viernes, 3 de agosto de 2012

Mosquitos

-Est'as cansada o qu'e?- Pregunt'o Josh.
Llevaban andando un buen rato por el caminito de tierra con las bicicletas sujetas al costado. Martha se hab'ia quedado rezagada y se rascaba el codo con insistencia pero con aire distra'ido.
-Eh? No, no.- se mir'o el brazo y vi'o c'omo se le hab'ia puesto de rojo por rascarse.-Es que esta noche me han acribillado unos mosquitos. Me he levantado a las 2am con las manos y los muslos hinchado y colorados de rascarme dormida!! En el resto del d'ia no me han molestado para nada, pero es la del brazo, que no para de picar ahora...- Entre tanto, hab'ia vuelto a andar y estaba ya a la altura de Josh.
-Pues no te rasques, que te har'as costra!-
Martha le dedic'o una mueca de hast'io pero se ri'o; despu'es se puso m'as seria.
-Y t'u c'omo vas?-
Josh apret'o los labios en una sonrisa triste y respondi'o. -Pues yo tampoco he podido dormir mucho esta noche. A ratos voy bien, pero la echo de menos...-
-Pues no la eches de menos, que te har'as costra!- No lo dijo con aire vengativo, acto seguido le plant'o un beso en la mejilla.

Martha llevaba un vestido verde de playa, y llevaba enganchada de la cesta de la bici una bolsa marr'on; Josh iba con una camiseta roja, bermudas y chanclas, y sobre el pelo castanyo llevaba un sombrero de paja. Se montaron en las bicicletas y recorrieron el resto del camino a la playa pedaleando.

-Qu'e calor!- dijo Josh cuando llegaron, y seguidamente agarr'o a Martha del brazo y tir'o de ella hasta que acabaron los dos con el mar por la cintura. -Mejor, no?-
Martha se mir'o perpleja la ropa empapada, mir'o despu'es a Josh y como 'unica respuesta le intent'o hacer una ahogadilla. Sin 'exito. Volvieron los dos ri'endo a la arena, se quedaron en banyador y extendieron las toallas.
-Va, no te enfades. Te concedo el primer panchito del d'ia.-dijo Josh mientras rebuscaba los aperitivos en su mochila negra.
Ella aprovech'o para coger el sombrero de la arena y sacar su c'amara de fotos. -Qu'e tonto...!- le dijo tom'andole una foto.
-P'illalo!- Y Josh le envi'o un panchito al aire para que lo alcanzara al vuelo.
-Nyam! Tienes ganas de volver?-dijo Martha mientras masticaba el panchito.
Josh frunci'o un poco el cenyo y dijo frot'andose el pelo -No s'e... si. Apetece comprobar si mis planes para el curso funcionan.-
-Ya ver'as que s'i. Adem'as, te veo animado.-
-Y t'u? Ganas de rutina?- Josh se le guiny'o un ojo.
Martha arrug'o la nariz, se estir'o en la toalla y hundi'o los pies en la arena. -No!! Qui'en necesita madrugar y llevar bufandas?? Yo vivir'ia siempre en verano!- Se rieron los dos y Martha continu'o hablando.-Pero s'i, tambi'en me apetece ver a Bob y a Carol... y a Poppy. Tienes hambre?-dijo cambiando de tema oportunamente.
Josh la mir'o y sonri'o d'andose cuenta de la estrategia, pero no dijo nada, sac'o los paquetes de papel de plata de la mochila y solt'o un "Qu'e aproveche!"

Terminaron de comer entre bromas y se tumbaron en las toallas amodorrados.
-C'omo crees que acabaremos? De mayores, digo.- pregunt'o 'el.
-Ah... no s'e t'u, pero yo voy a acabar las clases de cine y me voy a poner a editar superproducciones. Lo tengo clar'isimo!-
Josh mir'o al cielo y entrecerr'o los ojos, porque el sol lo deslumbraba.
-Y bien?-pregunt'o Martha, quien esperaba una respuesta.
-Ah! Yo... tropecientos hijos y un apartamento muy grande. Y vacaciones en Europa todos los anyos!- dijo al fin.
-Me sumo a lo 'ultimo. Ir'e con tu familia!-
-No, no, no, no, no... Bueno, s'olo si te dejas llamar "Auntie Martha".-
-Argh!! Qu'e horror! Ya veremos...-

***

El cielo se hab'ia puesto rosa, y el aire, auqnue segu'i siendo c'alido, daba senyales de que la tarde llegaba a su fin. Martha le pas'o las chanclas a Josh, y 'este le di'o las bambas que estaban cerca de la bolsa marr'on. Se vistieron mirando al mar, el cual reflejaba todos los colores del cielo: ahora era naranja, rosa, morado, amarillo... En silencio recogieron las toallas y las bolsas y fueron andando despacito hasta la zona de c'esped donde hab'ian dejado las bicicletas aparcadas. Josh iba ensimismado y Martha no paraba de hablar a la par que se rascaba con 'impetu todo el cuerpo.
-Creo que nos hemos puesto morenos. Bueno, t'u mucho ma's... como siempre!- Sac'o un espejito de su bolsa y se estudi'o la nariz. -Vaya, me he vuelto a quemar. Tienes crema, Josh? Josh?! -Repiti'o rasc'andose el hombro con fuerza.
-Perdona, estaba distra'ido.-respondi'o. Mir'o con ojos tristes y anyadi'o. -No, lo siento, no tengo crema.-
-Est'as bien?-pregunt'o ella mientras las marcas del cuerpo se pon'ian ma's rojas y se iban hinchando.
-No, Martha, ahora no estoy bien. Lo he pasado genial todo el d'ia. Me he re'ido, no he pensado para nada en Poppy... pero ahora...- Trag'o saliva, sacudi'o la cabeza como queriendo olvidarse del asunto, en vano. Y con desgana at'o la mochila a la parte trasera de su bici. -Ella est'a lejos, y no me quiere ya. Y t'u est'as con Will, y Emma est'a con Bob,  y todos est'ais con todos, y yo... Y ella estar'a seguramente con alg'un abogado brit'anico, o tomando t'e en "Trafalgar Square".- No lloraba, pero se le hab'ian puesto los ojos brillantes y se notaba el nudo que ten'ia en la garganta.
-Josh..-Dej'o su bolso en el c'esped y se acerc'o al chico caminando de forma muy extranya para no rozar con nada las zonas inflamadas de la piel. Le dio un abrazo y no supo bien qu'e decir...

Se o'ian las olas al fondo, algunas gaviotas que revoloteaban la zona, y en primer plano el "ras-ras-ras" de Martha rasc'andose los codos mientras abrazaba a Josh.
El chico se empez'o a re'ir -Te vuelven a picar?- Ahora se re'ian los dos sin remedio todav'ia abrazados.
-Creo que no son tan distintas, sabes?- le dijo mientras se soltaban. -Todo pasa. Mis picaduras, Poppy. Pero hay que entretenerse. Sobre todo ahora, al atardecer: la hora m'as triste del d'ia... cuando estamos m'as solos y las preocupaciones parecen m'as graves...-
-...y las picaduras vuelven a picar.-acab'o el.

lunes, 30 de julio de 2012

Estar ahí


Me senté en el banquito de madera mirando a la bahía. Tenía todo el pelo mojado pegado a la cara, y la lluvia -la sábana de agua- seguía cayendo. Parecía que alguien estuviera exprimiendo  las nubes y retorciéndolas hasta que soltaran toda el agua. Era casi violento, y encima, estábamos en temporada de huracanes.

Pero no hacía frío. La ropa, mojada y tibia, se adhería a mi piel, y cada vez se hacía más pesada por el agua que absorbía. Cerré los ojos y sentí las gotas resbalar por la nariz, por los hombros, por los tobillos... hasta el charco embarrado que estaba a mis pies.

Abrí los ojos, me aparté el pelo de la cara y sonreí. Sonreí porque no me lo estaba perdiendo, porque estaba ahí sola disfrutando del espectáculo: palmeras brillantes vencidas por el peso del agua, olor de charcos, de tierra mojada, y una lluvia -casi sólida- que distorisionaba la visión.

Sólo se oía el estruendo del agua, los árboles que crujían bajo el pso de la lluvia, y mi propia respiración.

No iba a ponerme a pensar en la civilización y en lo que ella conllevaba. Creo que nunca había visto llover así, pero estaba decidida a ver el fenómeno entero, así que me acomodé en el banquito y esperé a que la lluvia cesara y se me secara el pelo al sol.

Terms and conditions

Therefore, we request:

-Forever linked, even bonded.
-Daily "Lifting experience"
-Daydreaming bonus
-Permanent laughter
-Romantic dynamics
-Additional nonsense

Signature ..........................         Date.............................

Once this binding document is signed, it is also requested additional effort as well as meeting the requirements disclosed above.

***

And yet, every candidate, every new meeting, every potential lover is carefully analysed and rejected. No signatures to be seen. Disagreement between the parties.

viernes, 27 de julio de 2012

Tenía los cascos puestos

Salí del lobby con las deportivas bien atadas, a paso lento y con el pelo rubio retirado de la cara para poder ver bien. Pasé la garita y llegué al puente que unía Sole Island con el resto de Miami. El mar contaba historias azules... pero yo no las oía, porque tenía los cascos puestos.


En determinado momento la batería empezó a sonar, se juntó el bajo, se unieron las gitarras y el cantante no cantó: empezó a gritar con todo el aire de sus pulmones. Le contaba al mundo lo capaz que era, lo vivo que estaba y demostraba su determinación. Fue por los gritos que empecé a correr, corrí todo el trecho final del puente y llegué a tierra firme; se acabaron el acero y el el cemento suspendidos sobre el mar.


Seguí corriendo, saltando por el alquitrán negro bajo las palmeras y las lianas que intentaban sobrevivir entre los chalés de Miami... los cantantes se sucedían, y todos contaban algo distinto. Ya no había gritos, pero siempre estaban los golpes sordos de la batería al fondo. Iban al ritmo de mis pasos, que hacían "tap, tap, tap" en el suelo a medida que corría... pero yo no los oía, porque tenía los cascos puestos.


Entré en el parquecito ensimismada, pensando en lo que había hecho aquella mañana al despedirme de los recepcionistas, y sonreí con maldad cuando me acordé de cómo se les iluminó la cara cuando les sonreí con dulzura. Como si aquella sonrisa fuera dirigida particularmente a cada uno de ellos, y no un artificio creado en el espejo aplicable a la generalidad. Aceleré el ritmo cuando mi mente se paró a pensar en todos y cada uno de los "pagafantas" que había creado en aquel viaje. Hice recuento: una cocacola, una entrada a una discoteca, varias comidas, una tarta... ¡Quién te ha visto y quién te ve, Alicia! ¡Pobres infelices! Como si a mí me importara lo más mínimo cualquier cosa que hicieran para complacerme.


Cuando estaba en la mitad del caminito que atravesaba el parque me paré a pensar en qué quería yo. Porque, desde luego, había que admitir que lo anterior era divertido, pero no era una meta... era un pasatiempo. Yo quería escribir un cuento cursi, enrevesado pero corto, en el que el el asentamiento llegara pronto para poder prolongar el "y vivieron felices y comieron perdices" hasta el final de mis días... Pero también quería vivir aventuras, estar despreocupada y no quería tener hijos en aquel momento. ¡Si aún no me hubiera enamorado nunca! Pero ya sabía lo que era no pensar en nada y en todo a la vez, y el resto de chorradas que hacían que la vida incluso mejorara a la mejor de las historias inventadas...


Así que mientras sobrepasaba a los culturistas que hacían flexiones en la esquina oeste del parque, llegué al resumen del problema: quería vivir sin comprometerme pero quería enamorarme. ¿Cómo se comía aquello? Otro cantante había empezado a llorar una balada en mis oídos... aminoré el paso para poder pensar mejor. Un perro ladraba a las lagartijas cerca de los culturistas... pero yo no lo oía, porque tenía los cascos puestos.


Salí del parque y volví a la carretera, a deshacer lo andado y a volver a Sole Island. Ahora iba más rápido porque alquien volvía a gritar la solución a los problemas configurada en un pentagrama. Y yo seguía rumiando el ensamblaje de la juventud, la coherencia y la diversión y tratando de averigüar si era factible todo aquello.


Torcí a la derecha, y ya ví el principio del puente para llegar a Sole Island, sólo quedaban unas calles entremedias para llegar hasta él. Y mientras me apartaba un mechón rubio de los ojos, pensé en el puzle que se me presentaba, tan extravagante y provocador. La conclusión, tras dos calles y a pocos metros del puente, llegó clara: tenía todavía tiempo para enamorarme muchas veces.


Y fue justo en ese instante cuando el coche me atropelló... pero yo no lo oí, porque tenía los cascos puestos.

miércoles, 18 de julio de 2012

Verídico Miami

Vivimos la señora Olga y yo en su apartamento de Miami aquel verano. Ella acababa de enviudar hacía un año. Nunca me lo dijo, pero estaba claro que le encantaba su modus vivendi y para ella su vida estaba completa.

Piscina, gimnasio, pistas de tenis y playa privada... sin olvidarnos de los botones, los chóferes y el resto de personal de la isla: Sole Isle. Se había acosturmbrado a vivir casi sin salir de allí, y no era raro ver a la señora Olga pasearse por las instalaciones de tenis en sus falditas cortas de tenis, con sus 60 años ya pasados y su bronceado profesional.

Nos paseábamos las dos en su cadillac blanco durante los fines de semana, y frecuentábamos todas aquellas tiendas en las que las etiquetas tenían un par de ceros a la derecha como mínimo. "¡Esto es espectacular, querida! Ni lo pienses. Cómpralo." me decía con su acento. Yo sonreía y actuaba como si todo aquello que estaba viendo fuera totalmente obvio y comprensible, pero me horrorizaba su concepto de "Yo es que soy ecologically friendly, querida. Y todo lo que yo como es natural." porque sabía que se dejaba las luces encendidas toda la noche, y era yo quien me levantaba a apagarlas porque no lo podía soportar.

Conocí a la señora Olga a través de la señora Mirle, que a su vez era una conocida de la familia de los Tey de Venezuela, entre los cuales estaba el antiguo mánager de Miranda Rijnburger, cuya hermana -Silvia Tey- era amiga de mi tía. Y así fue cómo llegué al apartamento de Sole Isle.

Yo salía todas las mañanas a trabajar al banco, vestida con aquellos vestidos y trajes de ejecutiva que obligaban a todos los mozos de Sole Isle y demás personal de seguridad a intentar sacarme conversación sobre si prefería al Barça o al Madrid... Una pena, porque yo habría caído con cualquier alusión cultural más allá de prejucios y patrones deportivos. Y me montaba en el asiento trasero de alguno de los coches para que los chóferes me llevaran a Brickell cuanto antes.

Y por las tardes iba a Miami Beach, a bañarme en South Beach donde todas las celebridades se exhibían a menudo. A mí lo que me gustaban eran las puestas de sol, las cuales eran impresionantes desde allí: las palmeras no dejaban ver el sol entero nunca y filtraban la luz naranja creando sombras paradisiácas. Pero la señora Olga me decía arrastrando las eses "Querida, tienes que irte de "shopping" al "mall" que está al lado de South Beach, así tendrás todo lo que ellos tienen... ¡qué es la mejor calidad, por supuesto!"




Y yo... yo en vez de eso iba paseando al parque cercano a casa, intentando recordar los tiempos en que el coche no era necesario para vivir. Sonreía a  mis coworkers y bebía vodka con piña y cranberry a escondidas.

martes, 3 de julio de 2012

Chicago in love


Es increíble, sencillamente increíble. Cuando paseas por la ciudad necesitas sujetarte la cabeza con ambas manos para poder ver el final de los rascacielos. El centro financiero desprende un glamour insólito. Hay edificios de estilo art decó por todas las esquinas, como si fuera lo más normal del mundo.

Y Mies, con su muro-cortina, me saluda un par de veces. Al subir al piso 15 del 500 de North Michigan Avenue, estoy a la misma altura que los rayos que veo caer sobre la ciudad. Pero al cabo de media hora vuelve a brillar el sol, y la gente suda azúcar...

"No te enamores, Poppy, de verdad que no vuelvas del otro lado del charco enamorada" Me dijeron. Y yo, no pude resistirlo. Me he enamorado: de Mies, de Red Mango, de las tormentas que arrancan los tejados de las casas de la periferia, del Art Institute, de vivir en pantalones cortos... American way of life.

Hicimos hogueras y quemamos nubes de gominola, vimos los fuegos artificiales del 4 de julio, nos sentamos en el césped del Millenium Park, desayunamos tortitas... Es distinto y a la vez conocido. Curiosamente tangible, real.



En fin, en unas horas vuelo a Miami, y llevo tu foto en la cartera, Mike. ¿Qué he hecho? Me dijeron: "No te enamores, Poppy, de verdad que no vuelvas del otro lado del charco enamorada" Y no vuelvo aún al viejo continente... pero creo que ya he pasado del consejo.

miércoles, 27 de junio de 2012

Hogueras

Aquella noche fuimos muchos, aunque no éramos los de siempre. Estaban don Dionisio,  el Sirio y Rizo, a los que conocía de toda la vida; pero también vinieron don Paolo, doña Agnes y Magno, completos extraños hasta el momento.

Llegamos don Dionisio y yo en un taxi a “Chicote”, y durante todo el trayecto hablamos mucho, como hacía tiempo que no hablábamos:
-Son divertidos, te gustarán- me dijo.
-Oh, no lo dudo-
-Además, tu padre se pondrá muy contento.-dijo con aire malicioso- Te presentaré a alguno que quizá te interese- me dijo riendo.
-Ya...- me reí también, al tiempo que desviaba la mirada hacia las casas que se veían pasar una tras otra a través de la ventanilla del taxi.
Desde que acabé el bachiller, mi padre había estado instigándome para que buscara un marido. Pero yo no quería casarme, yo quería encontrar al amor de mi vida y marcharme con él a vivir aventuras.
-Te veo triste- dijo Don Dionisio cambiando de tema. Y entonces le conté cómo había sido de complicado el año, cómo llevaba tanto tiempo dando tumbos y perdiendo el norte, y cómo necesitaba dejar de ir a ciegas y retomar las riendas de mi vida. De volver a creer en mi persona.

-He estado... en la parra. Desde que salí del Lope de Vega todo ha sido muy rápido, muy distinto.-
-Poppy, ha sido así para todos.- Me tomó la mano y me dio un fuerte apretón, de esos tan cariñosos que me daba él. Tampoco hubo que decir mucho más. Sonreí mientras me ayudó a salir del taxi, porque me dí cuenta de que era el fin del principio, el cambio de rumbo. Aquella noche no iba a volver a mis tiempos de colegio: iba a avanzar de una vez por todas, y no serían necesarias más charlas de análisis en las que se magnificaran problemas de cualquier tipo.

Ya en “Chicote”, entre las notas de jazz que sacaban los músicos del fondo, nos presentaron a todos. Don Dionisio era nuestro amigo común.

-¿Habéis traído los papeles?- Dijo Rizo apoyado en la barra mientras se mesaba la barbita rubia.
-¿Qué papeles?- Le pregunté yo extrañada. Pero Magno se acercó a mí y, en bajito, respondió:
-En San Juan es tradición. Se escribe en un papel aquello de lo que te quieres librar, y lo quemas en la hoguera. ¿No sabías?-

Yo me puse colorada, claro que sabía que se hacía eso en San Juan... ¿En qué estaba pensando? Primero se me había olvidado por completo escribir el papel, y luego no había caído en qué se referían con aquello de “los papeles”. Seguía en la parra.

-Sí, sí... sólo que se me ha pasado.- Y me reí por quitarle importancia.
-Vamos a la pista- Magno me tomó de la mano y me llevó al rincón donde habían separado las mesitas para que la gente bailara. Ya no sonaba jazz, ahora el local se llenaba con las últimas canciones de Sinatra.

-Poppy, ¿verdad?- me preguntó. Yo asentí con la cabeza y sonreí un poco. -¿De dónde viene?-
Magno tenía el cabello claro, era larguilucho, guapete, barbilampiño y me cayó bien desde el primer momento en que lo ví.
-Bueno, todos tenemos nuestros motes. Mira al Sirio o a Rizo... o tú mismo.- le respondí divertida.
-Si, pero el mío o el de Rizo son fáciles de averigüar... ¿Pero Poppy?-
-Es un mote familiar- dije al fin- No es raro que me ponga colorada. Mi madre es americana. Poppy, amapola... de ahí viene.-
Magno se rió suavemente, me miró y se acercó. Miré al resto; seguían charlando animadamente en la barra y, de vez en cuando, Don Dionisio nos miraba a Magno y a mí con aire burlón. Miré el reloj de la pared; se acercaban la medianoche, y las hogueras esperaban.
-Magno, hay que irse. Son casi las doce- le dije, y él con aire contrariado, pero sin decir media palabra me tomó por la cintura y me acompañó a la barra a avisar a los otros. Mientras todos tomaban sus abrigos, yo me acerqué a la barra a por una servilleta de papel, tomé un bolígrafo de mi bolso, y con cuidado fui escribiendo cuatro cosas.

Salimos del bar al rato. No hacía frío y los coches pasaban por la Gran Vía alumbrando aquella noche madrileña de los años cincuenta. Fuimos caminando por el centro de la ciudad hasta que llegamos a la casa del Sirio. Se trataba de uno de esos palacetes del siglo pasado que aún pervivían en la capital. En los jardines habían organizado varias hogueras, y ya pululaban otros invitados de nuestro amigo a los que no conocíamos de nada. Más presentaciones.

Yo estaba un poco sola. No era malo tampoco, pero con tantas caras nuevas no estaba un mi ambiente. Nos sentamos en las sillas del jardín, al lado de una de las hogueras mientras tomábamos unas copas, y nos reíamos con las ocurrencias de Don Paolo. Tenía el pelo igual de rizado que Rizo, pero mucho más rebelde y algo más oscuro. Tenía algo.

Sin decir nada, me alejé del grupo y me acerqué a la hoguera más grande; algunos de los invitados del Sirio (y el propio Sirio) estaban saltándola. Yo me deshice de las sandalias, del bolso y de la chaqueta; saqué la servilleta de “Chicote” del bolso y tomé carrerilla. Salté alto, las llamas me hicieron cosquillas en los pies, y justo cuando estaba en medio del salto dejé caer la notita. Me deshice de la carga.

Después cogí una de las copas de Champagne que reposaban en las bandejas del porche y me fui al estanque de detrás del jardín a meditar. Y mientras sonreía a la noche, apareció el Sirio, el cual me preguntó como tantas otras veces:

-Se te ve preocupada, Poppy.-
-No.- Le dije. -Esta vez no.- Y me quedé sonriendo al humo de las hogueras y al verde del jardín.