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domingo, 19 de enero de 2014

El regador regado

Raymond entró en el saloncito, llevaba un traje oscuro impecable y unos gemelos que hacían juego con sus ojos claros. Estaban todos ya charlando animadamente. Martha, Jack, Charles y otros tantos se encontraban agrupados entorno a la mesa de las copas discutiendo sobre el orden en el que debían servirse las mismas.

-¡Oh! Finalmente has venido, Ray. ¡Qué alegría!- dijo Martha.
-Si, Margaret se ha quedado en casa, no se encontraba bien. Pero la he dejado en buenas manos.- replicó mientras con la mirada buscaba disimuladamente una cara concreta entre los invitados.
-¿Te han dejado en paz los de la junta? Creí que vuestras reuniones duraban hasta tarde...- Le comentó Jack con interés.
-Err... no, hoy no ha sido así. La junta se reúne mañana. Hoy fue más tranquilo todo.- Comentó Ray sin interés. -¿Anthony no ha llegado aún?- dijo extrañado.
-Todavía no. ¡Pobre! A él le tienen atosigado en el bufete.- Se lamentaba Martha.- ¡Anna, no sirvas tanto, que de lo contrario acabaremos contándonos todo esta noche!- Reprimió entre risas.

Discretamente se disculpó para separarse del pequeño grupito, y se dispuso a recorrer la casa. Había llegado el momento de zanjar cierto asunto. Aquel que había comenzado en la salita de espera de la consulta del Doctor Thorton varias semanas atrás. Así pues, Raymond dio una vuelta para saludar al resto de invitados y así aprovechar y buscar a Cecily entre ellos. Todo eran plumas y tules parlanchines, y pajaritas de seda sonrientes. Hasta que la encontró fumando en la salita del sofá, acompañada de Ernest y Basil. Estaban los tres comentando la decoración de la sala sin mucho interés.

-Buenas noches.- dijo Ray.
-Vaya, ¿acabas de llegar?- preguntó Basil.
-Hace poco.-respondió mirando únicamente a Cecily.
-¿Y Margaret?- preguntó ella.
-En casa. Prefirió quedarse descansando en esta noche.-
-Comentábamos que esta sala no tiene nada que ver con el salón grande...-empezó a explicar Ernest, pero Raymond ya no escuchaba.
-Están empezando a servir las copas... ¿No queréis nada?- Le cortó suavemente.
-Es cierto, vamos para allá.- Coincidió Ernest olvidando por completo el tema de conversación anterior.

Se levantaron los tres del sofá y se dirigieron a la sala grande a reunirse con los demás. Ray se rezagó adrede y atrajo a Cecily reteniendo sutilmente su vestido negro.

-Así que ahora vas a fiestas sólo...- le dijo burlona.
-No ha sido intencionado, quiero decir... Bueno, no importa. -Debía decirle de una vez que no podía ser, que se tenían que olvidar del asunto definitivamente, y en cambio, en un segundo se había olvidado de todo lo que tenía pensado decir.- Es que tenía que hablar contigo.- Acabó. Y mientras escogía las palabras adecuadas con las que seguir Cecily comenzó a hablar:
-No, no hace falta ya, Ray. Me he cansado. Margaret siempre va a estar ahí y yo no puedo estar eternamente esperando entre bastidores.-

Y sorprendentemente, al oír aquellas palabras Ray sintió como si un plomo cayera en su estómago. ¿Pero no era eso una liberación? Cecily siempre había sido muy bonita, y desde aquel encuentro fortuíto en casa del doctor Thorton parecía que había aumentado su belleza. Había llegado incluso a pensar en el divorcio, pero era cierto: Margaret siempre iba a estar ahí. ¿Entonces por qué le dolían tanto esas palabras? ¿Y por qué Cecily estaba tan radiante esa noche? ¡¿Y por qué había vuelto a quedarse en blanco?!

Raymond trató de mantener sereno el semblante, impenetrable, algo que sabía hacer a la perfección en situaciones de presión. Y mientras tanto, trataba de urdir una respuesta coherente y que no lo dejara en mal lugar. Sin embargo, Cecily fue de nuevo más  rápida y le dijo con una sonrisa entre chulesca y sincera:

-Siempre has sido un tipo interesante, Ray. No pierdas eso.- y seguidamente le dio un beso en la mejilla.

Y tratando de disimular de nuevo la perplejidad que se veía en su cara, la siguió a la mesa de las bebidas y fue a tomarse un amargo gintonic.

domingo, 24 de marzo de 2013

La Guerra

-Mi capitán, ¿cómo vamos?-
-Cabo, reúna a la tropa, es posible que necesiten una charla...-
-Si señor, enseguida. ¿Cree que sobrevivirán?-
-Tiempos difíciles se avecinan, Cabo, pero nada es imposible. ¿No se lo dijeron en la Academia?-
-No señor, me educaron en casa.-
-¡Vaya hombre! Haga el favor de llamarles, ande.-

Cuando todos los soldaditos se hubieron reunido en torno a la tienda del Capitán, éste les invitó a sentarse en círculo y los obligó a tomarse de las manos.

-Sé que no se llevan bien, ustedes. Sé que no tienen intereses comunes, que desean obtener condecoraciones y que creen que cada uno es mejor que los demás. No puedo hacer que se lleven bien, no puedo determinar quién es el mejor de ustedes, ni me importa lo más mínimo. Pero también sé que son hombres de coraje que llevan algo grande en su interior. Y todos y cada uno de ustedes son imprescindibles e inigualables. Quiero que recuerden esto último especialmente bien. No habría sido posible nuestra última victoria si nadie hubiera volado el puente, si nadie hubiera distraído la vanguardia enemiga, si nadie hubiera cercado la retaguardia... Callemos. Callemos, compañeros, que no subalternos, un minuto por aquellos de nosotros que ya no están. Callemos por nuestras familias, a la espera de noticias, a la espera de un lugar libre donde vivir. Callemos por los enemigos, que no saben aún de nuestras pesquisas, que serán hombres, como nostros, y que por algún desagradable plan del hado, están destinados a morir a nuestras manos... Callemos, y pensemos en el horror al que estamos sometidos, en las atrocidades que cometimos, que cometemos, que cometeremos. Callemos, confiando en que con nuestros actos lograremos nuestros fines bondadosos... pese a las enseñanzas de aquel que dijo que "el fin no justifica los medios". Callemos, y no pensemos en las vidas que acabarán y en las familias que quedarán mutiladas mañana por la mañana... Callemos, caballeros.-

Miraron todos al suelo, a la arena pisoteada del campamento y siguieron tomados de las manos. Y pasados unos instantes, el Capitán se levantó y les dijo.

-Si me disculpan, señores, lo he pensado mejor y yo paso de esta milonga. Tengo al señor Kant en alta estima, y comentó en algún papel aquello del imperativo categórico, y que las personas son fines en sí mismos, y otra serie de cosas que yo acojo de todo corazón. Así pues, guiarles a la victoria está en contra de mis ideales, y no lo voy a hacer. Les deseo lo mejor.-

-Tampoco queremos nosotros, Capitán. Lo hablabamos anoche en la enfermería, señor. Nos vamos con usted.-

Y en ese momento, sonó el teléfono situado en la tienda de las comunicaciones. 

-Ande, Cabo, cójalo.-

Y el cabo se adentró en la tienda, y pasados unos instantes salió con la cara más sonrosada y alegre.

-Capitán... que ellos tampoco quieren.-

-¿Que no quieren qué?-

-La guerra, que están hartos y que vienen para acá a jugar al mus.-

-Prepare los tapetes, Cabo, y delegue en alguien la tarea de distribuir los equipos en el torneo.-

miércoles, 9 de enero de 2013

Curry: our own style

Todos sabemos que Poppy se fue a ultramar tras la velada en casa de el Sirio. Fue al sol y al verano, fue a encontrarse a sí misma. Allí aprendió a ver las cosas desde más arriba y a descubir nuevas perspectivas. Mantuvo el contacto con varios de los madrileños, y supo así que casi toda la pandilla había ido de viaje de veraneo a la playa: Don Dionisio, el Sirio, Rizo, Don Roger y hasta Doña Margarita. Pero a la vuelta, no sólo la propia Poppy había cambiado, sino que en Madrid bastantes cosas eran distintas también. 

Varias de ellas para bien, el grupo de amigos parecía haber aumentado satisfactoriamente: doña Agnes, el Magno y Don Paolo pasaban más tiempo del que solían con ellos. Resultó que el primero era bailarín profesional, y su especialidad eran los bailes de salón, con lo que les organizaba veladas entrañables en las que les enseñaba algunos pasos y dirigía las competiciones amistosas entre ellos (sin participar él nunca, puesto que los habría sobrepasado con creces). Y Don Paolo, hijo de artista, se dedicaba a la fotografía, y gracias a ello todos recibían con cierta regularidad en su buzón los momentos inmortalizados. Por otro lado, Doña Margarita comenzaba a dejarse ver menos por allí... 

Habían dejado de ser todos universitarios recién llegados para pasar a defenderse mejor en sus respectivos mundos. Sin embargo, siempre había alguien perdido, aunque fuera momentáneamente. Poppy no podía evitar ver la desesperación que la estuvo acechando durante el año anterior en los ojos de el Sirio. Aunque quizás sólo fueran imaginaciones suyas... El mundo se hacía cada vez más grande, y ahora tenían acceso a lugares que antes no habrían imaginado. Lo llamaban crecer, aquellos días. Y cada uno lo hacía como bien podía; en ocasiones algún batacazo era necesario: se ponían de nuevo los pies en la tierra y se amenizaba la magulladura del desengaño entre amigos.

Aquel otoño y aquel invierno de 1952 fueron intensos y rápidos. Y se sucedieron grandes veladas. Memorable fue el cumpleaños de Don Roger; al que fueron todos convidados a un bar muy informal. ¡Qué distinto era de los sitios, como "Chicote", que solían frecuentar! Allí Poppy conoció algo más a Don Paolo, y confirmó aquello de que tenía algo, aunque tardó mucho en decirle que casi perdió su avión de vuelta de "North Carolina" por uno de los telegramas veraniegos.

Les dio a todos en esos días un no-sé-qué con la gastronomía, y se aficionaron a preparar platos. En el propio cumpleaños de Don Roger, Poppy llevó un postre al estilo americano; y aprovechando el aniversario de Don Dionisio, y sin dejar que el servicio doméstico se entrometiera lo más mínimo, se organizaron todos para preparar una receta que le había recomendado a Don Paolo su hermana, la cuál vivía al otro lado del charco por aquel entonces. 

Mas la mejor anécdota culinaria fue la del paquete de curry. Asistieron todos, (gracias a los contactos de Don Dionisio en el consulado irlandés) a una cena organizada por el vicecónsul, en la que para clausurar la velada -y a modo de sobremesa- se organizó un concurso entre los asistentes. Mr. Brendan, el cuñado del vicecónsul, era el encargado de leer unas tarjetitas con preguntas, y al finalizar la noche, el grupo con mayor número de aciertos ganaría la cesta, mientras que el perdedor recibiría un paquete de curry (siendo extremadamente difícil conseguir curry en Madrid por alquel entonces). Así pues, de esta manera consiguió el grupo el dichoso paquete de curry.

Rizo los invitó a todos a su casa a disfrutar del premio.
-¿Cómo se cocina esto?- Preguntó Don Roger al llegar.
- Ah, yo no sé.- Le respondió el Sirio desde el butacón del salón levantando las manos.
-Bueno, calma calma... digo yo que habrá instrucciones.- Intervino Poppy que justo se adentraba en el salón seguida de Don Paolo.
-¡Ya estamos en ello!- Se oyó desde la cocina.
-¡Oh! ¿Habéis empezado sin nosotros, Dionisio?- Preguntó Don Paolo alzando la voz.
-Va a ser pan comido, ¡dejad los abrigos en el recibidor y venid!- Dijo Rizo desde la cocina también.

Poppy se sentó en el salón acompañando a Don Roger y a el Sirio los cuáles esperaban la llegada de Doña Margarita, y de Azahar, la prometida de Don Dionisio, que no tardarían en llegar. Efectivamente, minutos después sonó el timbre del portal, y entraron las dos.
Decidieron poner la mesa y esperar a que el resto del equipo acabara de cocinar el curry. Y por fin, tras un periódo de tiempo que les parecieron horas, salieron de la cocina dándose muchos aires Don Dionisio, Rizo y Don Paolo sacando los platos ya servidos siguiendo el orden que indicaba el protocolo.
-¡Qué bien huele!-
-¡Menudo festín oriental!-
-Pues yo nunca lo he probado, ¿cómo es?-
-Ahora verás...-
-Bueno, yo quiero proponer un brindis por...-
-¿En serio? ¿¡Hoy también!?-
-Déjalo, si a todos nos encanta que brindemos siempre por algo...-
-Ah, no. Si no queréis, no brindamos y ya está.-
-Yo si quiero, ¡venga!-
Reían todos, y tras estrellar las copas unas contra otras mirándose a los ojos y apoyándolas en el mantel tomaron todos las cucharas y se hizo silencio.
Tras unos instantes comenzó una risa nerviosa a extenderse por la mesa. Poppy no podía más y miraba a Doña Margarita con complicidad, algunos como Don Roger y el Sirio miraban al plato fijamente tratando de disimular la risa.
-Caramba... -dijo Don Dionisio al fin- es... curioso-
-Sí, cuanto menos. Yo no lo recordaba... así- prosiguió Don Paolo.
Azahar estalló en una de sus carcajadas características que resonó por todo el salón y fue el pistoletazo de salida para todos los demás: no podían parar de reír.
-¡Es como pasta pasada!- confesó Don Roger al fin.
-¿Pero cuánto tiempo había que hacerlo?-
-¡jajajaja es... es como.... jajajajaja!-
Trajo Rizo el paquete vacío a la mesa y todos lo examinaron. 
-Está en inglés.... ¿Cuánto dice que había que ponerlo al fuego?-
-Como era mucha cantidad... pone cincuenta.-
-A ver, déjame ver...- Dijo Poppy, y Doña Margarita y ella leyeron el paquete.
-¡No pone cincuenta! ¡¡Pone quince!!-
-¿Ves, Dionisio? ¡Te lo advertí! ¡Que era mucho!-
-¡Qué vas a haberme dicho, Paolo! ¡Si estabas tan entusiasmado como yo!-
-Sí, pero ya me parecía raro a mí eso de...-
-Bueno, bueno, haya paz.-Interrumpió Poppy.
-Esto está incomible- Añadió Doña Margarita mirando la masa informe ocre de su plato.
-Oh, pero yo me he reído mucho...- Decía Rizo. -Sacaré algo de la alacena, no os preocupéis.-

Terminaron comiendo una ensalada de atún espinacas y uvas pasas. Pero el incidente del curry les sacaría siempre una sonrisa al recordarlo.

viernes, 3 de agosto de 2012

Mosquitos

-Est'as cansada o qu'e?- Pregunt'o Josh.
Llevaban andando un buen rato por el caminito de tierra con las bicicletas sujetas al costado. Martha se hab'ia quedado rezagada y se rascaba el codo con insistencia pero con aire distra'ido.
-Eh? No, no.- se mir'o el brazo y vi'o c'omo se le hab'ia puesto de rojo por rascarse.-Es que esta noche me han acribillado unos mosquitos. Me he levantado a las 2am con las manos y los muslos hinchado y colorados de rascarme dormida!! En el resto del d'ia no me han molestado para nada, pero es la del brazo, que no para de picar ahora...- Entre tanto, hab'ia vuelto a andar y estaba ya a la altura de Josh.
-Pues no te rasques, que te har'as costra!-
Martha le dedic'o una mueca de hast'io pero se ri'o; despu'es se puso m'as seria.
-Y t'u c'omo vas?-
Josh apret'o los labios en una sonrisa triste y respondi'o. -Pues yo tampoco he podido dormir mucho esta noche. A ratos voy bien, pero la echo de menos...-
-Pues no la eches de menos, que te har'as costra!- No lo dijo con aire vengativo, acto seguido le plant'o un beso en la mejilla.

Martha llevaba un vestido verde de playa, y llevaba enganchada de la cesta de la bici una bolsa marr'on; Josh iba con una camiseta roja, bermudas y chanclas, y sobre el pelo castanyo llevaba un sombrero de paja. Se montaron en las bicicletas y recorrieron el resto del camino a la playa pedaleando.

-Qu'e calor!- dijo Josh cuando llegaron, y seguidamente agarr'o a Martha del brazo y tir'o de ella hasta que acabaron los dos con el mar por la cintura. -Mejor, no?-
Martha se mir'o perpleja la ropa empapada, mir'o despu'es a Josh y como 'unica respuesta le intent'o hacer una ahogadilla. Sin 'exito. Volvieron los dos ri'endo a la arena, se quedaron en banyador y extendieron las toallas.
-Va, no te enfades. Te concedo el primer panchito del d'ia.-dijo Josh mientras rebuscaba los aperitivos en su mochila negra.
Ella aprovech'o para coger el sombrero de la arena y sacar su c'amara de fotos. -Qu'e tonto...!- le dijo tom'andole una foto.
-P'illalo!- Y Josh le envi'o un panchito al aire para que lo alcanzara al vuelo.
-Nyam! Tienes ganas de volver?-dijo Martha mientras masticaba el panchito.
Josh frunci'o un poco el cenyo y dijo frot'andose el pelo -No s'e... si. Apetece comprobar si mis planes para el curso funcionan.-
-Ya ver'as que s'i. Adem'as, te veo animado.-
-Y t'u? Ganas de rutina?- Josh se le guiny'o un ojo.
Martha arrug'o la nariz, se estir'o en la toalla y hundi'o los pies en la arena. -No!! Qui'en necesita madrugar y llevar bufandas?? Yo vivir'ia siempre en verano!- Se rieron los dos y Martha continu'o hablando.-Pero s'i, tambi'en me apetece ver a Bob y a Carol... y a Poppy. Tienes hambre?-dijo cambiando de tema oportunamente.
Josh la mir'o y sonri'o d'andose cuenta de la estrategia, pero no dijo nada, sac'o los paquetes de papel de plata de la mochila y solt'o un "Qu'e aproveche!"

Terminaron de comer entre bromas y se tumbaron en las toallas amodorrados.
-C'omo crees que acabaremos? De mayores, digo.- pregunt'o 'el.
-Ah... no s'e t'u, pero yo voy a acabar las clases de cine y me voy a poner a editar superproducciones. Lo tengo clar'isimo!-
Josh mir'o al cielo y entrecerr'o los ojos, porque el sol lo deslumbraba.
-Y bien?-pregunt'o Martha, quien esperaba una respuesta.
-Ah! Yo... tropecientos hijos y un apartamento muy grande. Y vacaciones en Europa todos los anyos!- dijo al fin.
-Me sumo a lo 'ultimo. Ir'e con tu familia!-
-No, no, no, no, no... Bueno, s'olo si te dejas llamar "Auntie Martha".-
-Argh!! Qu'e horror! Ya veremos...-

***

El cielo se hab'ia puesto rosa, y el aire, auqnue segu'i siendo c'alido, daba senyales de que la tarde llegaba a su fin. Martha le pas'o las chanclas a Josh, y 'este le di'o las bambas que estaban cerca de la bolsa marr'on. Se vistieron mirando al mar, el cual reflejaba todos los colores del cielo: ahora era naranja, rosa, morado, amarillo... En silencio recogieron las toallas y las bolsas y fueron andando despacito hasta la zona de c'esped donde hab'ian dejado las bicicletas aparcadas. Josh iba ensimismado y Martha no paraba de hablar a la par que se rascaba con 'impetu todo el cuerpo.
-Creo que nos hemos puesto morenos. Bueno, t'u mucho ma's... como siempre!- Sac'o un espejito de su bolsa y se estudi'o la nariz. -Vaya, me he vuelto a quemar. Tienes crema, Josh? Josh?! -Repiti'o rasc'andose el hombro con fuerza.
-Perdona, estaba distra'ido.-respondi'o. Mir'o con ojos tristes y anyadi'o. -No, lo siento, no tengo crema.-
-Est'as bien?-pregunt'o ella mientras las marcas del cuerpo se pon'ian ma's rojas y se iban hinchando.
-No, Martha, ahora no estoy bien. Lo he pasado genial todo el d'ia. Me he re'ido, no he pensado para nada en Poppy... pero ahora...- Trag'o saliva, sacudi'o la cabeza como queriendo olvidarse del asunto, en vano. Y con desgana at'o la mochila a la parte trasera de su bici. -Ella est'a lejos, y no me quiere ya. Y t'u est'as con Will, y Emma est'a con Bob,  y todos est'ais con todos, y yo... Y ella estar'a seguramente con alg'un abogado brit'anico, o tomando t'e en "Trafalgar Square".- No lloraba, pero se le hab'ian puesto los ojos brillantes y se notaba el nudo que ten'ia en la garganta.
-Josh..-Dej'o su bolso en el c'esped y se acerc'o al chico caminando de forma muy extranya para no rozar con nada las zonas inflamadas de la piel. Le dio un abrazo y no supo bien qu'e decir...

Se o'ian las olas al fondo, algunas gaviotas que revoloteaban la zona, y en primer plano el "ras-ras-ras" de Martha rasc'andose los codos mientras abrazaba a Josh.
El chico se empez'o a re'ir -Te vuelven a picar?- Ahora se re'ian los dos sin remedio todav'ia abrazados.
-Creo que no son tan distintas, sabes?- le dijo mientras se soltaban. -Todo pasa. Mis picaduras, Poppy. Pero hay que entretenerse. Sobre todo ahora, al atardecer: la hora m'as triste del d'ia... cuando estamos m'as solos y las preocupaciones parecen m'as graves...-
-...y las picaduras vuelven a picar.-acab'o el.

lunes, 30 de julio de 2012

Estar ahí


Me senté en el banquito de madera mirando a la bahía. Tenía todo el pelo mojado pegado a la cara, y la lluvia -la sábana de agua- seguía cayendo. Parecía que alguien estuviera exprimiendo  las nubes y retorciéndolas hasta que soltaran toda el agua. Era casi violento, y encima, estábamos en temporada de huracanes.

Pero no hacía frío. La ropa, mojada y tibia, se adhería a mi piel, y cada vez se hacía más pesada por el agua que absorbía. Cerré los ojos y sentí las gotas resbalar por la nariz, por los hombros, por los tobillos... hasta el charco embarrado que estaba a mis pies.

Abrí los ojos, me aparté el pelo de la cara y sonreí. Sonreí porque no me lo estaba perdiendo, porque estaba ahí sola disfrutando del espectáculo: palmeras brillantes vencidas por el peso del agua, olor de charcos, de tierra mojada, y una lluvia -casi sólida- que distorisionaba la visión.

Sólo se oía el estruendo del agua, los árboles que crujían bajo el pso de la lluvia, y mi propia respiración.

No iba a ponerme a pensar en la civilización y en lo que ella conllevaba. Creo que nunca había visto llover así, pero estaba decidida a ver el fenómeno entero, así que me acomodé en el banquito y esperé a que la lluvia cesara y se me secara el pelo al sol.

Terms and conditions

Therefore, we request:

-Forever linked, even bonded.
-Daily "Lifting experience"
-Daydreaming bonus
-Permanent laughter
-Romantic dynamics
-Additional nonsense

Signature ..........................         Date.............................

Once this binding document is signed, it is also requested additional effort as well as meeting the requirements disclosed above.

***

And yet, every candidate, every new meeting, every potential lover is carefully analysed and rejected. No signatures to be seen. Disagreement between the parties.

viernes, 27 de julio de 2012

Tenía los cascos puestos

Salí del lobby con las deportivas bien atadas, a paso lento y con el pelo rubio retirado de la cara para poder ver bien. Pasé la garita y llegué al puente que unía Sole Island con el resto de Miami. El mar contaba historias azules... pero yo no las oía, porque tenía los cascos puestos.


En determinado momento la batería empezó a sonar, se juntó el bajo, se unieron las gitarras y el cantante no cantó: empezó a gritar con todo el aire de sus pulmones. Le contaba al mundo lo capaz que era, lo vivo que estaba y demostraba su determinación. Fue por los gritos que empecé a correr, corrí todo el trecho final del puente y llegué a tierra firme; se acabaron el acero y el el cemento suspendidos sobre el mar.


Seguí corriendo, saltando por el alquitrán negro bajo las palmeras y las lianas que intentaban sobrevivir entre los chalés de Miami... los cantantes se sucedían, y todos contaban algo distinto. Ya no había gritos, pero siempre estaban los golpes sordos de la batería al fondo. Iban al ritmo de mis pasos, que hacían "tap, tap, tap" en el suelo a medida que corría... pero yo no los oía, porque tenía los cascos puestos.


Entré en el parquecito ensimismada, pensando en lo que había hecho aquella mañana al despedirme de los recepcionistas, y sonreí con maldad cuando me acordé de cómo se les iluminó la cara cuando les sonreí con dulzura. Como si aquella sonrisa fuera dirigida particularmente a cada uno de ellos, y no un artificio creado en el espejo aplicable a la generalidad. Aceleré el ritmo cuando mi mente se paró a pensar en todos y cada uno de los "pagafantas" que había creado en aquel viaje. Hice recuento: una cocacola, una entrada a una discoteca, varias comidas, una tarta... ¡Quién te ha visto y quién te ve, Alicia! ¡Pobres infelices! Como si a mí me importara lo más mínimo cualquier cosa que hicieran para complacerme.


Cuando estaba en la mitad del caminito que atravesaba el parque me paré a pensar en qué quería yo. Porque, desde luego, había que admitir que lo anterior era divertido, pero no era una meta... era un pasatiempo. Yo quería escribir un cuento cursi, enrevesado pero corto, en el que el el asentamiento llegara pronto para poder prolongar el "y vivieron felices y comieron perdices" hasta el final de mis días... Pero también quería vivir aventuras, estar despreocupada y no quería tener hijos en aquel momento. ¡Si aún no me hubiera enamorado nunca! Pero ya sabía lo que era no pensar en nada y en todo a la vez, y el resto de chorradas que hacían que la vida incluso mejorara a la mejor de las historias inventadas...


Así que mientras sobrepasaba a los culturistas que hacían flexiones en la esquina oeste del parque, llegué al resumen del problema: quería vivir sin comprometerme pero quería enamorarme. ¿Cómo se comía aquello? Otro cantante había empezado a llorar una balada en mis oídos... aminoré el paso para poder pensar mejor. Un perro ladraba a las lagartijas cerca de los culturistas... pero yo no lo oía, porque tenía los cascos puestos.


Salí del parque y volví a la carretera, a deshacer lo andado y a volver a Sole Island. Ahora iba más rápido porque alquien volvía a gritar la solución a los problemas configurada en un pentagrama. Y yo seguía rumiando el ensamblaje de la juventud, la coherencia y la diversión y tratando de averigüar si era factible todo aquello.


Torcí a la derecha, y ya ví el principio del puente para llegar a Sole Island, sólo quedaban unas calles entremedias para llegar hasta él. Y mientras me apartaba un mechón rubio de los ojos, pensé en el puzle que se me presentaba, tan extravagante y provocador. La conclusión, tras dos calles y a pocos metros del puente, llegó clara: tenía todavía tiempo para enamorarme muchas veces.


Y fue justo en ese instante cuando el coche me atropelló... pero yo no lo oí, porque tenía los cascos puestos.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hogueras

Aquella noche fuimos muchos, aunque no éramos los de siempre. Estaban don Dionisio,  el Sirio y Rizo, a los que conocía de toda la vida; pero también vinieron don Paolo, doña Agnes y Magno, completos extraños hasta el momento.

Llegamos don Dionisio y yo en un taxi a “Chicote”, y durante todo el trayecto hablamos mucho, como hacía tiempo que no hablábamos:
-Son divertidos, te gustarán- me dijo.
-Oh, no lo dudo-
-Además, tu padre se pondrá muy contento.-dijo con aire malicioso- Te presentaré a alguno que quizá te interese- me dijo riendo.
-Ya...- me reí también, al tiempo que desviaba la mirada hacia las casas que se veían pasar una tras otra a través de la ventanilla del taxi.
Desde que acabé el bachiller, mi padre había estado instigándome para que buscara un marido. Pero yo no quería casarme, yo quería encontrar al amor de mi vida y marcharme con él a vivir aventuras.
-Te veo triste- dijo Don Dionisio cambiando de tema. Y entonces le conté cómo había sido de complicado el año, cómo llevaba tanto tiempo dando tumbos y perdiendo el norte, y cómo necesitaba dejar de ir a ciegas y retomar las riendas de mi vida. De volver a creer en mi persona.

-He estado... en la parra. Desde que salí del Lope de Vega todo ha sido muy rápido, muy distinto.-
-Poppy, ha sido así para todos.- Me tomó la mano y me dio un fuerte apretón, de esos tan cariñosos que me daba él. Tampoco hubo que decir mucho más. Sonreí mientras me ayudó a salir del taxi, porque me dí cuenta de que era el fin del principio, el cambio de rumbo. Aquella noche no iba a volver a mis tiempos de colegio: iba a avanzar de una vez por todas, y no serían necesarias más charlas de análisis en las que se magnificaran problemas de cualquier tipo.

Ya en “Chicote”, entre las notas de jazz que sacaban los músicos del fondo, nos presentaron a todos. Don Dionisio era nuestro amigo común.

-¿Habéis traído los papeles?- Dijo Rizo apoyado en la barra mientras se mesaba la barbita rubia.
-¿Qué papeles?- Le pregunté yo extrañada. Pero Magno se acercó a mí y, en bajito, respondió:
-En San Juan es tradición. Se escribe en un papel aquello de lo que te quieres librar, y lo quemas en la hoguera. ¿No sabías?-

Yo me puse colorada, claro que sabía que se hacía eso en San Juan... ¿En qué estaba pensando? Primero se me había olvidado por completo escribir el papel, y luego no había caído en qué se referían con aquello de “los papeles”. Seguía en la parra.

-Sí, sí... sólo que se me ha pasado.- Y me reí por quitarle importancia.
-Vamos a la pista- Magno me tomó de la mano y me llevó al rincón donde habían separado las mesitas para que la gente bailara. Ya no sonaba jazz, ahora el local se llenaba con las últimas canciones de Sinatra.

-Poppy, ¿verdad?- me preguntó. Yo asentí con la cabeza y sonreí un poco. -¿De dónde viene?-
Magno tenía el cabello claro, era larguilucho, guapete, barbilampiño y me cayó bien desde el primer momento en que lo ví.
-Bueno, todos tenemos nuestros motes. Mira al Sirio o a Rizo... o tú mismo.- le respondí divertida.
-Si, pero el mío o el de Rizo son fáciles de averigüar... ¿Pero Poppy?-
-Es un mote familiar- dije al fin- No es raro que me ponga colorada. Mi madre es americana. Poppy, amapola... de ahí viene.-
Magno se rió suavemente, me miró y se acercó. Miré al resto; seguían charlando animadamente en la barra y, de vez en cuando, Don Dionisio nos miraba a Magno y a mí con aire burlón. Miré el reloj de la pared; se acercaban la medianoche, y las hogueras esperaban.
-Magno, hay que irse. Son casi las doce- le dije, y él con aire contrariado, pero sin decir media palabra me tomó por la cintura y me acompañó a la barra a avisar a los otros. Mientras todos tomaban sus abrigos, yo me acerqué a la barra a por una servilleta de papel, tomé un bolígrafo de mi bolso, y con cuidado fui escribiendo cuatro cosas.

Salimos del bar al rato. No hacía frío y los coches pasaban por la Gran Vía alumbrando aquella noche madrileña de los años cincuenta. Fuimos caminando por el centro de la ciudad hasta que llegamos a la casa del Sirio. Se trataba de uno de esos palacetes del siglo pasado que aún pervivían en la capital. En los jardines habían organizado varias hogueras, y ya pululaban otros invitados de nuestro amigo a los que no conocíamos de nada. Más presentaciones.

Yo estaba un poco sola. No era malo tampoco, pero con tantas caras nuevas no estaba un mi ambiente. Nos sentamos en las sillas del jardín, al lado de una de las hogueras mientras tomábamos unas copas, y nos reíamos con las ocurrencias de Don Paolo. Tenía el pelo igual de rizado que Rizo, pero mucho más rebelde y algo más oscuro. Tenía algo.

Sin decir nada, me alejé del grupo y me acerqué a la hoguera más grande; algunos de los invitados del Sirio (y el propio Sirio) estaban saltándola. Yo me deshice de las sandalias, del bolso y de la chaqueta; saqué la servilleta de “Chicote” del bolso y tomé carrerilla. Salté alto, las llamas me hicieron cosquillas en los pies, y justo cuando estaba en medio del salto dejé caer la notita. Me deshice de la carga.

Después cogí una de las copas de Champagne que reposaban en las bandejas del porche y me fui al estanque de detrás del jardín a meditar. Y mientras sonreía a la noche, apareció el Sirio, el cual me preguntó como tantas otras veces:

-Se te ve preocupada, Poppy.-
-No.- Le dije. -Esta vez no.- Y me quedé sonriendo al humo de las hogueras y al verde del jardín.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Lei e Lui, andiamo!

¡A lanzar las maletas al maletero! Lui e Lei, desternillados de la risa, ¡de escapada! ¿Conduces? ¿Conduzco? ¿Llevamos música? ¿Nos dejamos algo? ¡¡Los pasaportes!! Hace sol y calorcito, y tienen el motor del coche a ralentí, esperando la orden para salir pitando.

Siguen desternillados. Lui la mira y sonríe, y mientras se pone las gafas de sol dice:

-Please, ponme la chupa en los asientos de atrás, que me molesta al conducir-

Lei se ríe. -¡Pero si voy a conducir yo!- Y acto seguido corre a la puerta del conductor riéndose todavía. -¿Tanto te apetece?- Se sienta en el sitio del piloto, pero se está achantando.

Apoyado en la ventanilla Lui suelta "Bueno, te dejo por ser tú." con aire chulesco, como si de una grave ofensa se tratara. Pero Lei no entra a trapo, le suelta un beso a la par que le dice:

-Va, pon esto.- Y le acerca con cariño un CD.

Lei también se pone las gafas de sol, suena música de siempre, mete primera y el motor del coche ruge. Se marchan. A la aventura.



miércoles, 25 de abril de 2012

Dejamos de querernos

-No sé, tampoco importa mucho, ¿no?
-Ya, pero Poppy, tampoco decir "dejaron de quererse" es algo muy explicativo.-
Ella le dio otra calada al cigarro con elegancia y le miró con desgana.
-Esas cosas pasan, lo sabes, ¿verdad?-
-Si, ya lo sé...- de repente la miró extrañado -¿Y desde cuándo fumas tú? Antes no lo hacías.-
- Eso era antes, ya lo has dicho tú. -pero como quedó un poco borde añadió -No sé... después del rodaje empecé. No recuerdo bien el día.-
Ni siquiera intentó hacer memoria, en realidad no era necesaria. Ese tipo de cosas sólo empezaban por una razón: algún chico. Éste o aquel, daba igual, pero siempre era algún chico. Así que recordar porqué había empezado a fumar sería recordar algo doloroso, o al menos, incómodo... 
-Llegará el día en que te arrepientas y que lo intentes dejar.- Siguió Roger.
-Pero ese día aún no ha llegado-
Roger calló un rato corto. La miró con disimulo intentando ver qué iba mal.
-¿Estás bien?- Le preguntó al fin.
-¿Me ves mal?- Respondió ella.
Pero, al menos físicamente, nada iba mal. La verdad es que estaba guapísima. Como siempre. Sólo que no tenía ese encanto ligado a su buen humor. Estaba "grismente atractiva" en el sentido de que su enfado para con el mundo conseguía que tuviera una belleza sobrecogedora. Muy seria. Roger no sabía si le gustaba este cambio. Probablemente no. Prefería a la Poppy que se reía como una descosida tras sus gorros y sus pañuelos. Era como un sol. Y ahora parecía más bien un nubarrón gris, elegante pero turbador.
-Vamos, que tengo mal aspecto... encima eso.-dijo ella al ver que Roger no respondía. Y mientras sujetaba el cigarro en los labios revolvió su bolsa en busca de maquillaje.
-No, no, que no es eso... estaba pensando. Estás bien, como siempre. Pero estás... ¿peleada con la vida?-
Se puso las gafas de sol y con el semblante más serio que en el funeral de Vicenta le dijo a Roger:
-Digamos que como esa pareja, hemos dejado de querernos-

martes, 17 de abril de 2012

El Juicio

Horrible, sencillamente horrible. Todos me rodeaban, a mí, el pobre escritorzuelo que no se enteraba de nada. Todos con sus túnicas oscuras y sus pelucas empolvadas mirándome desde lo alto.

Yo, ¡pobre escritor! con las sienes ya grises y la piel amarillenta de pavor. No había hecho nada, ¡nada! Pero no me creían...

"Número de acusado 0092381776, pase a declarar"

Subí a la tarima de metal arrastrando la angustia, más pesada que los grilletes, y miré al foco y les conté qué había pasado: "Salí la mañana del 10 de abril con el cuaderno de notas a los Jardines de Bonnette, había gente, mucha gente. Y hacia el mediodía comencé a escribir... ¡No pretendía publicarlo! ¡De verdad que era únicamente para mí mismo! Y me dejé llevar... por el aire, por el ambiente, por los enamorados que pasea-"

"Suficiente"

Me hicieron sentar a golpe de barra de metal. Ojos inyectados en sangre. No, por supuesto que no había sido suficiente. Claro que no me creían y pensaban que escribí todo aquello para divulgarlo...

"Sabe el delito del que se le acusa, ¿verdad? c u r s i l e r í a. Y es muy grave, caso 0092381776, la pena es la muerte, a no ser que las medidas correctivas no tengan efecto."

"¡Pero no fue a propósito! ¡De verdad! ¡¡CRÉANME!! ¡Yo sólo escribo de lo que veo, y la mañana del 10... la mañana del 10...!!" Pánico en mi voz.

"Suficiente. Principio de reacción. Procedan"

-Llegaron los hierros al rojo, y clavé mis pupilas en el tribunal como se clavaron los hierros en mi carne. Gritos espantosos que ni yo mismo me creía capaz de emitir. Ví el parque, te ví subida en la barca. Persona ahora sin nombre. Como siguiera aquello serías persona sin rostro.

-Llegaron las descargas, y lloré lo que lloran las cascadas con el deshielo. Las togas seguían impasibles. Olvidé de pronto cómo te movías, pasaste a ser una imagen fija, estática.

-Llegaron la sal y el limón a mis heridas abiertas.... y definitivamente te olvidé: causa de mis escritos, motor de mi esfuerzo y meta abstracta. Ya no estabas.

Humeaba: literalemente desprendía humo y olía a quemado. Caí al suelo de mármol de la sala sin poder casi respirar. Deshecho de persona... lo que quedaba de mí. Y cuando me soltaron, tras caminar sin rumbo por la ciudad, llegué a los Jardines de Bonnette. Estaba tu barca, estaba tu brisa... pero no te recordaba.

Metí la mano en el bolsillo y encontré una nota, palabras puestas en tus labios siglos atrás. Ya no tenía lágrimas que llorar, pero volví a recordarte y supe que te habían llevado, que ya no estabas. Loco de pena marché al estanque, tomé tu barca y tras montarme, la impulsé al centro, lejos de toda orilla.

Salté con todas mis fuerzas. Agua fría. No sabía nadar. Aquí contigo o en ningún lugar.

lunes, 26 de marzo de 2012

Apasionadamente racional

¡Qué absurdo! Nada tiene mucho sentido estos días. Fadrique y yo nos reímos otra vez. Salimos a la terracita amarilla y nos ponemos a mirar abajo abajo a la gente caminando por la calle. Antes habríamos abierto la manguera de regar y les habríamos regado a todos. Pero hemos crecido, y ahora hacemos otro tipo de travesuras de hermanos. 

"Poppy, eres como una balanza. Pones la cabeza a un lado y el corazón al otro y se equilibran bastante bien." Yo me río, pero me doy cuenta de que es verdad. "Es agradable controlar la situación" le digo a mi hermano "saber que hay ganas de llorar, pero que no existe verdadera necesidad, y parar el carro antes de que se desborde la parte irracional que llevamos dentro. Es como si te agarraras a una rama sólida estando subido a la copa del magnolio en medio de un vendaval. Es... emocionantemente acogedor."

Ahora se ríe él. "Lo solucionarás, ya verás. Pero sigue con el balance, te hace bien." Me guiñó un ojo y se acercó a la manguera verde. "¡Espera! Voy a llamar a Michael. ¡¡Miiiiiiick!!". Y cuando salió el pequeño de los tres hermanos abrimos la manguera y, entre risas, regamos a los transeúntes.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Piove

Sale del gran edificio, lleva los cascos puestos y no oye nada. Nada. Llueve bastante. Una voz canta y mata el silencio, acompañada de guitarras desenfadas y de unas baquetas que no paran de moverse. No hace frío.

Se moja los pies en todos y cada uno de los charcos de la cuesta recién adoquinada. Con carácter. Pese al agua incómoda, él sonríe al anacrónico cielo gris primaveral, y sigue metido en el universo de los cascos. Chaf, chaf, chaf...

Llega a la bici, aparcada en una esquina al lado del césped; ahora una guitarra acústica y un saxo sustituyen a la banda y el chico mira a un lado y a otro antes de ponerse en movimiento. Le dan las gotitas de lluvia de pleno, como provocándolo, pero a él le resbalan sin más por la cara. Y continúa con la calma del cable.

Aparca la bici resguardada de la lluvia, dormirá allí hasta mañana.

lunes, 19 de marzo de 2012

Carreras de galgos

Era una mañana curiosamente cálida puesto que estábamos en marzo y aquí eso no suele ser así. Yo necesitaba chocolate y distracción, y el bueno de Roger me llevó a las carreras de galgos. "Poppy, te sentará bien, llevas toda la semana trabajando por encima de tus posibilidades; y ahora que tu salud ha mejorado, necesitas salir y tomar un poco el aire. Así que arréglate y vámonos a las pistas."

La verdad es que yo no tenía ganas de ir a ningún lado, y menos a ver correr a unos pobres perros detrás de un juguete mecánico. Pero Roger me conocía bien, y visto que en contadas ocasiones tenía razón decidí hacerle caso y así salimos los dos de la casa, él con su traje gris claro y su sombrero y yo con mi vestido rojo oscuro y mi pamela.

Ibamos dejando atrás las afueras de Londres en el automóvil; y mientras nos adentrábamos en la capital, yo iba pensando en mis tristezas varias. Desde el asiento del conductor, Roger me miraba refilón y sé que estaba preocupado, desde que caí enferma lo estuvo. Era muy bueno, este Roger, y yo le quería muchísimo.

Llegamos al estadio, allí estaban todos los caballeros con sus sombreros oscuros de copa, y el resto de señoras, contoneándose con sus vestidos de colores y sus tocados. Entonábamos bastante bien Roger y yo con la multitud, pero yo estaba muerta de miedo. La sociedad. Me agarré a su brazo como quien se agarra a un bote salvavidas en un naufragio, y fuimos los dos sorteando pimpollos hasta sentarnos en las gradas a ver la primera carrera. Ganó un tal "Naccio".

Había una docena de perros en el estadio; todos con sus cartelitos de colores y sus números. Según un par de gordas de nuestra izquierda, la carrera importante se disputaría entre dos canes: "Trencadis" y "Seto", el resto no tenían posibilidades, y al parecer todo el mundo había apostado grandes sumas para acertar quién se llevaría el premio aquella mañana. Me entró mucha curiosidad por ver a los dos galgos, así que dejé a Roger en la grada y bajé a pie de pista para verlos mejor. 

Los tenían al margen del resto de perros, sin participar en las carreras menores, esperando al gran encuentro del mediodía. Uno canela con el cartel azul, el otro de pelaje más oscuro y con el cartelito verde. Con sus respectivos cuidadores, cepillándolos con primor. Eran bien elegantes los dos.

Y en ese momento, sin previo aviso, me apeteció con locura apostar. Les eché un último vistazo y subí con determinación las escaleritas intentando no tropezarme con nadie en mi camino hacia la taquilla. Roger se levantó de su asiento y vino volando hacia mí, me alcanzó en la cola de la dichosa taquilla.
-¿Qué haces?
-Voy a apostar.- le dije
-¡¿Qué?! ¿Por qué? ¿Qué necesidad tienes tú de apostar? Hemos venido únicamente a pasar la mañana, Poppy, no digas tonterías.
-¡Qué no, Roger! Me apetece mucho, es... importante.
-Deje apostar a la señorita, caballero.- Dijo una voz a nuestra espalda.
Un hombre con un traje claro esperaba justo detrás de nosotros para realizar su apuesta.
-Por quíen va a apostar, señorita, quizá puedo aconsejarla.-
-"Trencadis", sé que no es algo muy patriota, sabiendo que no es inglés... pero tengo un presentimiento.-
-Bueno, sin duda, sabe lo que hace, pero de todas formas le digo que "Seto" va a ganar este torneo.- y luego le dijo a Roger- Déjela jugar, es un pasatiempo como otro cualquiera y no hará mal a nadie-
Roger se calló, pero me miró con esa cara de querer decir algo pero ser demasiado cortés para soltarlo en  público.

-Para "Trencadis"- le dije a la mujer que me atendió. Y antes de soltar el fajo de billetes eché un último vistazo a mi apuesta, la cual jugueteaba abajo en la pista.
-Mucha suerte, señorita- Me dijo el hombre de detrás cuando me dieron el boleto. Yo incliné la cabeza levemente y me marché con Roger a mi espalda.

Nos volvimos a sentar en las gradas, yo sujetaba el papelito como una posesa y mientras tanto preparaban a los galgos. Damas y caballeros, acomódense, la Gran Carrera del Mediodía va a comenzar. Decían por los altavoces. Con ustedes "Terry", "Box", "Naccio", "Hamlet", "Ribbert", "Jo", "Peck", "Angie", y por supuesto "Seeeeeto" y "Treeeencadiiis". Miré a Roger nerviosa, y le sonreí con culpabilidad. Era un juego, si perdía mi depresión no se vería muy afectada. Él me sonrió ligeramente, me rodeó con un brazo y con la mano que le quedaba libre tomo mi mano tensa, la que sujetaba el boleto.

Preparados, listos... ¡PUM! El disparo marcó el comienzo de la carrera y en seguida quedaron todos los galgos atrás... menos "Trencadis" y "Seto". Los hombres se levantaban de las gradas, las mujeres se abanicaban exaltadas y unos y otros miraban ansiosos por los binoculares que traían. Por los altavoces el comentarista seguía retransmitiendo quién le sacaba una cabeza a quién, pero yo ya no oía nada, y me limitaba a mirar a los dos galgos correr detrás del conejo de mentira. Esas dos figuritas, una clara y otra oscura, que corrían sin saber que el dinero de mucha gente dependía de ellos. A mí el dinero me daba igual, como decían algunos del vecindario "hay cosas que uno las hace porque tiene un feeling"

-¡¡Roger, hemos ganado, hemos ganado, hemos ganado!!- Grité cuando acabó la carrera. Le abracé con todas mis fuerzas y le dí el boleto. -Ya está, no necesito apostar nunca más.-
-Vamos a recoger el premio y nos marchamos- Me respondió él, sonriendo.

Y arriba, tras recoger la recompensa, le volvimos a ver, al señor de traje blanco. 
-Mi más sincera enhorabuena, señorita. Tiene usted buen ojo con los canes.-
-Gracias, pero ha sido mero azar-
-No, de veras que lo tiene. Mi perro ha ganado de una forma espléndida, y usted ha sabido verlo pese a lo que yo le he dicho.-
Me quedé perpleja y miré a Roger, quien estaba igual de perdido que yo.
-¿Usted es el dueño de "Trencadis"?- Le preguntó.
-Ciertamente- Se limitó a decir, y tras quitarse el sombrero y hacernos una leve reverencia se fue derecho a la salida del estadio seguido de unos cuantos periodistas que habían conseguido alcanzarlo.

-Espera, Roger, quiero hacer una cosa antes de que nos vayamos.-
Salí pitando hacia la pista, salté a duras penas la verja que separaba las gradas de la hierba y llegué justo para parar al cuidador de "Trencadis". "¡Espere!" Me acerqué al can y le acaricié el cuello "Buen chico, buen chico, lo has hecho bien... ya sabía yo que podía fiarme de tí". El perro pareció sonreirme orgulloso. "Eso era todo, perdone". Y dejé marcharse al cuidador con su animal, sintiéndome satisfecha.

Llegué hasta Roger, me ofreció el brazo, pero en vez de eso, le tomé de la mano con soltura. Y fuimos andando hasta el automovil, para volver a nuestro caserón.

viernes, 10 de febrero de 2012

Clarajillos

La idea fue de un amigo: siempre había estado enamorado de mí, y cuando abrió el bar de copas no se le ocurrió otra cosa que  ponerle mi nombre a una bebida que se había inventado. Lo peor fue que la bebida en cuestión estaba buenísima y tenía éxito. 

"CLARAJILLOS-TRES VARIANTES: DULCE, FUERTE Y ORIGINAL"

Puso Emilio el bar en Malasaña, y a los pocos días llenó la calle con cartelitos y flechas que apuntaban al mismo y anunciaban "mi bebida". A mí me tocó mucho la moral. No me gusta nada llamar la atención y encima el tío se cachondeaba del asunto diciéndole a cualquier cliente mientras me señalaba: "¡Esa, esa es Clara, la musa que me ha inspirado a crear la delicia que te estás tomando!". Porque la gente no iba a su bar más que para tomar Clarajillos. ¡Y vaya que si venían!

Todos los amígos pasábamos al menos un día a la semana por el bar de copas de Emilio: tenía un ambientazo y era la primera parada de la noche, para salir de allí ya preparados con el Clarajillo en vena. Yo siempre me negué. No quería probar el dichoso Clarajillo, me ponía de los nervios y desde el principio lo aborrecí, por muy bueno que dijeran que estaba.

Era curioso, porque a todos, sin excepción alguna, les gustaba: Silvia, que adoraba todo lo empalagoso, tomaba clarajillos; Javi, el cuál bebía todo lo que fuera fuerte y a palo seco, pimplaba clarajillos y Daniela, que tragaba lo que fuera, también se los adoraba. Emilio cambiaba un par de cosas en la receta (la cual seguía siendo un misterio) y la adecuaba al gusto del consumidor casi sin cambiar la esencia.

Pero decidí ceder ese viernes. Estaba ya un poco cansada de que siempre insistieran; hacía ya tiempo que los clarajillos formaban parte de nuestras vidas -aunque su fama y el furor que causaban en los nuevos clientes de Emilio no parecían disminuir nunca- y ya era hora de que me dejaran en paz. Me llevé la copa a la boca y tragué el líquido morado.

Desde entonces no he vuelto a tomar un clarajillo, pero fue la mejor noche que he vivido nunca.

Cal Hico, completo

Nos tumbamos los dos en la explanada de cerámica. Era ya de noche, y como estábamos lejos de la ciudad las estrellas se podían ver. ¡Qué imagen tan cursi! Poppy y Mr. Jersey, juntos viendo la noche. En fin, a mí me gustaba... y, por la cara que se te quedó para el resto de la noche, sé que a ti también. 

Olía a mar, y se levantaba esa brisa tontorrona que lo acatarra a uno en pleno verano. Te acercarse más a mí y se me pasó el frío... yo siempre con frío. Salieron cinco murciélagos del ciprés alto, y vimos las cinco siluetas negras recortadas contra el fondo morado del cielo; revolotearon divertidos por el jardín y se perdieron en el seto de madreselva.

Nunca me habías dicho nada. De tu boca nunca había salido una frase cautivadora. Los hay que utilizan las palabras para conquistar, pero tú sólo hablabas con los ojos y con los gestos. Y en ocasiones combinabas los dos. Había aprendido a leer tus acciones, y a descubrir qué querían decir en realidad cada uno de tus gestos.

Pero quizás fue el aroma a jazmín del jardín trasero, o tal vez la luna llena que iluminaba todos los lunares de mi cara, o el sonido del agua que bajaba por el caño al estanque del jardín... quizá fue sólo una de esas cosas, puede ser que no fuera ninguna o la combinación de todo, pero el caso es que te acercaste a mi oído y me susurraste:

-Poppy, te quiero mucho. Lo sabes ¿verdad?

lunes, 30 de enero de 2012

UN PILAR DE PARMESANO- Acto III

Vuelve a ser el escenario del Acto I. Todos llevan zapatos de charol nuevamente. A la derecha están Don Pedro, Don Fernando y un tercer caballero. La famosa pareja está al fondo a la izquierda, al lado del gramófono (del que suena música de ambiente). Al fondo y en el centro, hay un mueble bar con un camarero muy elegante. Mr. Jersey aparece en escena por la izquierda, va vestido con una gabardina ocre y una bufanda oscura, deja las prendas en un perchero cerca de los tres caballeros de la derecha.

MR. JERSEY- Buenas, caballeros. Como ven, al final decidí venir.
DON PEDRO, DON FERNANDO Y EL TERCER CABALLERO- Bienvenido, bienvenido.
DON PEDRO- A Mr. Jersey. ¿Complicado el trayecto?
MR. JERSEY- No, sólo hubo una abuelita que no me dejaba pasar en el ascensor. Pero con el ruido de la maquinaria se ha apartado y no he tenido más problemas...
DON FERNANDO- A Don Pedro con mucho interés y sin prestar atención a Mr. Jersey. Y las otras, ¿Cuándo llegan? Dijiste que hablaste con ella, ¿Le contaste que volvía de ultramar?
DON PEDRO- Si, creo que algo mencioné al respecto. No tardarán en llegar, Feo. Descuida. Con satisfacción. Y esta vez está todo mucho más organizado: tengo cosas para enseñar y ¡¡no pienso intentar regalar nada!!

Suena el timbre de la puerta, Don Fernando corre a abrir. Aparecen dos chicas, que no son Doña Clotilde y Doña Flor. Apesadumbrado, Don Fernando les cierra la puerta en las narices.

DON FERNANDO- Pues no eran ellas, y yo no quiero más gente aquí, que esto ya está muy lleno. Mira con aire perdido al su alrededor y repara en el mueblebar y en su camarero. ¿Bebemos?
DON PEDRO- No es mala idea, así vamos creando ambiente. A Mr. Jersey ¿Ud. qué toma, señor...? 
MR. JERSEY- Mr. Jersey. Un gintonic, por favor.
DON PEDRO- ¡Ah! Pues como nuestro amigo aquí Don Alessandro. Aunque dice ser un alternativo.
DON ALESSANDRO (TERCER CABALLERO)- Anda Don Pedro, no se burle de mí, que lo profundo tiene muchas facetas y sabe convivir con lo cotidiano y lo vulgar. Tomaré un gintonic también.
Marcha Don Pedro a por las bebidas. Dejando a los tres caballeros en un silencio incómodo. 

MR. JERSEY- ¿Y ustedes vienen mucho a estas fiestas?
DON FERNANDO- Soy un habitual,aunque hacía tiempo que no podía asistir por mis viajes de ultramar. Don Alessandro no es tan forofo, sólo desde que volvió de Italia de visitar a su "nonna".
DON ALESSANDRO- ¿Y ud. cómo es que está aquí?
MR. JERSEY- Ya ven, cosas del momento. Estaba con mi prometida cuando apareció Don Pedro y me invitó.

Vuelve Don Pedro acompañado del camarero que lleva las copas. Cada uno coge una para inmediatamente asentir, sonreír e intercambiárselas. Justo en ese instante vuelven a llamar a la puerta. Don Fernando se apresura de nuevo. Son Doña Flor y Doña Clotilde.

DOÑA FLOR- ¡Don Fernando! Con auténtico asombro ¿Qué hace usted aquí? A Doña Clotilde, que está petrificada mirando a Don Fernando. Mira Cloti, ¡es Feo!
DOÑA CLOTILDE- Vaya, qué sorpresa... Don Fernando la besa en la mano.
DON FERNANDO- ¡Qué placer volver a verla, Cloti!. Como en los viejos tiempos, ¿verdad?
DOÑA CLOTILDE- Confusa. Claro, como en los viejos tiempos.
Se acerca Mr. Jersey a las dos recién llegadas, saluda cortésmente a Doña Flor, y ante el asombro de Don Fernando, besa a Doña Clotilde en los labios.

MR. JERSEY- Hola darling, ¿Todo bien?
DOÑA CLOTILDE- Recomponiéndose del shock. Si, claro. Ha sido difícil encontrar los zapatos de charol... ¡hacía tiempo que no los usaba!
DOÑA FLOR- A Don Fernando. ¿Está por aquí Don Pedro? Tengo que saludarle, y comprobar que todo esté en orden esta vez.
DON FERNANDO- Todavía mirando a Doña Clotilde y a Mr. Jersey. Claro, sígame Doña Flor, que la llevo con él.
DOÑA FLOR- Encantada. ¡Ay, qué bien! Pero tutéame anda, Feo.
MR. JERSEY- Cayendo en la cuenta. ¿Feo? ¿Es usted...? Mira a Doña Clotilde, que sonríe forzadamente y calla su discurso artificialmente. Acabo de olvidar lo que iba a decir.

Van Don Fernando y Doña Flor hasta donde están los otros dos caballeros. Quedan Mr. Jersey y Doña Clotilde al lado del mueblebar charlando y tomados de las manos.

DON PEDRO- ¡Doña Flor! Es fantástico verla. Ve que esta vez he preparado todo con primor ¡eh!
DOÑA FLOR- Ríe. No lo dudaba, para nada lo dudaba. Pero quiero inspeccionar el resto de la casa, seguro que se ha olvidado de atar con lazos rojos los espejos...
DON PEDRO- Con aire misterioso. Ahh... ya verá, acompáñeme que se va a llevar una grata sorpresa.
Hacen mutis

DON ALESSANDRO- ¿Y estas quiénes son? Porque parece que aquí todos se conocen de otras veces menos yo...
DON FERNANDO- Le pondré en situación: Don Pedro y Doña Clotilde Señala con la cabeza a Doña Clotilde que sigue hablando con Mr. Jersey son primos lejanos, y Doña Flor -esta señorita que se acaba de ir con Don Pedro- es íntima amiga de Doña Clotilde. Coincidimos hace un tiempo los cuatro en una fiesta, y Don Pedro lleva desde entonces organizando fiestas para ver a Doña Flor, de la que sigue completamente enamorado.
DON ALESSANDRO- ¿Y ud. qué pinta en todo esto?
DON FERNANDO- Yo... Con aire entristecido yo no pinto nada en todo esto. Soy el mejor amigo de Don Pedro... y Doña Clotilde una vez me quiso, o eso creo yo.
DON ALESSANDRO-¡Pero ahora está con el caballero ese! ¿Le duele el asunto este? ¿Cambiamos de tema?
DON FERNANDO- No tanto como me duele lo complicada que es la estructura del diente de león. Estoy trabajando en ello desde hace un tiempo.

Poco a poco, Doña Clotilde se ha ido acercando a los dos caballeros y ha dejado a Mr. Jersey en el mueblebar bebiendo su copa.
DOÑA CLOTILDE- A Don Alessandro. Buenas, creo que no hemos sido presentado.
DON ALESSANDRO- Discúlpeme. Alessandro DiParma, amigo de Don Pedro, llegado desde Roma en un avión esta mañana.
DOÑA CLOTILDE- ¡Oh, qué bien! Me encanta Italia ¿le está gustando la fiesta? Las ha habido mejores, créame. Mirando a Don Fernando.
DON ALESSANDRO- No está nada mal, si señor. Pero en Italia nos gusta añadirle parmesano. Si me disculpan, voy a preguntarle al amable camarero si tiene parmesano. Marcha al fondo.

Se miran Don Fernando y Doña Clotilde, y sonríen apenados.
DOÑA CLOTILDE- ¿Qué pasó, Feo? ¿Por qué no respondiste a los recados que dejé en la centralita?
DON FERNANDO- Verás Cloti, marché a ultramar. Era invierno, hacía frío... Pero te he echado de menos. Mucho. Mirando a Mr. Jersery ¿Cuándo os casais?
DOÑA CLOTILDE- Queda mucho, seis meses. Pero sólo tenemos el pastel.
DON FERNANDO- No te cases, Clo. Es como atarse a un poste y caminar así por la calle. ¡Quédate conmigo! Ya sabes que no te aburrirás.
DOÑA CLOTILDE- Feo, ya te esperé mucho. Doña Flor me echaba la bronca por seguir telefoneándote todos los días. Y me da pena, porque ya sabes que a mí me gustan todas las historias... y la nuestra fue muy bonita. Si al menos hubieras respondido algo...
DON FERNANDO- ¡Pero es que en ultramar no tienen teléfonos! No podía contactar contigo... Piénsalo bien, yo seré tu diversión. Me quieres, y lo sabes; desde el día en que bebimos juntos y te conté mi secreto. Pero ahora prefieres la comodidad del señorito ese...
DOÑA CLOTILDE- No es verdad... bueno, cierto que te eché de menos, y te quise. Pero ya no quiero eso, ya no quiero bohemios, lo sabe bien Doña Flor, pregúntaselo. Tú has sido... has sido "mi Feo". Pero ha llegado el momento de avanzar y de cosechar ruedas dentadas... Lo siento, de verdad.

Mr. Jersey está dado la vuelta mirando al mueblebar y charlando animadamente con Don Alessandro, y Doña Clotilde aprovecha para darle un beso de despedida a Don Fernando. Se miran y sonríen con complicidad.

DON FERNANDO- Llámame cuando te aburras y quieras beber algo distinto.
Vuelve Doña Clotilde con Mr. Jersey y Don Alessandro con Don Fernando.

DON ALESSANDRO- He visto que hablaban mucho. ¿Cómo ha ido? Le veo relajado.
DON FERNANDO- Mirando a Doña Clotilde. Ella me ha olvidado, sé que yo también lo conseguiré... pero no tengo una tarta delante para hacerlo felizmente.
DON ALESSANDRO- Ah... le donne, son tan complicadas. En Italia se rizan las pestañas y no podemos vivir sin ellas. Ya te presentaré algunas.
DON FERNANDO-Ah, pues eso es interesante... Sonríe dejando de mirar a Doña Clotilde. Esta fiesta está un poco apagada, le dejaré una nota a Don Pedro y así podremos irnos a buscar complicaciones a otro lado, ¿Le parece?
DON ALESSANDRO- ¡Por supuesto! Gran idea...
Saca Don Fernando un papel y un bolígrafo de su americana y se dispone a escribir una nota. 

Aparecen Don Pedro y Doña Flor por la derecha riendo sin parar.

DOÑA FLOR- ¡Claro que sí! ¡¡Claro que si!! ¡Cloti, Cloti, te dije que lo haría! Ya somos dos, digo cuatro que nos casamos!
DON FERNANDO-A Don Alessandro. A ver si con esto deja de ser una borde.
Doña Clotilde y Mr.Jersey les dan la enhorabuena con mucho entusiasmo. Las dos chicas se abrazan.
DON PEDRO- ¡Conseguido, Feo, conseguido! En cuatro meses me verás atado a un poste, como dices tú.
Don Fernando le da un fuerte abrazo y al despegarse pone cara de asombro.
DON FERNANDO- ¡Espera un momento! ¡Esto quiere decir más fiesta! ¡Habrá que celebrar tu despedida de soltero! Y será por todo lo alto... El señor Parmesano y yo lo organizaremos. ¡Y todos iremos con zapatos de charol!


martes, 24 de enero de 2012

A los caballeros esos

No sé si alguno leeréis esto, y si lo hacéis, seguramente pensareis que me estoy metiendo donde no me llaman... ¿pero qué le vamos a hacer? Son divagaciones que aparecen a altas horas de la noche y sin avisar, y lo único que puedo hacer yo es escribir y ponerlas un poco en orden.

Seamos francos, no os conozco, y vosotros a mí tampoco (bueno, vuestro líder y su mejor amigo quizá un poco más, pero tampoco es que nos hayamos sincerado con una botella vacía encima la mesa... aunque ahora que lo pienso sí lo hemos hecho, pero a medias tintas sólo, y no era una mesa, sólo una cama de hotel). Pero algo extraño pasa cuando lees los escritos de otro; parece mentira, pero estoy completamente segura de que metemos nuestra esencia en estas líneas (incluso aquel que se burla de sus propios escritos con intención de cubrirse de una coraza está dando a conocer algo íntimo de su persona). Dejamos nuestro sello. 

Es como si el escritor se desnudara ante su público (a algunos no les cuesta porque tienen las vergüenzas muy bien domesticadas; a otros un poco más, e intentan camuflar sus inquietudes con metáforas e historias inventadas) y eso asusta. Asusta al lector que se sorprende dentro de la mente del autor, y asusta al lector como autor, pues entiende que él también está condenado a desnudarse cada vez que se sienta a crear algo. Porque ¿Qué estoy haciendo yo aquí a la una de la madrugada sino? Pues desnudarme, eso estoy haciendo.

En fin, yo no quería centrarme en esto de la sinceridad, yo quería hablar de otras cosas. Un punto de fascinación tienen ustedes, caballeros. Con toda esa atmósfera esperpéntica, alternativa y... suya. Hay cosas que las ves de lejos y sabes que las quieres; bueno, pues yo quiero eso. Se sabe de qué calaña está hecho cada uno. Y también se sabe qué es profundo, trascendente; el caldo que tiene sustancia huele desde el hueco de la escalera, no hace falta entrar a la cocina y probarlo para saber que es bueno.

He de reconocer que había perdido un poco la esperanza en mi generación, quizá sólo sea que hay poca gente que de a conocer su lado más trascendental, esa faceta que algunos considerarán débil. Me alegro de haberme asomado a la vuestra.

No puedo dar consejos, estoy igual de desubicada que ustedes -aunque parezca que estos escritos sean unas crónicas de Los Mundos de Yupi-. Sólo me queda decirles a aquellos que se torturan que dejen de hacerlo. Aquel que se pregunta y que reflexiona, por perdido que se sienta estará siempre en mejor posición que aquel que no intenta descifrar el sentido de la existencia. 

Porque para eso estamos aquí: para saber por qué estamos aquí.

lunes, 23 de enero de 2012

La vida en el Dam

He ido allá donde los tickets para viajar son comestibles, he paseado por los grandes canales y he sentido la soledad en la multitud. He estado encerrada dentro de mi propio cuerpo y he respirado la calma artificial.

El empedrado de las calles me ha confundido y he creído que las patatas con mayonesa eran una comida saludable. También he perdido la orientación en numerosas ocasiones.

No fue un viaje fácil. Nadie dijo que lo sería. Ni nos conocíamos ni teníamos los mismos planes, pero algo había en común que nos ha dejado convivir... espero que fuera algo más que el humo del local.

En un amago de hotel regentado por chinos pasamos las noches y las siestas: pegados al radiador y a las botellas. Unos más que otros. 


Por mi parte he aprovechado la vida en el Dam: he visto la psicodelia desde fuera, sin absenta ni estimulantes, he admirado "la habitación" y a los "comedores de papas"... pero me queda clavada la espina de no haber entrado a la casa escondida en el tercer canal. Ya volveremos.

Me he reído con ganas por la historia alternativa de Anna F. que algunos se inventaron, y he escuchado monólogos trepidantes que dejarían desubicado a cualquiera.



Se vive bien en el Dam. Hay casas pegadas las unas a las otras, como si quisieran entrar en calor. La lluvia se ríe de los habitantes de allí y no concede clemencia. Y aunque quedan cosas por hacer, apiladas en los rincones de los canales, las que sí hemos hecho pesan mucho en la balanza y nos dejan marchar a casa en paz.

lunes, 16 de enero de 2012

Encéfalograma plano

Estamos en el café de abajo. Antonio y yo. Y me río a carcajada limpia de él. Ni se inmuta, el tío. Lleva desde que nos trajeron los cortados (el suyo ha quedado frío y olvidado encima de la mesa) mirando al tendido como idiotizado. Es como si su cerebro sólo estuviera pensando en algún sonido constante, monótono: beeeeeeeeeee... beeeeeeeeeee...

-Te está afectando ¿eh?- Le digo riéndome.
Lentamente me mira con aire perdido, con dificultad enfoca mi cara y responde:
-¡Qué va! ¿Yo? ¡Para nada!-
-Bueno, vale. Pero tu café se enfría...-

Antonio coge la taza con las manos y le da un sorbo, se ha dado cuenta de que está ya frío, pero como ve que le estoy mirando, se hace el sueco y no dice nada al respecto.

-¿Y cómo es? ¿guapa? ¿maja?- le pregunto para ver si le sonsaco algo.
-Es...- otra vez está como alelao; pero se sobrepone y le sale una sonrisa pícara- genial. Además, ¡si tú ya la conoces! ¿Por qué me preguntas esto?-
-Ya, bueno, pero no sé a ti qué te parece... quería tu opinión. Nada más.-

Creo que se ha sentido un poco culpable con su contestación cortante, por lo que me da más detalles.

-No sé, Poppy, es fantástica, lista, guapa... pero no puedo ir diciendo estas cosas por ahí, que luego parezco idiota.-
-Va, va... es sólo que a lo mejor deberías soltar en algún momento todo esto, porque creo que de guardártelo ahí dentro ¡te estás quedando atontado!- y me vuelvo a reír.
-Mira que eres mala... ¡Si no se nota nada!-
-Yo sólo te repito lo del café, y ni se te ocurra negarme que en la uni no estás así también... ¡Qué me lo ha contado Julio!-

Me mira y se ríe. Sacamos las carteras para pagar el desayuno y salimos a la parte de atrás del campus.
-Bueno Antonio, yo me voy a casa. Ánimo con la última clase, y estáte atento, que me me tendrás que contar qué dice Jacobs.-
-Que sí, que sí...-

Subo la calle a coger el autobús. Y en la parada suena el teléfono:
-¿Sí?-
-Se me olvidaba, quita tú también la cara de embobada en tu trayecto del bus... ¡Qué me lo ha dicho Julio!