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miércoles, 27 de enero de 2016

Lo prometo

-Prométeme que no volverás a pedir más de lo que sabes que no puedes pedir.

-Lo prometo.

-Bueno, en un rato lo volverás a hacer, pero al menos serás consciente de que las cosas son así y así se quedarán. La frustración no es una opción. Bien.

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Yo a ti no te debo nada. Y tú a mí tampoco. Finito. Con calma y sin enrevesar las cosas. ¿Para qué? Tenía que darme igual desde hace mucho, pero bueno, mejor ahora que jamás. Ahora es una mosca que vuela cercana y su zumzum no molesta. Antes daba miedo: si abríamos la venta la mosca podía estamparse contra una pared. (...) No, no es una buena metáfora. Tampoco importa, estamos borrachos. Sobre todo yo. Literalmente.

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Prometo tener las cosas claras. No me importarán las nimiedades. Ahora sólo va a pasar una vez (por eso escribo "sólo" con tilde, la vida consiste en eso) y hay que aprovecharlo. Tienes razón, cuando soy liviana todo es muchísimo mejor. Y os veo más. Y los dolores duelen menos. Y las noches son más claras y los días más justos.

Gritaría todas las cosas que salen de ideas que intento acallar. Todos tenemos miedos. Todos los gestionamos de mil maneras distintas. Distintas como son las caras que tenemos al salir a la calle cada día de nuestra vida. Y como hace demasiados meses que no me siento callada a mirar al infinito durante veinte minutos tomando consciencia de esos miedos, y esas caras, y esas peticiones vitales que habitan en lo más hondo, profundo y secreto de mi ser...


...me voy a la cama. Lo prometo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Guardo sólo lo que yo quiero

Yo iba en un tren sin maquinista,
mi barco irremediablemente se me hundía
y los mandos de mi avión estaban rotos.
 
¿Dónde están los días que no llegan?
 
Caminaba descalza por gravilla, y mis pasos lloraban silencios de meses y meses. Entendí el vacío del espacio, y rellenasteis lo restante con explicaciones. Nadie y todos tienen culpa: c'est la vie.
 
¿Dónde está la calma que pedía al principio del principio?
 
Corría ladera abajo sin control, y un manto azul y siete estrellas me miraban caprichosos. ¿Volveremos a encontrarnos algún día? En un pedazo de cuero guardo sólo lo que yo quiero. No sabemos dónde estamos, pero no importa porque no paramos de movernos; quizá cuando me detenga a respirar consulte el mapa, pero por ahora queda aire en mis pulmones: P A R A  G R I T A R lo que me apetezca.
 
¿Dónde guardas el apetito de mundo?
 
No sé hacia donde voy, ni hacia donde vas, ni hacia donde vais... pero espero veros por el camino. La vida nos depara muchas cosas: más de cuatro soles y menos de cien mil heridas. Y lo que tenga que ser será, siendo imposible saber si le era posible ser otra cosa.
 
Abrochaos el cinturón, porque he tomado el mando en la locomotora; ayudadme a achicar el agua en este bote, y recordad cómo se abre un paracaídas.

sábado, 28 de junio de 2014

Lasciatemi guardare il Mondo

Fa un caldo torrido, y no puedo respirar... andare in piscina forse sia una buona idea, no?

Me asomo desde la puerta al jardincito, y me miráis desde cada extremo. Ed io non posso decidere, non vi posso dire nulla.

Me pondría el bañador, pero prefiero no hacerlo y llegar con la piel descubierta. Me ne vado senza guardarvi! Soltanto vorrei un po' dell'acqua freda. Però, non saltare con me, devo fare qualcosa da sola...

Salto y el frío del chapuzón despierta los sentidos. Già non siete più qui con me nell'acqua. E vi ringrazio perche allora posso pensare. ¿Queréis respuestas? Anch'io!

Dadme sol, dadme agua, dadme tiempo, datemi dello spazio, datemi dei baci nel viso, nel cuore nell'anima...

Ma, Mondo, lasciami.

martes, 12 de noviembre de 2013

Como si fuera para mí

Pegué un bote en la cama y me apretujé contra el teléfono en cuanto oí tu voz:
-¡Hola!
Era sólo un "hola", pero dicho en un todo muy agudo y cantarín. Hacías el tonto y a mí me hacías reír aunque no quisiera.
-Tengo noticias.- añadiste.

Me contaste que por fín lo habías encontrado: era la siguiente pista en tu camino hacia el futuro. Era un cordelito de lana que había que seguir, y aunque tú intentabas quitarle hierro al asunto, yo sabía que era justo lo que necesitabas. 

Ese sitio tenía tu nombre y tus apellidos como carta de presentación, pero en el fondo ¿Qué más daba cómo fuera en realidad ese proyecto? Lo importante era que te daría esperanza, te demostraría que había mil sendas maravillosas ahí fuera que te estaban esperando, te insuflaría el aire renovador de las ilusiones. Y sería el siguiente peldaño en la escalera hacia... bueno, hacia donde quisieras tú.

Me alegré tanto que no sabía cómo hacértelo ver. Parecía que la que se iba  Lausanne era yo, y supongo que eso estaba relacionado con el hecho de que habíamos empezado a ser un mismo ente, sin darnos casi cuenta.

-Es... es... ¡fantástico!- y mi cabeza pensaba en qué te escribiría después, porque en ese momento me embargaba una felicidad explosiva.
-Me están llamando a cenar, amor...-
-Sí, yo igual. Parliamo dopo, caro mio ¡ciao!-

jueves, 5 de septiembre de 2013

Ya está. Buenas noches y hasta pronto

No importaba que llevara no días ni meses, años, preparándome para este momento: la muerte siempre nos pilla por sorpresa.

Con un simple "ya está" supimos que te habías ido. Y aunque no ha pasado ni una semana, sigo con la impresión de que todo pasó ayer mismo, o esta mañana incluso. Si, eso es, fuimos esta mañana todos en silencio en el coche. Miraba yo al oeste, y aunque nadie más parecía fijarse, yo sé que era tuyo, era tu atardecer. Era el atardecer más bonito que he visto en mi corta vida. A su vez, el silencio era ensordecedor, propio de un día nevado de invierno, no de finales de agosto. Y al llegar al destino nos invadió una oscuridad cálida y aquel silencio aturdidor quedó roto por nuestras miradas de desolación.

Te ví entonces sentado al borde de la piscina, con tu sombrero de tela embutido hasta las orejas, con el pantalon corto arremangado de aquella forma tan graciosa, leyendo a la sombra de los pinos tu ABC. Y las lágrimas acudieron a mí como imanes al verte a la vez en aquella cama blanca y blanda, dormido para siempre. Estabas después con Patricia, con Miguel, con Juana y conmigo en la mesa de piedra, sacabas un martillo y la bolsa de las almendras y piñones, y nos enseñabas a partirlas sin que se rompieran. Y a la vez caían mis lágrimas del tamaño de los piñones que partíamos en aquella mesa. Y mientras miraba tu cara tranquila, te recordé sentado en aquel banco de la Plaza de Chamberí sonriendo al vernos salir de una tienda la primera vez que compré algo, con las 100 pesetas que me diste.

En fin, he visto el humo, he contemplado el polvo, he llorado la sal y atesoro el recuerdo de tí. Hasta pronto, Abuelo Guimo.

domingo, 24 de marzo de 2013

La Guerra

-Mi capitán, ¿cómo vamos?-
-Cabo, reúna a la tropa, es posible que necesiten una charla...-
-Si señor, enseguida. ¿Cree que sobrevivirán?-
-Tiempos difíciles se avecinan, Cabo, pero nada es imposible. ¿No se lo dijeron en la Academia?-
-No señor, me educaron en casa.-
-¡Vaya hombre! Haga el favor de llamarles, ande.-

Cuando todos los soldaditos se hubieron reunido en torno a la tienda del Capitán, éste les invitó a sentarse en círculo y los obligó a tomarse de las manos.

-Sé que no se llevan bien, ustedes. Sé que no tienen intereses comunes, que desean obtener condecoraciones y que creen que cada uno es mejor que los demás. No puedo hacer que se lleven bien, no puedo determinar quién es el mejor de ustedes, ni me importa lo más mínimo. Pero también sé que son hombres de coraje que llevan algo grande en su interior. Y todos y cada uno de ustedes son imprescindibles e inigualables. Quiero que recuerden esto último especialmente bien. No habría sido posible nuestra última victoria si nadie hubiera volado el puente, si nadie hubiera distraído la vanguardia enemiga, si nadie hubiera cercado la retaguardia... Callemos. Callemos, compañeros, que no subalternos, un minuto por aquellos de nosotros que ya no están. Callemos por nuestras familias, a la espera de noticias, a la espera de un lugar libre donde vivir. Callemos por los enemigos, que no saben aún de nuestras pesquisas, que serán hombres, como nostros, y que por algún desagradable plan del hado, están destinados a morir a nuestras manos... Callemos, y pensemos en el horror al que estamos sometidos, en las atrocidades que cometimos, que cometemos, que cometeremos. Callemos, confiando en que con nuestros actos lograremos nuestros fines bondadosos... pese a las enseñanzas de aquel que dijo que "el fin no justifica los medios". Callemos, y no pensemos en las vidas que acabarán y en las familias que quedarán mutiladas mañana por la mañana... Callemos, caballeros.-

Miraron todos al suelo, a la arena pisoteada del campamento y siguieron tomados de las manos. Y pasados unos instantes, el Capitán se levantó y les dijo.

-Si me disculpan, señores, lo he pensado mejor y yo paso de esta milonga. Tengo al señor Kant en alta estima, y comentó en algún papel aquello del imperativo categórico, y que las personas son fines en sí mismos, y otra serie de cosas que yo acojo de todo corazón. Así pues, guiarles a la victoria está en contra de mis ideales, y no lo voy a hacer. Les deseo lo mejor.-

-Tampoco queremos nosotros, Capitán. Lo hablabamos anoche en la enfermería, señor. Nos vamos con usted.-

Y en ese momento, sonó el teléfono situado en la tienda de las comunicaciones. 

-Ande, Cabo, cójalo.-

Y el cabo se adentró en la tienda, y pasados unos instantes salió con la cara más sonrosada y alegre.

-Capitán... que ellos tampoco quieren.-

-¿Que no quieren qué?-

-La guerra, que están hartos y que vienen para acá a jugar al mus.-

-Prepare los tapetes, Cabo, y delegue en alguien la tarea de distribuir los equipos en el torneo.-

domingo, 18 de noviembre de 2012

Era(n)

Era una llanura inmensa y ocreEran unas rocas y unas plantas forrajeras que lo recubrían todo. Y era un viento fuerte, un vendabal, en aquella inmensidad que no paraba de soplar. Era un cielo azul brillante que se veía entre las nubes, y un perro tímido que paseaba por aquel paisaje silencioso.

Hacía frío, y tus pasos sonaban como crujidos por la gravilla del suelo. En aquella tempestad seca eras la segunda parte del compás número cuarenta del Claro de Luna de Beethoven, siempre lo has sido. Y yo no podía alegrarme más, porque contigo el viento y el frío se habían marchado, y nos quedaban el paisaje y el perro.

***

Eran unas cartas que llegaban al buzón. Eran fotos de sitios lejanos que añoraban tu estancia. Eran acuarelas tímidas en momentos de euforia. Eran sellos y post-its, remitentes y sobres... puede que en correos se acaben cansando de nosotros. 

***

Eran unas katiuskas negras apoyadas en tu salón. Eran paseos de madrugada, eran juicios sin sentido con  lo que no podíamos evitar reírnos. También eran pijametas de colores que habían visto las noches con nosotros, tiradas en el parquet. Y por supuesto, eran lametones en la cara. Eran preguntas en inglés.

***

Era subir a los árboles, era salir del ascensor y ver al guitarrista, era escuchar esos acordes con mi nombre a las tres de la madrugada en el bajo blanco... Era tener la risa tonta, eran expos y arquitectos

***

Y yo era una sonrisa de oreja a oreja

sábado, 27 de octubre de 2012

Rojo y Azul




Rojo y Azul entran en escena. Se sientan en las sillitas del medio del escenario y esperan un rato, Azul de forma tranquila mirando al frente hieráticamente, Rojo, se entreteniene jugueteando con las manos.

-Mirando el jugueteo de Rojo. A mí también me gusta hacer el tonto, ¿Sabes?
-Sin mirarle. Pero nunca lo haces.
-Sólo cuando me lo puedo permitir. También hay que ser serios de vez en cuando.
-Pues podías echar una cana al aire en los "otros de vez en cuandos".
-Seco. Déjame.
-No.Venga, ríete, tómatelo con calma.
-Me lo tomo con calma, pero seriamente.
-Insistente. Déjate llevar. Escucha esto. Se pone la mano en el pecho, donde estaría el corazón.
-No. No lo oígo. Recuerda que no somos iguales, no hagas como que no lo sabes. Y además, es peligroso.
-Sí, es un riesgo. Pero merece la pena correrlo.
-Interesadamente. ¿En serio?
-Si, te lo estoy diciendo.
-Sacudiendo la cabeza enérgicamente. No. Yo te digo que no. Y no es que tenga miedo, es que sé que no compensa. Necesito garantías. Es lo más responsable.
-Esperanzadamente. ¿Y si te dijera que las hay? ¿Si te dijera que puede ser fabuloso te fiarías?
-Eso sería distinto, sin duda... Pero no lo has dicho.
-¿Tú quieres oírmelo decir?
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-Ya, lo imaginaba.
-¿Y tú quieres decirlo?
-La indecisión la tienes tú.
-Entonces ¿Quieres decirlo?
Pasa un rato en silencio.

-Levantándose de la silla y paseando por el escenario. Además, las cosas a mi manera siempre las hago bien. Lo sabes.
-Ya, pero tú también te quieres meter en este lío. ¡Admítelo!
-No, yo sólo quiero meterme si hay razones para ello, que es distinto. Y no soy imbécil.
-Dolido. No es de imbéciles hacer lo contrario.
-Se acerca a Rojo y le pone una mano en el hombro cariñosamente. Vale, pero yo no soy así. A mí me gusta el control. Y sólo hago bromas inofensivas, cuando son banales. Se retira a la otra punta del escenario.
-Sonriendo con calma y mirando al techo. Y a mí me gustan tus bromas serias...
-Entonces ¿No vas a insistir más?
-No. Cuando tengas tus garantías vendrás. No hay prisa.
-Pero...
-Y tienes razón... en parte. Comienza a hacer mutis por el foro.
-Se gira de forma repentina hacia Rojo al verlo marchar. ¡Espera! Hagamos un pacto. Un trato.
-Para y se queda quieto de pie. Eso es muy tuyo.
-Y por eso funcionará.
-Comienza a andar hacia Azul. Vale, a ver.
-Hasta que no veamos garantías mando yo, y nos guardaremos bien de todo. Pero me comprometo a seguirte en todo y a dejarme llevar una vez que las veamos. ¿De acuerdo?
-¿Hacerme caso en todo todo?
-En todo todo todo.
-¿Y si dejamos de ver las garantías?
-Entonces ya veremos qué hacemos... O mando yo, o sigues tú o hacemos otro pacto.


Rojo le tiene la mano rápidamente. Azul la estrecha asintiendo solemnemente.


TELÓN

miércoles, 24 de octubre de 2012

Buenas Noches

Está todo muy oscuro, y ya no quedan ni estrellas ni luna para alumbrar esta noche (me han dicho que se han ido de acampada al monte, que esperan allí), está todo callado y todos duermen, y sólo se oye el "tiqui-tiqui-tiqui" de las teclas del ordenador...

Yo iba a escribir la historia del fotógrafo en el café, pero prefiero pensar en lo agobiada que estaba esta mañana... y cuando lo comparo con lo callado que está todo esto no puedo evitar sonreír. 

Hay muchas horas en el día: justo antes del amanecer, todo está frío y es de un azul mojado, el viento nocturno se empieza a marchar y cuando uno está despierto a esa hora parece que el mundo le cuenta un secreto al oído sin que se enteren los demás. Cuando llega el sol, los ojos se achinan, y como los osos tras la hibernación vuelve todo al trajín cotidiano, primero despacio y a medida que pasan las horas el barullo aumenta... Con luz. Conscientemente. Con gente. Compartiendo.
Y el sol se empieza a marchar. En los días naranjas uno se acongoja; uno quisiera cambiar el reloj, adelantarlo o atrasarlo, pero no estar frente al trágico fin del día. La muerte del foco. Se despide como si fuera el último acto de la obra, lo sabe, y se esmera en su interpretación. Y es paulatino, sin darse uno cuenta, entra en el mar de la noche: púrpura, azul, negro.

Como ahora, que está todo muy callado y oscuro. Y me gustaría que estuvieras aquí para oír el silencio, porque al contrario que en el resto de horas, en esta no molesta nadie. Uno piensa en sus cosas sin ruidos de ambiente, uno fisgonea la calle y no pasa ni un alma, uno pasea por donde sea como si fuera el último habitante de la Tierra. Por la noche sólo se oye el "tiqui-tiqui-tiqui" de las teclas... o ni eso.

Buenas Noches.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

SOL

Grande y redondo. Caliente. 
Desde lo alto, mirando a los de abajo. 
Solito. 
Muy solito.
¡Ay Sol, Solete, Solito!

Grande y redondo. Ardiente.
Amigable sonríe, con su trabajo.
Solito.
Muy solito.
¡Ay Sol, Solete, Solito!

Susurra en silencio sollozos perdidos,
¡Ay Sol, Solete, Solito
Que lloras y sueñas con historias de libros!
¿Es que nunca has sentido el aliento del viento,
el romper de la risa o el frescor de los besos?

Mas no dices nada, y nos miras con calma.
Grande y redondo. Valiente.
¡No llores, no sufras, que voy pronto a verte!
Estela de fuego, cohete de verde.

¿Me esperas solito?
¡Ya voy Sol, Solete, Solito!


lunes, 30 de julio de 2012

Estar ahí


Me senté en el banquito de madera mirando a la bahía. Tenía todo el pelo mojado pegado a la cara, y la lluvia -la sábana de agua- seguía cayendo. Parecía que alguien estuviera exprimiendo  las nubes y retorciéndolas hasta que soltaran toda el agua. Era casi violento, y encima, estábamos en temporada de huracanes.

Pero no hacía frío. La ropa, mojada y tibia, se adhería a mi piel, y cada vez se hacía más pesada por el agua que absorbía. Cerré los ojos y sentí las gotas resbalar por la nariz, por los hombros, por los tobillos... hasta el charco embarrado que estaba a mis pies.

Abrí los ojos, me aparté el pelo de la cara y sonreí. Sonreí porque no me lo estaba perdiendo, porque estaba ahí sola disfrutando del espectáculo: palmeras brillantes vencidas por el peso del agua, olor de charcos, de tierra mojada, y una lluvia -casi sólida- que distorisionaba la visión.

Sólo se oía el estruendo del agua, los árboles que crujían bajo el pso de la lluvia, y mi propia respiración.

No iba a ponerme a pensar en la civilización y en lo que ella conllevaba. Creo que nunca había visto llover así, pero estaba decidida a ver el fenómeno entero, así que me acomodé en el banquito y esperé a que la lluvia cesara y se me secara el pelo al sol.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hogueras

Aquella noche fuimos muchos, aunque no éramos los de siempre. Estaban don Dionisio,  el Sirio y Rizo, a los que conocía de toda la vida; pero también vinieron don Paolo, doña Agnes y Magno, completos extraños hasta el momento.

Llegamos don Dionisio y yo en un taxi a “Chicote”, y durante todo el trayecto hablamos mucho, como hacía tiempo que no hablábamos:
-Son divertidos, te gustarán- me dijo.
-Oh, no lo dudo-
-Además, tu padre se pondrá muy contento.-dijo con aire malicioso- Te presentaré a alguno que quizá te interese- me dijo riendo.
-Ya...- me reí también, al tiempo que desviaba la mirada hacia las casas que se veían pasar una tras otra a través de la ventanilla del taxi.
Desde que acabé el bachiller, mi padre había estado instigándome para que buscara un marido. Pero yo no quería casarme, yo quería encontrar al amor de mi vida y marcharme con él a vivir aventuras.
-Te veo triste- dijo Don Dionisio cambiando de tema. Y entonces le conté cómo había sido de complicado el año, cómo llevaba tanto tiempo dando tumbos y perdiendo el norte, y cómo necesitaba dejar de ir a ciegas y retomar las riendas de mi vida. De volver a creer en mi persona.

-He estado... en la parra. Desde que salí del Lope de Vega todo ha sido muy rápido, muy distinto.-
-Poppy, ha sido así para todos.- Me tomó la mano y me dio un fuerte apretón, de esos tan cariñosos que me daba él. Tampoco hubo que decir mucho más. Sonreí mientras me ayudó a salir del taxi, porque me dí cuenta de que era el fin del principio, el cambio de rumbo. Aquella noche no iba a volver a mis tiempos de colegio: iba a avanzar de una vez por todas, y no serían necesarias más charlas de análisis en las que se magnificaran problemas de cualquier tipo.

Ya en “Chicote”, entre las notas de jazz que sacaban los músicos del fondo, nos presentaron a todos. Don Dionisio era nuestro amigo común.

-¿Habéis traído los papeles?- Dijo Rizo apoyado en la barra mientras se mesaba la barbita rubia.
-¿Qué papeles?- Le pregunté yo extrañada. Pero Magno se acercó a mí y, en bajito, respondió:
-En San Juan es tradición. Se escribe en un papel aquello de lo que te quieres librar, y lo quemas en la hoguera. ¿No sabías?-

Yo me puse colorada, claro que sabía que se hacía eso en San Juan... ¿En qué estaba pensando? Primero se me había olvidado por completo escribir el papel, y luego no había caído en qué se referían con aquello de “los papeles”. Seguía en la parra.

-Sí, sí... sólo que se me ha pasado.- Y me reí por quitarle importancia.
-Vamos a la pista- Magno me tomó de la mano y me llevó al rincón donde habían separado las mesitas para que la gente bailara. Ya no sonaba jazz, ahora el local se llenaba con las últimas canciones de Sinatra.

-Poppy, ¿verdad?- me preguntó. Yo asentí con la cabeza y sonreí un poco. -¿De dónde viene?-
Magno tenía el cabello claro, era larguilucho, guapete, barbilampiño y me cayó bien desde el primer momento en que lo ví.
-Bueno, todos tenemos nuestros motes. Mira al Sirio o a Rizo... o tú mismo.- le respondí divertida.
-Si, pero el mío o el de Rizo son fáciles de averigüar... ¿Pero Poppy?-
-Es un mote familiar- dije al fin- No es raro que me ponga colorada. Mi madre es americana. Poppy, amapola... de ahí viene.-
Magno se rió suavemente, me miró y se acercó. Miré al resto; seguían charlando animadamente en la barra y, de vez en cuando, Don Dionisio nos miraba a Magno y a mí con aire burlón. Miré el reloj de la pared; se acercaban la medianoche, y las hogueras esperaban.
-Magno, hay que irse. Son casi las doce- le dije, y él con aire contrariado, pero sin decir media palabra me tomó por la cintura y me acompañó a la barra a avisar a los otros. Mientras todos tomaban sus abrigos, yo me acerqué a la barra a por una servilleta de papel, tomé un bolígrafo de mi bolso, y con cuidado fui escribiendo cuatro cosas.

Salimos del bar al rato. No hacía frío y los coches pasaban por la Gran Vía alumbrando aquella noche madrileña de los años cincuenta. Fuimos caminando por el centro de la ciudad hasta que llegamos a la casa del Sirio. Se trataba de uno de esos palacetes del siglo pasado que aún pervivían en la capital. En los jardines habían organizado varias hogueras, y ya pululaban otros invitados de nuestro amigo a los que no conocíamos de nada. Más presentaciones.

Yo estaba un poco sola. No era malo tampoco, pero con tantas caras nuevas no estaba un mi ambiente. Nos sentamos en las sillas del jardín, al lado de una de las hogueras mientras tomábamos unas copas, y nos reíamos con las ocurrencias de Don Paolo. Tenía el pelo igual de rizado que Rizo, pero mucho más rebelde y algo más oscuro. Tenía algo.

Sin decir nada, me alejé del grupo y me acerqué a la hoguera más grande; algunos de los invitados del Sirio (y el propio Sirio) estaban saltándola. Yo me deshice de las sandalias, del bolso y de la chaqueta; saqué la servilleta de “Chicote” del bolso y tomé carrerilla. Salté alto, las llamas me hicieron cosquillas en los pies, y justo cuando estaba en medio del salto dejé caer la notita. Me deshice de la carga.

Después cogí una de las copas de Champagne que reposaban en las bandejas del porche y me fui al estanque de detrás del jardín a meditar. Y mientras sonreía a la noche, apareció el Sirio, el cual me preguntó como tantas otras veces:

-Se te ve preocupada, Poppy.-
-No.- Le dije. -Esta vez no.- Y me quedé sonriendo al humo de las hogueras y al verde del jardín.

viernes, 20 de abril de 2012

Saltando los charcos de abril

Ahí va Poppy, con sus botas de agua intentando sortear los charcos de la calle Luchana. No hay nadie fuera, será porque está chispeando, y a las señoras no les gusta que la lluvia les despeine el tocado de los miércoles y a los señores el mal tiempo les disgusta... aunque no a todos.

Ella sigue como si nada, en el fondo, las gotas son como besos pequeñitos en la cara. Y a veces, los besos de la lluvia son los más sinceros del mundo, la ternura del ambiente. Llega al final de la calle y decide dar media vuelta: arriba y abajo, arriba y abajo... lleva así toda la mañana, pero con música que le acompaña. Un grupo desconocido, pero interesante.

Al llegar al otro extremo de Luchana, Poppy se sienta en un banco a mirar el cielo gris. En Madrid los días grises no son como en Londres, allí la niebla baja hasta la altura de la barbilla y es imposible ver nada... tiene un punto romántico, misterioso... aquí son días tristones, de asfalto. Son días en los que hay que entornar los ojos porque la luz molesta.

La verdad es que lo de estar hecho un lío no ayuda, Poppy se coloca mejor el gorro y trata de aclarase la cabeza. ¡Ójala estuvieran Fadrique y Miguel para contarles todo! Pero sus dos hermanos se han ido a casa de Vicenta, y no volverán hasta dentro de varios días. 

Quiere que llegue mayo... ¿o no? "Ahh... ya no sé nada de nada". Y tratando de despejarse de nuevo Poppy continúa su paseo por la calle Luchana: arriba y abajo, arriba y abajo... hasta que llegue la hora de comer.

sábado, 24 de marzo de 2012

Maneras de expresarse

Ya ha anochecido y las farolas sólo iluminan la mitad de las siluetas de las cosas, el cielo está de un azul calmado y los balaustres de casa vigilan toda la calle desde lo alto. 

Yo estoy dentro, espero. Espero muchas cosas. Demasiadas. Pero al menos espero con esa ilusión tonta que hace que resulte agradable la espera, incluso aunque acabe siendo infinita. Eso, una espera infinita. Un ocho tumbado... de tristeza, de felicidad. Ambas ahogan el pecho, pero de igual forma nos recuerdan que estamos vivos.

Ahora el cielo parece una masa densa, está todo tan oscuro que por la ventana sólo veo mi propio reflejo. Si no os importa, me marcho, ya no tengo nada más que escribir... no transmitiría nada. Voy a bailar en mi salón, porque así sí será como sacar todo lo de dentro y estaré como nueva para cuando llegueis.

viernes, 10 de febrero de 2012

Cal Hico, completo

Nos tumbamos los dos en la explanada de cerámica. Era ya de noche, y como estábamos lejos de la ciudad las estrellas se podían ver. ¡Qué imagen tan cursi! Poppy y Mr. Jersey, juntos viendo la noche. En fin, a mí me gustaba... y, por la cara que se te quedó para el resto de la noche, sé que a ti también. 

Olía a mar, y se levantaba esa brisa tontorrona que lo acatarra a uno en pleno verano. Te acercarse más a mí y se me pasó el frío... yo siempre con frío. Salieron cinco murciélagos del ciprés alto, y vimos las cinco siluetas negras recortadas contra el fondo morado del cielo; revolotearon divertidos por el jardín y se perdieron en el seto de madreselva.

Nunca me habías dicho nada. De tu boca nunca había salido una frase cautivadora. Los hay que utilizan las palabras para conquistar, pero tú sólo hablabas con los ojos y con los gestos. Y en ocasiones combinabas los dos. Había aprendido a leer tus acciones, y a descubrir qué querían decir en realidad cada uno de tus gestos.

Pero quizás fue el aroma a jazmín del jardín trasero, o tal vez la luna llena que iluminaba todos los lunares de mi cara, o el sonido del agua que bajaba por el caño al estanque del jardín... quizá fue sólo una de esas cosas, puede ser que no fuera ninguna o la combinación de todo, pero el caso es que te acercaste a mi oído y me susurraste:

-Poppy, te quiero mucho. Lo sabes ¿verdad?

martes, 7 de febrero de 2012

Insomnio

Dormías tranquila, y veía tu silueta subir y bajar al ritmo de tu respiración. Un poco de luz nocturna se colaba por los estores de la ventana e iluminaba suavemente tu pelo rubio ceniza. Yo, en cambio, estaba totalmente desvelado y no sabía ya qué hacer para conseguirme dormir. No quería moverme por miedo a despertarte, pero eran las tres de la mañana y quería dejar de ver pasar las horas en el reloj luminoso de la mesilla.


Lo había intentado todo: contar ovejas, dejar la mente en blanco, idear crucigramas... nada servía. Con todo el sigilo que pude fui a la cocina a por agua; colgado en el pomo de la puerta del cuarto estaba tu gorro marrón, qué guapa estabas con él puesto... ¿Y yo por qué no me dormía? Pensaba mientras bebía el vaso de agua. Tampoco es que tuviera problemas ni agobios particularmente preocupantes...


Dejé el vaso en la pila y volví a la cama. Mi sitio se había enfriado durante mi ausencia. No estabas tan dormida como yo creía, porque  me preguntaste desde tu lado de la cama "¿No te duermes?". "Ya ves, insomnio. ¿Y tú qué haces despierta?" Te reíste en un susurro y me respondiste a la par que me abrazabas por la espalda "Lo mismo que tú, tonto, no puedo dormir."


Lo siguiente que recuerdo fue despertarme a la mañana siguiente.

lunes, 24 de octubre de 2011

Marcando territorio

El bosque es grande, pero cada uno tiene que saber dónde aposentarse. El ciervo, manso como siempre, ha ido a la otra esquina de la explanada, y tras cerciorarse de que es un buen sitio, ha marcado terreno frotando su cornamenta contra el roble.

Con las últimas lluvias tuvo que cambiar su refugio, y de ahí el cambio de ambientes. Todavía le queda parte del pelaje claro de verano... pero en pocos días se habrá difuminado por completo y volverá a estar abrigado para la temporada que se avecina. Y ni los tímidos rayos del sol, que de vez en cuando recuerdan altas temperaturas de antaño, conseguirán que vuelva a tener ese color canela.

Un pájaro pequeño y gordinflón ha entrado en la zona. Es curioso, porque el ciervo ya se ha mentalizado de su mudanza. Con cautela y seguridad mira al pájaro, el cual le sostiene la mirada con picardía, hasta que finalmente se marcha. El ciervo no sabe realmente qué habría pasado si el pájaro se hubiera metido en su antigua zona... pero ese no era el problema. 

"Este no ha sido difícil" Se dice el ciervo "Pero los habrá peores... y el invierno es largo".

Y tras lo cual pasa a afilar su cornamenta en el árbol más cercano.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Pinturas

  Hay dos rayas blancas que van desde ambos lados de la nariz y atraviesan los pómulos hasta el final de las cejas. Como si fueran astas, tienen -cada una de las dos rayas blancas- dos bifurcaciones del mismo color. La franja de piel correspondiente a los párpados y al puente de la nariz es azul; y los párpados inferiores y la parte superior de los pómulos, hasta las rayas blancas de las que se hablaba al comienzo, son verdes. Encima de las cejas hay otra raya blanca, y así parece que lleva puesto un antifaz de colores sobre la piel.

Ayer llevó también rojo. Sangre, óxido, lava, boca, fuego... Tan rojo como el palpitar de una herida, como la boca pastosa

tras un momento decisivo. Toda la barbilla era roja.


En el cuello tenía cuatro rayas: dos blancas, una azul y otra roja. Iban por parejas, así se agrupaban una roja y una blanca

(a la izquiera) una azul y otra blanca (a la derecha). Una balanza. Una balanza.


Y en el tobillo izquierdo, una pulsera de pintura azul ató el otoño recién llegado con el verano lejano.


Quién sabe, quizás la próxima vez los únicos colores sean el verde y el negro, y un duro caparazón marino con

hexágonos cubra la piel sensible.

martes, 26 de julio de 2011

Volver precipitadamente

Todo lo bueno se acaba:
Noches en que el viento se colaba por la ropa hasta la piel y brumas que tapaban las estrellas. El sudor y el barro en las manos al cavar hoyos para elevar porterías y torretas... El pelo alborotado de las mañanas, de las tardes y las noches. Dormir en un hotel, y robar el agua caliente. Pasearse por una planicie elevada rodeado de caballos ¡y sentirse el rey del mundo! La playa de Ribadesella... sus acantilados. Hamburguesas de carne, rojas por dentro... y bocatas de bacon y cabrales. Francamente divertido. Charlas sobre el Roverismo.... ¿¿BP revolucionario?? ¿Topicazos? ¿Leer libros baratos?

Desde el Pre, hasta el día de Clan. Desde ese castor que va a su bola al scouter que te hace caso y con el que hablas. Desde un tipi lejano, a la cocina... Yo no quería marcharme, yo quería seguir allí y pasar un desierto, más tradiciones, incluso una recogida...


Me queda la mugre en que ha venido envuelto mi macuto, me quedan fotos y recuerdos. También tengo ahora el pelo impregnado de olor a hoguera de campamento (algunos lo confundirán con el olor a barbacoa). 

Qué pena volver tan pronto ¿No? Me queda una cena de chino por venir, y espero que me queden más años de escultismo.