso intenté) en el hombro.
-Siempre me pasa lo mismo... es como una pesadilla con tragos dulces- tomó aire y prosiguió abriéndome su alma- llego a la encrucijada; no hay nadie para ayudarme. Hay dos caminos y no sé cuál escoger. Uno limpio, sin árboles casi, asfaltado y llano... que acaba en un barranco; el otro es diferente: tiene árboles por todas partes y no se ve muy bien el final son todo rocas que impiden el paso, troncos caídos que hay que esquivar...-
Nos miramos y me sonrió.
-Siempre tomo el mismo ¿Sabes cuál?-
-No, pero puedo averigüarlo; el asfaltado ¿no?-
-Exactamente-
-¿Y qué ocurre después?-
-Lo de siempre- me dijo con aire apenado - recorro el camino a toda prisa, como si no pudiera soportar la idea de saborear el trayecto, y cuando llega la parte más importante, cuando parece que todo va viento en popa y voy a llegar a mi destino... aparece el barranco y se acaba todo.-
-Ven- le dije tomando su mano- siempre ha sido así pero las cosas pueden cambiar antes de que...-
-Lo dudo,-me cortó- muchas cosas dependen de las personas, y éstas nunca cambian- añadió dándole dureza a su voz.
Cogimos nuestras cosas y volvimos al sendero. Y le dije que cerrara los ojos. Caminó con los ojos cerrados, llegamos a la encrucijada y todavía sin ver nada se decantó por un camino.
-Todo puede ser distinto ¿Sabes? -le dije- Pero sólo si no nos ofuscamos y salimos de nuestra teoría. Ahora cuando abras los ojos no te despidas de mí, te veré al final. Pero eso sí, tienes que avanzar. No vale ir por el otro lado, porque entonces no nos volveremos a encontrar-
Abrió entonces los ojos y no miró atrás ni se despidió de mi; se dio cuenta del camino que había escogido, a ciegas, pero mirando con el corazón. El buen camino, el que llevaba a un destino. Con decisión fue dando pasos mientras oí como se reía por lo bajo, y poco a poco se perdió esquivando rocas y troncos caídos.
No sé si se llegó a enterar de que yo no había tenido nada que ver en su elección, sólo sé que cuando nos volvimos a ver éramos diferentes, todavía complementarios, pero diferentes.

 

viernes, 4 de marzo de 2011

Reencuentro

Pepa me dijo que no la reconocería: se había cortado mucho el pelo. Un viaje largo desde Roma, pero ya estaba en casa (aunque fuera a ser sólo por unos días, para luego volver con los niños y Pietro). Antes de partir les envié un mail a todos: Pepa, Salo, Irene, Alberto, Sergio, Ricardo, Inés, Carmen,  Miguel... ¿Cuántos años hacía de nuestras andanzas por el Ramiro? Al pensarlo me salió esa sonrisa suave que se me escapa cada vez que pienso en las cosas que me enternecen.
Casi todos habían contestado: Salomé también estaría por aquellas fechas en Madrid y Alberto había prometido buscarse algún vuelo incluso aunque fuera de ir y volver a Londres en el día. Ricardo, Sergio y Miguel aseguraron que no faltarían y hasta Andrés (que en sus días era un pillo y no le importaba saltarse las clases) nos había pedido una fecha específica para que no le coincidiera con el trabajo.
“A las 9.30 en Sol” ¿Cuántas veces habíamos quedado allí? Seguramente muchas. El tiempo había conseguido sacar de mi una buena puntualidad por eso salí de casa de mis padres a la hora; seguro que ninguno de ellos se lo esperaría.
Yo sigo como siempre (a lo mejor he cambiado detalles como la puntualidad), bueno, o al menos eso me dicen mis hijos cuando miran mis fotos de juventud: “¡Mamá estás igual!” Les encanta que les hable de las aventuras que pasamos, de las fiestas he hicimos y hasta de vez en cuando (pero poco, que sino lo tomarán como ejemplo) me permito hablarles de los días que hacíamos pellas en el Vips que estaba cerca del instituto. Es Giorgio el que más me pregunta de los tres, le encanta comentar las fotos que tengo en la caja rosa. “Mamá, ¿Por qué esa caja rosa?” Y entonces le explico que esa caja me la regalaron un día y desde entonces todos los recuerdos van a parar ahí dentro. “Mamá, ¿Quiénes son esos que salen en la foto?” Y entonces le cuento que con ellos pasé mi mejor etapa en el colegio, que son mis amigos y que algún día tendrá que conocerlos. “Y mamá, ¿No te daba miedo que os pillaran fuera de clase y luego os castigaran mucho?” Y entonces tengo que decirle que estaba muy mal, y que sólo lo hacíamos porque sabíamos que llevábamos muy bien la asignatura.
Voy andando por la calle Fuencarral, casi todas las tiendas han cambiado... pero sigue siendo el mismo ambiente, que consigue que vuelva a aparecer la dichosa sonrisilla. Al llegar a determinada altura de la calle, tuerzo a la derecha, necesito saber si sigue allí. Durante los dos años de bachillerato, tomamos como tradición ir después de mis conciertos de piano a tomar algo a un sitio italiano de comida para llevar de la plaza de San Ildefonso. Llego a la plazuela y vuelvo a sonreír como una tonta: sigue allí.
Estoy llegando a Sol y sigo pensando en los cambios, seguro que aunque no me dé cuenta hay cosas en las que ya no soy la misma; pero, ¿y ellos? Por lo que me ha contado, Pepa se ha cortado el pelo, ¿De qué color? ¿Es oscuro como cuando la conocí o lo lleva tan claro como aquel año a la vuelta del verano? Intento imaginármela pero no se me ocurre cómo puede estar con el pelo corto. ¿Y Alberto? ¿Seguirá tan delgado? Tengo muchísima intriga por ver cómo estarán todos... Y en estos pensamientos llego a Sol. Las 9.31, no soy tan puntual después de todo. Llego a la salida de “la ballena” que es como llamábamos al intercambiador, y espero. Suena el teléfono en seguida, Ricardo de Balbin dice mi móvil italiano, y el oír su voz es como retroceder diecisiete años.
-¡Ricardo! ¿Dónde estáis?
-¡Qué tal? Estamos aquí Miguel y yo y ahora llegaremos, ¿Y el resto?
-Estoy sola en la salida del intercambiador, no ha llegado nadie aú...
Y entonces llegan Salomé y Alberto (o al menos creo que son ellos, porque sin gafas no veo muy bien de lejos).
-Pues en seguida estamos ahí.- Y cuelga.
Están casi como yo les recordaba, algo menos morena Salomé (será el clima alemán) y Alberto con más canas. Pero están igual, y cuando me dan un abrazo y comienzan a hablar vuelvo a tener 17 años. Poco a poco van llegando todos, Sergio aparece con su mujer e Irene con su marido, cada uno tiene su historia... y nos la contarán a lo largo de la noche. Pepa está totalmente cambiada, tiene un corte melenita que jamás habría imaginado y está guapísima. El último en llegar es Álvaro, que no le querían soltar en la oficina (con todo el problema del conflicto del Sáhara tienen mucho que hacer estos días). Y entonces nos movilizamos al restaurante.
-¿Te acuerdas? Antes, demasiado pequeños para ir a los bares de copas dónde no nos querían vender ni una cerveza, y ahora... no sé si estamos demasiado viejos para esto eh...
-¡Pero qué dices Alberto! ¡Que tú siempre has sido un juerguista y no puede ser que ahora no te apetezca tomar nada después de la cena!-
-Yo estoy contigo Salo, ¡Qué todavía tenemos edad para muchas cosas! ya veréis en la próxima quedada... si seguimos quedando con tanto tiempo entre una vez y otra...
Y entre unas cosas y otras nos vamos contando qué ha sido de nosotros en estos años, en qué trabajamos, nuestras familias, los hijos... Por supuesto la tecnología ayuda mucho: casi todos tenemos fotos en los móviles que van rulando por toda la mesa (las mías son de Giorgio y sus hermanos). Me fijo entonces en Inés que está sentada a mi lado, lleva un blusón morado, siempre fiel, estilosa en su línea de vestir. Y a raíz del tema de las familias sale la gran noticia: Inés está embarazada, es el quinto pero no saben todavía si va a ser niño o niña. Incluso nos sorprendemos al oír la noticia (aunque en realidad en el fondo todos nos la esperábamos). Los cónyuges que han venido son simpatiquísimos, parece que les agrada conocer parte del pasado de sus parejas y se integran muy bien en el ambiente; son gente interesante y con inquietudes, acordes con sus parejas.
Es curioso ver dónde ha acabado cada uno: Ricardo, cómo apuntaba, está de profesor de universidad dando Historia, contentísimo; Salomé, de traductora de un organimo del Parlamento Europeo con sede en Frankfurt; Sergio se cansó del periodismo y ha llegado a lo más alto escribiendo poesía (¡seguro que nuestros nietos estudian su obra, como nosotros a Machado!); Camen nos habla de su vida en Japón, y pese a que le tomábamos un poco el pelo con aquello de la belleza de los modelos japoneses que tanto le gustaban, hay que reconocer que Yoiko, el chico con el que lleva ya una buena temporada, es guapo y muy simpático; y Álvaro se dedica a la cooperación internacional, ¡Estaba clarísimo!
Pero de las mejores partes de la noche es el momento en que recordamos anécdotas:
-¿Os acordáis de cuando nos fuimos de interrail?- Nos pregunta Andrés
-¡¡Jajajajaj!! ¡Pero si lo mejor de todo fue planearlo! Dos semanas enteras dejando de atender en clase porque mirábamos por debajo de la mesa un montón de planos de carreteras de Italia y de Croacia.- Nos recuerda Salomé mientras se desternilla.
-Pero fue un viaje impresionante ¡eh! Que lo organizamos muy bien, aunque luego no fuera como lo habíamos pensado en un inicio...
-¿Y la fiesta que se hizo por halloween? Hay que reconocer que fuimos mejorando los planes de primero a segundo.
-¡Hombre, un plan de botellón de quinceañeros es fácil de superar!- le digo a Sergio.
-¡Pues yo me quedo mejor con la fiesta de Alberto y de Elena de los ochenta! Íbamos todos con hombreras y cazadoras, ¡Y con unos pelos!
-El vestido de tu madre que llevabas, Pepa, era impresionante. Y es que esa fiesta era difícil de superar: trabajamos un montón para organizarla.-
Y luego acabamos mencionando hasta los líos del curso, hay parejas que ahora no nos pegan nada, y amistades que se nos hacen extranas, casi olvidadas.

En fin, prácticamente me paso toda la noche con la sonrisa en la cara, y si no con la carcajada en la boca. Son fantásticos: ahora y siempre, lejos y cerca; les quiero muchísmo y los he echado de menos. Por eso este verano han accedido todos a pasar unos días en Roma, es hora de volver a la convivencia cercana, al día a día con ellos, a mantener el contacto mejor de lo que lo hemos hecho estos diecisiete años