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viernes, 22 de agosto de 2014

¿Queda esperanza?

"Parece mentira que en un sitio tan bonito se puedan cometer unas atrocidades así" pienso.
 
Brilla el sol, y hace bastante calor; el aire es limpio y los árboles que rodean el complejo dan frescor. Hay unas casas de ladrillo rojizo muy bonitas que podrían pertenecer a una urbanización de Gran Bretaña... pero de alguna manera dentro de esas casas se palpan aún los horrores de épocas pasadas.
 
Sólo los optimistas sobreviven.
 
 
Caminamos por uno de los cementerios más grandes del mundo: un recordatorio de lo que el hombre es capaz de hacerle a otro hombre sólo por el hecho de considerarlo diferente. Y no es cosa de un único individuo, es la maldad institucionalizada.
 
Mientras paseo por los barracones reflexiono sobre muchas cosas: "No es una historia de miedo, es real. ¿Por qué pasan estas cosas? ¿Por qué siguen pasando? ¿Por qué parece que precisamente aquellos que deberían recordar mejor la historia se olvidan de ella y la repiten? ¿El ser humano es esencialmente malo o es que se desvía por el camino?"
 
Soy incapaz de responderme a muchas de las preguntas y eso quizá es lo que más vértigo da: ¿queda esperanza?; sólo puedo guardar unos minutos de silencio al final de la visita por todos aquellos que ya no están; puedo despedirme finalmente de Anna y Margot; y simplemente asumir la suerte que tuvo mi familia.

martes, 29 de julio de 2014

Ya basta

¿Nunca te enseñaron en el colegio a no discriminar? A mí sí, pero creo que al señor Mas y a otros tantos que andan sueltos destruyendo mi sociedad y mi país, no.

Yo entiendo que haya que preservar la cultura, cuidar las tradiciones, lo propio, aquello que nos enorgullece y que nos enternece. Yo soy la primera que lloro al escuchar unas habaneras, y que, al oír hablar a alguien en catalán siento como si estuviera en casa.

Sin embargo, llega un momento en el cual, el nacionalismo pasa a convertirse en un nazi-onalismo. Sí, quizá piensen ustedes que exagero, pero en el momento en que se deja muy claro que “tú no eres de aquí” y “tú nunca serás de aquí” se está discriminando, se está negando un sentimiento y además, se está empobreciendo una sociedad. ¿Qué será lo siguiente, cosernos la estrella de David en el hombro como si estuvieramos en 1933? Porque ya han traspasado ustedes la delgada línea entre ensalzar su cultura y denigrar a aquel al que consideran extraneus. ¿No ven ustedes la fuga de intelectuales catalanes que se está dando? ¡Se marchan! ¡Por ser tan estrechos de miras pierden ustedes a una parte importantísima de su sociedad! Aunque si sólo les interesa la economía también pueden ustedes mirar cuantas empresas están cambiando su domicio social a otras partes de la península...

¿Qué quieren ustedes? ¿Autonomía? ¿Otro tipo de financiación? ¿Independencia? ¿Acaso no se dan cuenta ustedes de que sus políticos les mienten? ¿No entienden que cuando les dicen que ¡Madrid ens roba!” son ellos los que abren las arcas de Cataluña y roban a manos llenas sin ningún tipo de pudor? Sólo espero que recuerden que papá-Estado no es aquello que les venden sus políticos, sino que es la base que impide que ustedes caigan: no es viable la independencia (y sus políticos lo saben). Y como comprenderán no creo que tengan ningún derecho a explotar de forma privilegiada los recursos del Estado como si fueran los únicos contribuyentes de este país.

Supongo que es difícil mantener la cabeza fría cuando desde el colegio te enseñan que la Guerra de Independencia (1808) se llama la Guerra del Francés; y me imagino también que es difícil no dejarse llevar por unos cuantos, que hacen mucho ruido, que prometen un futuro mejor y achacan la situación actual al Gobierno Central. ¡Qué provinciano! ¡Qué sensacionalista! ¡Qué vergüenza!

Por primera vez en veintiún años que llevo viniendo a Barcelona he sentido vergüenza. Vergüenza ajena por este adoctrinamiento arraigado y vergüenza propia por haberme sentido en algún momento parte de esta cultura. He llegado a sentir repulsión hacia un sitio que yo consideraba mi segundo hogar. Enhorabuena, han conseguido que en mi propia tierra, allá de donde proviene mi sangre, me sienta extranjera. Ya basta.

sábado, 28 de junio de 2014

Lasciatemi guardare il Mondo

Fa un caldo torrido, y no puedo respirar... andare in piscina forse sia una buona idea, no?

Me asomo desde la puerta al jardincito, y me miráis desde cada extremo. Ed io non posso decidere, non vi posso dire nulla.

Me pondría el bañador, pero prefiero no hacerlo y llegar con la piel descubierta. Me ne vado senza guardarvi! Soltanto vorrei un po' dell'acqua freda. Però, non saltare con me, devo fare qualcosa da sola...

Salto y el frío del chapuzón despierta los sentidos. Già non siete più qui con me nell'acqua. E vi ringrazio perche allora posso pensare. ¿Queréis respuestas? Anch'io!

Dadme sol, dadme agua, dadme tiempo, datemi dello spazio, datemi dei baci nel viso, nel cuore nell'anima...

Ma, Mondo, lasciami.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Ya está. Buenas noches y hasta pronto

No importaba que llevara no días ni meses, años, preparándome para este momento: la muerte siempre nos pilla por sorpresa.

Con un simple "ya está" supimos que te habías ido. Y aunque no ha pasado ni una semana, sigo con la impresión de que todo pasó ayer mismo, o esta mañana incluso. Si, eso es, fuimos esta mañana todos en silencio en el coche. Miraba yo al oeste, y aunque nadie más parecía fijarse, yo sé que era tuyo, era tu atardecer. Era el atardecer más bonito que he visto en mi corta vida. A su vez, el silencio era ensordecedor, propio de un día nevado de invierno, no de finales de agosto. Y al llegar al destino nos invadió una oscuridad cálida y aquel silencio aturdidor quedó roto por nuestras miradas de desolación.

Te ví entonces sentado al borde de la piscina, con tu sombrero de tela embutido hasta las orejas, con el pantalon corto arremangado de aquella forma tan graciosa, leyendo a la sombra de los pinos tu ABC. Y las lágrimas acudieron a mí como imanes al verte a la vez en aquella cama blanca y blanda, dormido para siempre. Estabas después con Patricia, con Miguel, con Juana y conmigo en la mesa de piedra, sacabas un martillo y la bolsa de las almendras y piñones, y nos enseñabas a partirlas sin que se rompieran. Y a la vez caían mis lágrimas del tamaño de los piñones que partíamos en aquella mesa. Y mientras miraba tu cara tranquila, te recordé sentado en aquel banco de la Plaza de Chamberí sonriendo al vernos salir de una tienda la primera vez que compré algo, con las 100 pesetas que me diste.

En fin, he visto el humo, he contemplado el polvo, he llorado la sal y atesoro el recuerdo de tí. Hasta pronto, Abuelo Guimo.

martes, 9 de octubre de 2012

Carbeleño

Cuando volví a Carbel aquel año, pocas cosas habían cambiado. La tía María seguía con su huerto y su pozo, el kioskero de la plaza seguía vendiendo "La Marmota" y las misas de los domingos por la tarde se sucedían de semana en semana.

El problema era que yo había crecido. Pasé toda mi infancia en la capital, y sólo en los veranos iba a Carbel a ver a toda la familia. Y yo tenía otra visión del mundo: conocía las carreteras comarcales, había vivido en otras ciudades del país, había ido al extranjero, sabía idiomas, conocía otras opiniones... y en Carbel todo seguía igual: la valla del señor Roberto estaba igual de rota, mis primos seguían yendo de excursión al caño del colmenero, se seguía hablando el dialecto de allí y seguían empeñados en que Carbel era el mejor pueblo del mundo.

Y yo... ¡Pues claro que sí! Carbel era el mejor pueblo del mundo. Una alegría me inundaba el pecho cada vez que cruzaba el cartel de bienvenida, todos los años acababa con un nudo en la garganta por la emoción de ver los fuegos artificiales de las fiestas de Carbel, y para mí el camino del caño era uno de los paisajes más bellos que había visto nunca. Pero aquel año yo había crecido, y ya no era el niño que bajaba a comprar helados en pantalones cortos con mis primos a la hora de la siesta; llevaba tres años en la universidad y el mundo se iba descubriendo ante mí como un concepto complejo y, en ocasiones, doloroso.  

Estaban raros, los carbeleños empezaban a exagerar con aquello de que Carbel era la mejor patria del mundo. Quizá siempre fuera así, pero hasta aquel año no me percaté de la insistencia del pueblo en el tema, mis familiares soltaban comentarios aquí y allá, y hasta el alcalde había comenzado la campaña de "Carbel hasta el infinito" como forma de promover el pueblo. El problema era que no se trataba de una mera promoción, la campaña tenía un punto de desprecio por lo ajeno a Carbel. Sin embargo, yo no le dí importancia, porque yo era uno de ellos al fin y al cabo, y Carbel era el pueblo más bonito del mundo.

-Pero es que tú no eres de aquí- me dijo mi prima Mabel tímidamente cuando volvíamos todos esa tarde de ver la feria.
-Sí soy de aquí- le respondí yo muy tranquilo.
Ante mi respuesta se rieron un poco los demás.
-Hombre, carbeleño, carbeleño, no eres, Guille. No hablas el dialecto.- dijo Joaquin.
-Ni vives aquí- añadió Alberto.
Era cierto, no vivía allí durante el año, ni hablaba bien el dialecto; pero en los últimos cuatro años me había esmerado mucho y practicaba sin descanso con el tío Javier en la capital, por no mencionar que me conocía el pueblo casi tan bien como ellos y también tenía una casa, y unas raíces -ellos- con las que identificarme.
-Bueno, ¿Y si viviera aquí siempre, sería carbeleño?- les pregunté esperanzado.
-Pues eso sería interesante- empezó Sara dándome esperanza- pero igualmente, fíjate en mi abuelo Romero, lleva tooooda la vida en Carbel, pero no habla ni una palabra del dialecto; por eso, siempre ha sido, y siempre será de Villaconejos de Arriba. Por mucho tiempo que viva aquí y por más que esté casado con la abuela Adela.-
-Es verdad, hasta el alcalde lo decretó en la última ley de censo municipal.-
-Mira, Guille, requisito imprescindible...-

No volví a hablar en toda la noche, y quedé con aire apenado. Muy apenado. Me habían echado de su lado, me habían denegado un sentimiento. Puesto que ¿Qué es el nacionalismo sino un sentimiento? Eso decían los europeos del siglo XIX cuando revindicaban la formación de naciones importantes como Alemania o Italia, un sentimiento puro y duro que les unía a todos. Un amor a un territorio, a unas costumbres y a un idioma. ¿No contaba para nada que mi familia, mis orígenes estuvieran en Carbel? ¿El esfuerzo por aprender el idioma no importaba si no se llegaba nunca a dominar? El suelo desapareció bajo mis pies esa noche, ¿Qué clase de movimiento que instigaba la exclusión estaba promoviendo el alcalde con su legislación? Porque si bien hay muchos males en el mundo, el pecho se desgarra y no sana jamás cuando uno se convierte en un "sin tierra". Y eso me habían hecho a mí, me excluían de Carbel, me arrancaban de mis raíces y me denegaban un sentimiento.

Llegó a tal extremo la vanidad de mis bienamados carbeleños, que llegado el momento, el pueblo no quiso saber nada más del mundo exterior; se llevó a cabo un proceso de independencia y prosiguieron con sus vidas, aparentemente más contentos. Dos días después de la proclamación de la República de Carbel, llegó una carta oficial a mi casa con la firma del alcalde: se me concederían -si así era mi deseo- un pasaporte y la doble nacionalidad. Mas con el alma sangrando nostalgia y desengaño rompí la carta, ¿para qué quería lo que me pertenecía por derecho, si jamás lo reconocerían quienes más me importaban?

jueves, 27 de septiembre de 2012

El mapamundi

Al comenzar aquel año bajé el mapamundi  del altillo. Sí, el mapamundi-lámpara que encendíamos Guillermo y yo cuando éramos pequeños antes de ir a dormir porque nos daba miedo la oscuridad. El caso es que lo limpié de polvo y lo hice rodar un par de veces, para ver sí aún podía seguir dando vueltas; y tras quedarme mirándolo un rato, lo dejé aparcado en la mesita donde solía estar, al lado de la litera.

En realidad yo buscaba "no más clavos" para pegar el respaldo de una silla que se había desajustado, y fue entonces cuando lo vi ahí en la esquina del altillo, lleno de polvo y apagado. Me acordé del tiempo aquel en que dormíamos mi hermano y yo en las literas, y supongo que fueron la nostalgia y el romanticismo los que me hicieron bajarlo de ahí.

Me fijé en que la geografía política estaba caducada, porque aparecían Yugoslavia, y otra serie de países que ya no existen en este mundo... pero tampoco le presté la menor atención en los días sucesivos al pobre mapamundi... hasta que me regalaron el cuaderno.

El tío George y la tía Giulia sabían que me encantaba viajar, y vinieron una tarde a casa con un paquete marrón. "Para tí, Poppy, ya es hora de que des una vuelta." Me dijo mi tío guiñándome un ojo al tiempo que yo abría el paquetito. ¡Otro cuaderno de viaje! Vacío y listo para poder pintar y escribir en él. ¡No había nada en el mundo que me pudiera hacer más ilusión que un cuaderno para escribir las vivencias de mis viajes! (Bueno, quizá el helado de trufa de la heladería de mi calle, pero esa no es la cuestión.)

¡Viajes! Si, ¿pero qué viajes? Si yo no tenía nada planeado, y no hacía tanto tiempo que había estado fuera... Entonces levanté la vista y ví el mapamundi. Se habían ido mis tíos hacía un buen rato, y era ya tarde; empecé a mover los dedos de los pies, como siempre que me pongo nerviosa, y mientras me aguantaba la risa emocionada me acerqué al globo. Le dí impulso para que girara, cerré los ojos y lo paré con un dedo. En Florencia, el dedo había caído en Florencia.

¡Vámonos a Florencia!

jueves, 29 de marzo de 2012

Un cambio, una pausa

Me he cansado de mirar por la ventana y ver siempre lo mismo. 

Mentira. En realidad sí que podría seguirlo haciendo, pero en el fondo quiero un cambio, una pausa. 

Quiero levantar las persianas, abrir las contraventanas y ver que mi casa se ha marchado a otro sitio. Me sirve Roma, me sirve el mar, me sirve el modernismo y me sirve el lejano oeste. Todo me sirve. Pero no quiero ver "la plaza de los niños", no quiero pasear por mi calle, no quiero tomar más el sol sobre el baldosín catalán de la terraza y no quiero acercarme a ver cómo están las acacias de la Castellana...

Mentira. En realidad sí que quiero hacerlo, pero en el fondo exijo un cambio, una pausa.

Quiero hacer fuego en el campo, quiero que me llueva, que diluvie; quiero ir en pantalones cortos y con sombrero, quiero tumbarme en la hierba y que luego me pique todo el cuerpo por la urticaria... quiero ver otra ciudad, quiero conducir, quiero estar en casa... sentirme en casa, en mi otra casa. Quiero tomar helados que no sean de Palazzo, quiero llevar las gafas de sol en una ciudad que no sea Madrid, quiero que me hagan reír a carcajada limpia. 

Mentira. En realidad podría seguir con los helados de Palazzo y paseando por la Gran Vía, pero en el fondo quiero un cambio, una pausa.

Adoro esto. Siempre lo he adorado, es verdad, pero quiero nuevos aires para poder seguir escribiéndo sobre lo mucho que me gusta mi ciudad... No me lo tengas en cuenta, Chamberí. Estaré de vuelta pronto poniéndote en una nube.

viernes, 9 de marzo de 2012

En el vacío

Pocas veces siente eso.
Demasiadas cosas le pasan a la vez. Todas muy dispares.
Y no sabe a qué atenerse. Qué requiere mayor atención. No sabe qué hacer. Tampoco es tristeza, es... simplemente intenso.
Miedo, en grandes dosis. Alegría, en menor cantidad, pero presente. 


No lo sé, no lo sé, no lo sé... En fin, no sé qué va a pasar. Sobre nada.

martes, 21 de febrero de 2012

Esperando

Poppy está apoyada en la pared de la casa, parece que está posando para alguna foto. Lleva esos pantalones largos tan pegaditos y un jersey, también largo, de lana que parece abrigado. Mira a algún punto en el infinito y sonríe un poquito. Pero no está posando, Poppy vive posando: en el metro, en el bus, caminando a casa, estudiando... Poppy posa. Posa desde que en el jardín de "trencadis" le decían que sonriera con los dientes mellados a la cámara de su abuela. 

Tiene puesto -además de la cazadora negra- el gorro gris de lana, tan desenfadado. Y las gafas de sol, porque no puede con la fotofobia que le da el sol mañanero, le dan un aspecto curioso, como si no fuera de aquí. Hoy es unos centímetros más alta que de costumbre... cuestión de zapatos.

Todo está en su sitio, hasta el mechón castaño oscuro que le invade la cara empujado por el viento. Y en la cartera de treinta años de edad lleva libros y papeles. Algún exito de algún roquero que esté a punto de extinguirse suena en los auriculares que lleva Poppy en los oídos. Y muy quieta, sigue ella posando en la esquina de la calle. En la foto se olería el perfume de Poppy, el de siempre, ese tan particular que cree estar empezando a segregar de forma natural...

Y justo cuando el objetivo se debería cerrar para pillar a Poppy parada por siempre, llega él. "Perdona, Poppy, que llego tarde". Poppy cambia su pose: sonríe, se separa de la pared y sube la calle acompañada.

lunes, 30 de enero de 2012

Tan cerca

Como aquel marzo lluvioso en que escribí sobre el verano, ahora os veo saltando en una playa catalana. No dormimos y almorzamos a horas disparatadas. Sonreís todo el tiempo y parece que serán mil días así.

Os veo deambular por la era, bajar por las Ramblas y desaparecer tras el Stroika... os veo tan cerca como si estuvierais ahora mismo en mi salón. ¡Qué tiempos aquellos! Cuando parecía que había llegado el fin del mundo y que después de todo lo vivido no habría nada más.

En ocasiones echo de menos esos días. Supongo que es ese aura de romanticismo que rodea todo lo pasado. ¿Repetimos?

sábado, 7 de enero de 2012

Casa callada

El mismo lugar que un día significó mi hogar, mi cárcel, cuyas paredes también me dieron calor y sombra...
Hoy está vacía. Silenciosa. Sola. No importa a qué volumen ponga la música o cuántas lámparas encienda: está callada y oscura. Quieta, parada.

El pasillo largo largo parece la entrada a una caverna; el salón, unusualmente ordenado, da la sensación de que el lugar ha permanecido así desde siempre...

Sería divertido teneros aquí de vuelta. Charlaríamos y nos contaríais todo. La convivencia volvería a ser mucho más fácil, y el teléfono dejaría de sonar cada dos por tres. 

No tendría que hacer malabares para arreglar encuentros y horas de estudio.

En cambio estoy aquí, en mi casa callada, con las luces encendidas, y las música a todo volumen. Conversando con la soledad, pasando el rato.

martes, 20 de diciembre de 2011

M'Anita

¡Ay Salzburgo! ¡Qué alegría haber ido a allí!

Cuando Anita me llamó por teléfono para contármelo no me lo podía creer: "Poppy, ¡Me han dado la beca! ¡Me voy para allá!" Era genial, se iba a hacer lo que siempre había querido: tocar el oboe. Y se me iba al mejor lugar al que podía ir. La iba a echar mucho de menos, pero era una oportunidad única.

Caminaba por las callecitas empedradas tratando de no resbalarme con el hielo y la nieve aplastada de la acera, y pensaba en la cantidad de veces que nos habíamos planteado el porvenir. Chamberí estaba lejos en el espacio y en el tiempo, pero de igual manera en mi cabeza se mantenía nítida la imagen de dos chicas que comentaban miles de problemas -o mejor dicho, tonterías- en un escalón de un portal serio.

Llegué al café dónde me había dicho que la esperara: el Café Mozart. Se trataba de un edificio del siglo XIX de ventanas amplias y con ornamentos dorados en la fachada. La verdad es que esa ciudad era maravillosa y desde el momento en que me bajé del avión tenía la certeza de haber llegado a un sitio especial. Me senté en una mesita de mármol de cara al interior del local y me distraje mirando los delicados frescos de las paredes.

-¡¡Poppy, ya estoy aquí!!- me gritó una voz a la espalda.
Me giré y la ví con su conocido gorrito de lana de dibujos en zigzag y con la bufanda tupida que le cubría gran parte de la cara, dejándo sólo visibles las dos mejillas coloradas por el frío y la nariz.
-¡M'Anita, en serio, qué ganas tenía de verte!- Nos abrazamos con mucha fuerza, como para partirnos las costillas, pero estábamos francamente ilusionadas de vernos... era de esperar.
-Cuánto tiempo hacía que nadie me llamaba M'Anita..-

Había sido su hermana pequeña Almudena la que empezó a llamarla así. Era una mezcal entre "Mi Anita" y "Hermanita". Y así se quedó en el cole también.

-Bueno, cuéntame. ¿Cómo te va todo esto? ¿Oboes? ¿Nieve? ¿Alemán? ¿Austriacos?- Añadí riéndome.
Se fue quitándo el abrigo y el gorro mientras se reía con mi broma y ví que se había hecho una permanente y ahora llevaba el pelo muy cortito.
-Bueno, me tomo las cosas con calma- Apareció un camarero de punta en blanco y en un perfecto alemán, M'Anita le pidió dos chocolates- Ya sabes, aquí hay muchas cosas, y hay que aprovecharlas. Pero Madrid... ¡Es mucho Madrid!.- Dijo guiñandome un ojo.
-¡¿Y la perm?! Madre mía, poquitos meses fuera parece que estuvieras en la peli de "Grease".-Nos desternillamos de la risa, y una señora gorda que estaba en la mesa de al lado nos puso mala cara.
-Ya sabes, ahora puedo hacer lo que siempre había querido-Me miró con complicidad y acto seguido se atusó el pelo con la mano izquierda como hacían las modelos del siglo pasado: poniendo la mano hueca y empujando la melena con suavidad de abajo a arriba. Ambas comenzamos a reirnos de nuevo sin poder evitarlo.
 Pasamos toda la tarde en el café. Y los clientes fueron cambiando, y cuando ya se había ido el sol y los copos de nieve volvían a caer sobre Salzburgo, salimos del local.

-Bueno M'Anita, espero que me avises con tiempo sobre cuando vuelves a Madrid.-
-Bah, descuida, Poppy, si sólo me falta cerrar las maletas.-Se rió -En tres semanas estoy allí otra vez.-




Tras otro abrazo (altamente perjudicial para la columna) tomó el tranvía 41 y se perdió en la noche austriaca mientras que yo paseé hasta mi hotel donde me esperaba una tarta sacher de otra ciudad austriaca cercana.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Lynn

Tendría unos 15 años, el momento de ser idealistas, de querer cambiar el mundo, de comenzar a pensar en el futuro... Siempre he estado muy concienciada con el peso de la mujer en la sociedad actual, y para mí nunca fue una opción casarme y dejar de trabajar. Esas cosas se inculcan desde la cuna. Tampoco soy de esas chicas que deciden vivir entorno a su novio. Ni lo quise ni lo fui.

Pero volviendo a esos 15 años: clase de biología, la teoría celular, la endosimbiosis. Lynn Margulis. Fue gracias a mi profesora de biología que apareció este personaje por primera vez en mi vida. Una mujer que llevaba trabajado toda su vida de una manera incansable. No sólo era un ejemplo a seguir por sus descubrimientos o por el interés que despertaban sus teorías en mi... si no porque era mayor, trabajaba y era mujer. (Muchos empezarán a defender la idea de que ya se acabó la era de la desigualdad, que este tipo de predisposiciones sólo conducen a provocar una discriminación positiva -con la que tampoco estoy de acuerdo-, pero yo me limito a decir: aún no se ha conseguido).

Fue en ese momento que se convirtió en mi ídolo, mi ejemplo. Cambié varias veces de idea, y finalmente decidí dedicarme al mundo de las finanzas y la economía, y adopté la idea (con mucha humildad, y sabiendo que debía ser tomada una utopía) de ser una Lynn Margulis... en económicas.

Estando este personaje en la cumbre de mis consideraciones, fui a verla a una conferencia. Avatares de la vida, meras coincidencias. La mejor conferencia a la que he asistido hasta el momento. Margulis quiso dar su charla en castellano (pese a que no era su lengua materna), pero la comisión organizativa no se lo permitió, y con un acento muy gracioso nos pidió disculpas a todos.

Es curioso, la gente admira a cantantes, famosos, actores y demás personajes públicos... A mí me gustan los científicos.

Ya intenté hace unos días dedicarle 140 caractéres al fallecimiento de Margulis. Una tarea demasiado arriesgada, y por eso me extiendo aquí. Una pena recorre el espinazo cuando la noticia llega a los oídos. Se recuerdan los ideales que habían quedado enterrados hacía ya un tiempo. Y se mira al frente deseando no olvidar porqué estoy donde estoy. Esperando una señal.

Echaré de menos tu ejemplo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Confesiones

Me senté con Fadrique al borde de la balsa y se lo confesé todo. Ya no hacía ese calor de verano tan agradable, ahora el cielo estaba gris; gris como las palomas, un gris sucio. Llevábamos los dos sendos abrigos marrones y las bufandas rojizas que tejió Vicenta para nosotros, los mayores. Y él con su mano protectora jugaba con el agua verde y con las carpas curiosas que se le acercaban de entre las algas.

Le conté a Fadrique cómo habían sido las cosas: cómo había empezado todo una tarde tonta y fría y una noche lluviosa, cómo habían ido cada una a su ritmo -muy rápida y muy lenta- y cómo habían llegado al punto actual.

Se lo conté todo muy seria, con ese semblante que se me pone cuando algo me ronda la cabeza un tiempo y él me arropó con el brazo y me dijo que no me agobiara. Un pato llegó en ese momento a la balsa y sin pensárselo dos veces se zambulló por completo.

-Escríbelo- me dijo. -Escríbelo todo. Todo lo que me has contado a mí, cuéntaselo al papel, y cuando hayas acabado, léelo y piensa bien todo lo que ha pasado.-

Así pues entré en casa, le pedí prestado a César una de sus hojas amarillas de cuaderno y me puse a escribir: hablé del pasado y del presente, de cómo cómpetían y se complementaban... y vomité todo lo que tenía guardado. Sirvió para reflexionar. Intenté pensar en el punto de inflexión, ¿Cuándo se había desequilibrado la balanza? ¿Quién había tomado la decisión? ¿La cabeza o el estómago?

Y me dí cuenta de que no tenía dudas. Una de las opciones había muerto; muerto como cuando se muere un libro al llegar a la última página. No había sido el tiempo, ni los kilómetros, ni nada... se apagó cómo cuando una bombilla se funde. Fue como uno de esos fines de semana que nos llevában a los cinco a esquiar: volvíamos a casa cansados, tras dos días muy intensos... pero habían sido dos días al fin y al cabo.

Parecía que el recuerdo del pasado destruía el presente. Esa fue mi conclusión. Y a la mañana volví a hablar con Fadrique junto a la balsa. Esta vez llovíznaba, pero al igual que el día anterior, las moreras seguían sin hojas.

-Eso es- Me dijo- ¿Ves cómo mi consejo funcionó?- Miré a mi hermano sin comprender muy bien, pero esperé a que prosiguiera -Ya lo tienes escrito, déjalo marcharse de tu cabeza. Es momento de que mires y veas lo que está pasando. Pero cuida tu recuerdo y ponlo a salvo en una vitrina de la memoria, no hay porqué tirar el bagaje que llevamos. Es cómo los álbumes de fotos de Vicenta, no se puede vivir en ellos, pero nos enriquecen.-

Mi hermano me sonrió con dulzura y volvió a entrar en casa con aire desenfadado. Yo miré mis apuntes perpleja. Y entonces entendí qué tenía que hacer: los releí con la ternura del recuerdo, y tras hacer un barco de papel con todo el primor que pude, con la determinación del momento puse el barquichuello en la balsa y lo dejé hundirse mientras la tinta campaba a sus anchas por el papel y los restos quedaban para siempre en el fondo de mi estanque.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mis veinte niñas

Tengo veinte niñas... y tengo miedo.

Llego a la clase, cargada de energía, como todos los lunes "Hello girls! How are you?" Todas me responden con gritos y alboroto (cosas de los seis, los siete y los ocho años). Paso lista, y SIEMPRE hay alguna que falta. Envío a las más responsables al patio a buscar a las desertoras. Y con el resto me voy a clase.

Todas sonrientes, animadas, con los "babys", las faldas los calcetines azules y el polo del uniforme. Y sin que me vean, sonrío pensando en que escasos diez años atrás yo estaba en su misma situación. Es como mirarse en un espejo y ver el reflejo de uno mismo algo distorsionado. Pero el concepto es el mismo.

Se mueven como si fueran bolos de una bolera: sin orden ni concierto y a pasitos cortos, todas bajitas riéndose de cosas que yo ya no entendería y extasiadas con la clase.

"Drama club, girls, drama club" Les digo. "Pero teacher, is it Drama class o Drama club?" me preguntan las más avispadas. Ahora hacemos un círculo ¡Imposible que se callen! Una interpreta en el centro ¡Belén, no hables más con Aurora! Y claro, pese a lo mucho que me duele, como no se calla tengo que echarla de clase... ¡Y aún así es que a la mínima se revolucionan! "Gestures, girls, gestures" y todas se vuelven como locas y comienzan a hacer como si tocaran una pared invisible con sus manitas mientras gritan desaforadas: "¡¡Mimos, mimos, mimoos!!"

No debería reírme y seguirles el juego, pero es graciosísimo verlas. Y pese a lo cansada que llego a casa, preparo la clase del día siguiente con ganas.

No sé a dónde nos llevará todo esto, pero le estoy poniendo mucha ilusión. Y espero que mis veinte niñas acaben por bordar su personaje en la obra de navidad, bueno, no voy a ser tan avariciosa: me conformo con que se lo pasen bien (y que lo borden en junio).

miércoles, 25 de mayo de 2011

Ramiro

Entré con unos pantalones pitillos negros, una camiseta blanca y unas sandalias romanas.

Sería un 15 de septiembre, no lo sé. Y nos conocimos. No es que fuera un amor a primera vista; de hecho, al principio me agobiaba todo aquello: enorme, serio, multitudinario... diferente. Diferente de mi vida anterior, no era un corte rotundo con todo, era una continuación; era como si vivieras toda tu vida en una casa y un buen día descubrieras que había una habitación más. Una habitación enorme. Y así es cómo nos conocimos.

Dos años de relación, es bastante. De los mejores de mi vida (hasta ahora). La política, la profundización en la biología, el conocer a gente nueva maravillosa... todo esto junto a tí. Para mí comenzaron las fiestas, los agobios serios, nuevas jergas. Desde halloween hasta Budapest, desde el coste de oportunidad (algo que me alegro de haber arriesgado) hasta las derivadas. He de decirte también que me lo has hecho pasar mal también (ya está perdonado), noches durmiendo pocas horas pensando en qué pasaría al día siguiente cuando volviera a tí. Pero también fiestas inolvidables, viajes y excursiones... Y en todas partes con ese "algo" tuyo.

Me da pena marcharme, que nos separemos. Me has dado tú a mí mucho más de lo que he podido yo aportarte a tí (otro expediente y algo más de historia). Y se me hace raro encontrarte todas las mañanas de mayo ahí parado, serio y grande... pensando que ya no es lo mismo, que un día triste de abril me conciencié y te dije adiós; supe que ya no volvería a verte como te veía antes.



Y salí de tu vida con unos pantalones pitillos negros y una camiseta blanca.

lunes, 25 de abril de 2011

Nostalgia a los... al poco rato

Cada viaje es diferente, de pequeña lo vivía como si fuera otra vez Navidad -pero con 30ºC a la sombra- era montarse en un coche y saber que hasta que pasaran muchas horas no iba a salir; pero que cuando saliera, vería el mar, y la casa, y el árbol, y la colina y la era. Era una euforia incontenible que aparecía en una personilla todos los años desde que tenía 5. Son muchos los recuerdos de aquella época. El primer libro que realmente disfruté lo leí subida al magnolio, recuerdo que cuando fui a bajar de mi "salón de lectura" se me resbaló el libro y desde entonces conserva una bonita mella en el lomo.
Se podría considerar un hito muy importante el año que mi tía murió, yo tendría unos 10 años y fuimos a pasar un fin de semana de pleno invierno a la casa. ¡Cuál fue mi decepción al ver que no había nadie! Las moreras, que en otras épocas más cálidas exhibían unas hojas lustrosas, no eran más que ramas retorcidas y tristonas; que no había flores en el jardín... pero sobre todo, que no había nadie allí para recibirnos. Ya no estaba mi tía, no estaban mis primos ni mis avis*. Nadie más que nosotros cuatro. De pronto mi paraíso dejaba de ser un lugar estático que permanecía inmutable incluso cuando yo no estaba, ahora era un sitio al que también le afectaba el invierno, la sequía y demás factores... era un lugar mortal.

Superada aquella antigua concepción y un pequeño bache que duró un par de años las cosas rodaron solas.
Fue el cambio; tras la muerte ya mencionada, la vida en  la casa no fue lo mismo. Dejaron de venir los familiares a pasar allí el verano, y aunque sólo se habían mudado a la casa de enfrente se nos hizo extraño a todos la relativa lejanía.


Las visitas se fueron haciendo más frecuentes, pese a la paliza de recorrerse 660km cada vez. Se recuperó el ambiente, la chispa de antes. Crecí en esa casa, aprendí a conducir en las calles de ese pueblo y descubrí muchas cosas. He conocido gente, he aprendido un idioma... he llegado a las raíces.

¿Cuántas veces habré preguntado por el pasado, por los vínculos, por anécdotas y por personas? Seguramente muchas. Con la ilusión de llegar allí y poder entender, de diluirme con el ambiente. Porque lo parezca o no, es mi ambiente. Y esta última vez... la visita ha vuelto a ser diferente, como en todos los viajes. Una sensación de empezar a controlar la ciudad, de saber llegar a los sitios (no como sabría recorrerme todo mi Madrid, pero algo que se le parece). Volvía en el tren después de una noche de no dormir mucho y de una mañana soleada y de viento. No fui mirando al mar, miré las casas que encaran el Mediterráneo desde la costa. Y mientras tanto pensé en lo que me quedaba en casa por hacer, en el cambio de los últimos meses, en la pena que daba dejar la brisa salada, la zona y la gente... Y también pensaba en la herida de nostalgia que no la cura más que un viaje.

Imaginé otra manera, el que las cosas hubieran sido distintas; no con fastidio sino con optimismo, con ganas de volver y de tener más historias para contar.

 

*Abuelos